Homilía en la Traslación del Apóstol 2017

Excmo. Sr. Delegado Regio
Queridos Miembros del Cabildo Metropolitano
Queridas Autoridades
Queridos sacerdotes, Vida Consagrada y Laicos
Miembros de la Archicofradía del Apóstol
Radioyentes y televidentes
Peregrinos

La traslación del Apóstol Santiago es un hecho que hemos de considerar providencialmente. Dios lo ha querido porque nos ha querido. Racionalizar con nuestros criterios la providencia divina es exponernos a no entender nada. A nosotros nos toca acoger los designios de Dios con humildad y fortaleza y saber apreciar las iniciativas que surgen en la Iglesia como frutos del Espíritu y motivos para la esperanza. La fidelidad a Dios es responder a su providencia, interpretando nuestra vida a la luz de la fe  y de nuestra relación con Dios que “nos eligió en Cristo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor” (Ef 1,4). Nada más cierto que el amor de Dios sin medida y la presencia de Cristo hasta el final de los tiempos. “El reconocimiento de Dios, la aceptación humilde y agradecida de la revelación de Jesucristo no es una amenaza, sino una ayuda decisiva para el verdadero progreso humano. Cristo nos revela la verdad profunda de nuestra propia humanidad”[1].

El Apóstol Santiago nos  recuerda que no fue fácil la misión realizada por Jesús como tampoco lo fue para él el cumplir el encargo de anunciar el evangelio hasta el fin del mundo. En el pasaje del evangelio proclamado vemos cómo la madre de los Zebedeos pidió a Jesús que sus hijos se sentaran uno a su derecha y el otro a su izquierda con una visión tergiversada del Reino de Dios. Él responderá que la actitud de servicio es nuestra identidad, “llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (2Cor 4, 10). En nuestra fragilidad se manifestará el poder de la gracia y misericordia de Dios si vivimos el proceso de conversión que nos configura con Cristo, como base de toda renovación tan necesaria en nuestra vida. Dios confía en nosotros. El verdadero mal para el hombre está en el vano intento de la  autosuficiencia con que normalmente pretende  planificar su existencia ignorando el amor de Dios. Hemos de ser conscientes de que nuestra misión en el tiempo no es posible realizarla marginando a Dios revelado en Cristo.

En el momento que vivimos, nos debe preocupar que no pocas personas no encuentren sentido a su vida al desconocer a Cristo. “El mensaje de Jesús y la doctrina de la Iglesia tienen un valor permanente y son capaces de adaptarse  a todas las situaciones y de ofrecer respuestas a las diversas cuestiones y necesidades de los hombres, sin necesidad de diluirse ni someterse a las imposiciones de la cultura laicista y hedonista dominante… Con el lenguaje de los hechos, Dios está pidiendo a los católicos un esfuerzo de autenticidad y fidelidad, de humildad y de unidad, para poder ofrecer de manera convincente a nuestros conciudadanos los mismos dones que nosotros hemos recibido, sin disimulos ni deformaciones, sin disentimientos ni concesiones, que oscurecerían el esplendor de la verdad de Dios y la fuerza de la atracción de sus promesas”[2].

Para el apóstol Santiago la llamada de Cristo a colaborar en la obra de la salvación fue un camino de luz. “La evangelización y el servicio cristiano a la sociedad serán obra de cristianos convertidos y convencidos, maduros en su fe, una fe que permita una positiva confrontación crítica con la cultura actual, resistiendo a las seducciones; que los impulse a influir eficazmente en los ámbitos culturales, económicos, sociales y políticos, y les impulse  a construir una cultura cristiana capaz de evangelizar la cultura”[3]. Nuestro ideal es poder decir como san Pablo: “Vivo pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mi” (Gal 2,20). Seguir a Cristo y responder a su llamada implica todo nuestro ser como se manifiesta en el apóstol Santiago, renunciando a nosotros mismos y sabiendo que “quien quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por Cristo y por el Evangelio, la salvará” (Mc 8,35).  En nuestra sociedad necesitamos personas sensibles a la necesidad de los demás, que se dejen conmover y traten de remediarla en la medida de sus posibilidades, poniendo el corazón en lo que hacen. Las personas con discapacidad, las víctimas de la violencia, los migrantes y refugiados, los marginados  esperan una respuesta sin dilación. La pobreza no es sólo la material, pobreza es también la ignorancia, el pecado, la negligencia para hacer el bien y armonizar las diferencias que no tienen por qué degenerar en conflictos. En medio del desacorde conjunto de monólogos que caracteriza nuestra situación se necesita un discernimiento humilde a través de un diálogo sincero para superar la actual crisis de civilización.

Pensamos de ordinario en clave de éxito, e non de fracaso; en clave de poder e ambición, e non de humildade e desprendemento. E cando non chega ese éxito, invádennos o desalento e a tristeza. Santiago e o seu irmán Xoán non consideraran beber o cáliz da humillación, do refugallo, do último lugar. Pensaban como os homes. Só a conversión a Deus levoulles a ser auténticas testemuñas de Cristo. Os proxectos humanos van polos camiños de vantaxes materiais e manipulacións para ser máis que os demais nese afán de dominio. Rexéitase normalmente a cruz sen darnos conta de que non hai fecundidade sen sufrimento. “Se alguén quere vir comigo, que renuncie a si mesmo, cargue coa súa cruz e que me siga” (Mc 8,34). Xa sexa a cruz física como as enfermidades, a cruz moral como a calumnia, a incomprensión, ou a cruz espiritual das noites escuras da alma. “Ditosos os criados a quen o amo atope agardando cando chega” (Lc 12,37), porque instalarse por decisión propia na finitud é relativizar a verdade, o ben, a beleza e a certeza. Isto fundamenta a permisividade total, a conveniencia persoal e o benestar individual. Neste pragmatismo, o cristián ten que anunciar que non se pode destruír nin esgotar a realidade, que o próximo é aquel de quen cada un é responsable, que non se pode construír o propio sen velar polo próximo, depoñendo todo intento de dominación ou apropiación, e que a sospeita nos conduce ao escepticismo e á perplexidade que afunde ao home na desesperanza.

Con confianza poño sobre o Altar, co Patrocinio do Apóstolo, a vosa ofrenda, Excmo. Sr. Delegado Rexio, tendo en conta as intencións das Súas Maxestades e da Familia Real, dos nosos gobernantes estatais, autonómicos e locais, das persoas e familias necesitadas espiritualmente e materialmente, e de todos os que formamos os distintos pobos de España, de xeito especial dos queridos fillos desta terra galega. Pido ao Señor coa intercesión do Apóstolo Santiago o fortalecemento da nosa vida cristiá, como membros da única Igrexa de Cristo, a santificación e protección dos pais de familia a fin de que realicen a súa misión de coidar e educar os seus fillos en tranquilidade de espírito, a axuda necesaria para Vosa Excelencia, Sr. Oferente, para a súa familia e os seus colaboradores. Que Deus nos axude e o Apóstolo Santiago. Amén.

 

[1] Orientaciones morales ante la actual situación de España. Instrucción pastoral, Madrid 2006, pág.24.

[2] Ibid., pág. 22.

[3] Ibid., pág. 28.

Versión en galego