Homilía en la Solemnidad del Corpus Christi

La celebración del Corpus Christi es bendición y compromiso. Bendecimos a Dios que ha hecho todo para nuestro bien. Nos comprometemos a vivir la Eucaristía, asumiendo el proyecto de vida de Jesús, su entrega a la misión encomendada, sus enseñanzas. La Iglesia vive de la Eucaristía, “sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual Cristo es nuestra comida, el alma se llena de gracia futura”[1]. Es alimento para los hambrientos y cansados, y consuelo para los tristes.

En esta solemnidad nos reconocemos el pueblo de la nueva Alianza, que ofrece como Melquisedec el pan y el vino, para que sean pan de vida y bebida de salvación. Como aquella multitud que seguía a Jesús, con frecuencia también experimentamos el cansancio por las dificultades de la vida personal, matrimonial, profesional. Este cansancio nos afecta en toda su complejidad, también espiritualmente porque a veces no sentimos cerca a Dios. Hoy, peregrinos por gracia, centramos nuestra mente y nuestro corazón en la Eucaristía, misterio de la divina condescendencia: Cristo entrega su vida para salvarnos, se hace el último para servir a todos, siente compasión de la gente, la instruye y la sana, curando a los que lo necesitan. “El, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente”. Cristo no se desentiende de la gente. Desentendernos de los demás es una forma fácil pero ineficaz a la hora de ayudar. Solemos decir: ¡Dios te ampare! ¡Ahora no puedo ayudarte! Siempre buscamos pretextos. Jesús les dice a sus discípulos: “Dadles vosotros de comer”, mientras comentaban que con cinco panes y dos peces no podían alimentar a tantas personas.  Les pide que vayan más allá de la pura lógica humana. También hoy el milagro es compartir y multiplicar nuestra solidaridad. Partirnos por los demás. La multiplicación de los panes y los peces es signo de misericordia de Cristo con los hambrientos y un símbolo anticipado de la Eucaristía, gesto sublime de misericordia de Dios con nosotros.

“Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”. En esta expresión se encuentra oculta la inagotable plenitud del don del amor divino, fuente que nunca se agota. “Haced esto en memoria mía”. No al margen de su entrega, del desgarramiento de su vida en la cruz: por eso toda celebración eucarística es proclamación de la muerte del Señor por nosotros. Participar en la Eucaristía, alianza de amor y de amistad de Dios con su pueblo, comporta estar dispuestos a entregar la vida por los demás, recordando que “el que quiera guardar su vida, la pierde, y el que pierda su vida por los demás, la gana”. Comentaba san Pablo: “Es una contradicción inaceptable comer indignamente el Cuerpo de Cristo desde la división o la discriminación”. La Eucaristía no se puede separar del mandamiento de la caridad. Recibir el cuerpo de Cristo conlleva compartir el espíritu de las obras de misericordia con paciencia, generosidad y gratuidad.

Sigue habiendo necesitados en nuestra sociedad. Hemos de reforzar los lazos de la comunión y trabajando por el bien común para vernos liberados de los males externos e internos que nos aquejan como la inmoralidad, el egoísmo y la insolidaridad. Estamos llamados a ser testimonio vivo de que el amor verdadero, fiel, gratuito, universal, efectivo, es posible en nuestra vida. “La Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él, a hacerse pan partido para los demás y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno[2]. Repartamos el pan de nuestra fe, esperanza y caridad, viviendo la fraternidad como hijos de Dios.

Escribe San Xustino que ningún cristián se achegaba a Eucaristía sen algo que ofrecer. O que comparte o pan da Eucaristía, debe partir o pan de cada día. É o Día da Caridade. “A práctica do amor coma norma universal de vida é esencial para cada cristián e para a Igrexa enteira. Non seriamos discípulos de Xesús, nin a Igrexa podería presentarse coma a súa Igrexa, se non recoñecéramos no servizo da caridade a norma suprema da nosa vida. O amor é o único que pode facernos testemuñas da verdade e da bondade de Deus no noso mundo. Se vivimos alimentados do amor que Deus nos ten, seremos tamén capaces de amar e servir ós nosos irmáns necesitados con ledicia e sinxeleza”.

Deamos culto a Cristo Eucaristía, asistindo e participando na Santa Misa cada domingo e sempre que podamos. Visitemos a Cristo Eucaristía. Poñámonos de xeonllos ante El, agradecendo, adorando, amando. Contemplemos a nosa vida á luz da Eucaristía sexan cales foren as nosas circunstancias. En torno a este altar que se fai hoxe corazón de toda a cidade, manifestamos a devoción eucarística. “Ao contemplar en adoración a Hostia consagrada, atopámonos coa grandeza do seu don”. “Na procesión, seguimos este sinal e deste xeito seguímoslle a El mesmo. E pedímoslle: ¡guíanos polos camiños da nosa historia entre tantos interrogantes!” ¡Bendito e louvado sexa o santísimo Sacramento do Altar, sexa por sempre bendito e louvado! Amén.

 

[1] Concilio Vaticano II, Sacrosantum Concilium, 47.

[2] BENEDICTO XVI, Sacramentum caritatis, 88.

 

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