Homilía en la Fiesta de San Francisco de Asís

Querida Comunidad Franciscana

Queridos hermanos y hermanas en el Señor

Me alegra celebrar con vosotros esta Eucaristía, haciendo memoria de San Francisco de Asís que vivió la experiencia de que el ruido es del tiempo y el silencio de la eternidad.  Con gran afecto os felicito a vosotros, queridos franciscanos, y saludo a todos los que en esta tarde estáis participando en esta Eucaristía.

La Palabra de Dios, al decir de san Pablo, nos indica que la indefensión de Jesús y de sus discípulos se manifiesta en estar crucificados en el mundo, donde la aparente derrota se mostrará como la verdadera victoria. Hemos de superar la mundanidad espiritual en nosotros que nos lleva a buscar en vez de la gloria de Dios, la gloria humana y el bienestar personal. Todo ello en virtud de la cruz de Cristo, que es lo único en lo que Pablo se gloría. Que lleve en su cuerpo las marcas de Jesús, como las llevó San Francisco de Asís, es sólo el signo de su seguimiento radical del Señor.

El Evangelio contempla a Jesús como manso y humilde de corazón, que revela al Padre Dios a los pequeños, a la gente sencilla, a los humildes, a aquellos que tienen sentimientos afines a los suyos. Su actitud ante el Padre es de perfecta obediencia y disponibilidad, como respuesta a la actitud del Padre que no oculta nada a su Hijo sino que le da y le revela todo lo que Dios tiene y es. Cuando el Hijo encarnado invita a los que están cansados y agobiados a encontrar su descanso en él, está siendo en el mundo la imagen perfecta del Padre. Así lo entendió y vivió san Francisco de Asís de quien nos viene la invitación a amar y a adorar a Dios con puro corazón y con mente pura, a dar frutos de verdadero arrepentimiento, teniendo caridad y humildad y dando limosna ya que ésta lava las almas de la inmundicia del pecado. Como él decía: “Los hombres pierden todo lo que dejan en este mundo, tan sólo se llevan consigo el premio de la caridad  y las limosnas que practicaron, por las cuales recibirán del Señor la recompensa y una digna remuneración”.

En esta encrucijada de la historia de salvación, reavivando vuestro carisma sois testigos de la novedad constante de la experiencia de Dios en Jesucristo. El carisma franciscano motiva a revitalizar la tradición cristiana y vivir con nuevo vigor los valores auténticos como son el seguimiento e imitación de Cristo pobre, la contemplación, la fraternidad, la pobreza, el amor a la naturaleza, la sencillez y la alegría, y que dan sentido a nuestra vida. Esto nos ayudará por respeto a las personas que sufren y por coherencia evangélica, a asumir con tanta dignidad como fidelidad este momento histórico como lo hizo san Francisco de Asís, y a generar un ámbito cultural que no cierre sus ojos a la luz de la fe en medio de tanta sospecha y desconfianza. En una sociedad prometeica como la nuestra, tan satisfecha de sí misma, “el Pobrecillo de Asís” sigue siendo un rayo luminoso de esperanza en la crisis humanitaria, moral y religiosa en que se percibe la “pérdida de la memoria y de la herencia cristianas, unida a una especie de agnosticismo práctico y de indiferencia religiosa”[1], dando la impresión de vivir sin base espiritual y como herederos que han despilfarrado el patrimonio cristiano, con frecuencia  desdeñado y amenazado.

La experiencia del Dios Amor abre siempre a los demás a una vida virtuosa expresada en la radicalidad evangélica y universalidad de la fraternidad franciscana. El reconocimiento de Dios como sumo Bien exige al hombre dejar de considerarse como centro, abandonar el espíritu de posesión y dominio, y adoptar la actitud de desprendimiento que es la base de la libertad de los hijos de Dios. La abdicación de toda pretensión de dominio y de conquista lleva a la armonía con todo y con todos. Sólo la pobreza es fuente de alegría y medio para hacer efectiva la caridad y la fraternidad.

Queridos franciscanos, sois los herederos de quien permaneciendo unido a Jesús, siempre tuvo en cuenta la profundidad del drama humano del que nunca se sintió ajeno, y encontró en Dios la armonía de todo lo creado. La herencia que os ha dejado es la pobreza, la humildad, la santidad. No se puede entender ni interpretar adecuadamente vuestra vocación al margen de estas realidades. Contemplad a vuestro Padre san Francisco y su ejemplo, e invocad su intercesión, para que os alcance del Señor la luz y la fuerza para continuar con vuestra misión a través del tiempo. Vivid con serenidad y cultivad en el corazón la alegría, dando gracias a Señor. “Su amor es para siempre”  ¡Amén!

[1] SAN JUAN PABLO II,  Ecclesia in Europa, 7.

 

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