Homilía de mons. Barrio del Jueves Santo 2017

El amor de Jesús fue desgranándose a lo largo de su vida con un desvivirse total y pleno hasta llegar a la muerte: la total entrega de su vida. Esta tarde del   Jueves Santo la Iglesia nos invita a la gratitud, a la adoración, a la reparación y a la imitación. Recordamos que Cristo instituyó la Eucaristía, “amor que se inmola”, convirtiéndose en alimento en nuestro peregrinar cristiano. Instituyó el sacerdocio, “amor que se hace visible y se prolonga en hombres de carne y hueso”, urgiéndonos a rezar todos los días para que Dios nos mande sacerdotes a su Iglesia. Nos dejó el mandamiento del amor fraterno: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”, testimoniado en el lavatorio de los pies, “amor que se abaja para poder mirar a los demás” desde abajo.

En el Cenáculo se realiza todo con sencillez. “Bajo las especies del pan y del vino, Jesús se hace  realmente presente con su cuerpo entregado y su sangre derramada como sacrificio de la Nueva Alianza”. En este sacramento se actualiza el sacrificio redentor de Cristo en la cruz y se convierte en Banquete sacrifical, donde comulgamos a Cristo, entramos en común unión con Él y nos hace partícipes de su vida divina y resucitada. Es el misterio de la fe que se fundamenta no en los sentidos sino en la autoridad de las palabras de Jesús. Hemos de agradecer la Eucaristía, recibirla con corazón limpio y hacernos eucaristías como ofrecimiento a los demás, como presencia consoladora  y como factor de unidad. La participación en la Eucaristía ha de traducirse en servicio. No podemos separar lo que creemos de lo que hacemos. A veces nos dicen que nuestra fe es abstracta y descarnada.

Jesús antes de la cena se levantó, se quitó el manto, tomó una toalla y lavó los pies de los discípulos. El desconcierto fue grande. No nos extraña la reacción de Pedro que no comprende ni acepta el proceder de Jesús que les dice: “Os he dado ejemplo…”. “¡Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros!” (Jn 13,14). Esto comporta salir de nuestros espacios seguros y cómodos, despojarse de todo aquello que nos sitúa en una posición de poder y prestigio, y agacharnos para poder mirar desde abajo. Cuando uno ama no se considera superior y trata al otro con dignidad y respeto. Hemos de sentirnos queridos, dejarnos de tantos ropajes que nos impiden ser nosotros mismos y acercarnos a los demás para servirles, sobre todo a los pobres que están tan cerca de nosotros y a veces miramos para otro lado.

Quien no esté dispuesto a esto no tendrá parte con Cristo. Si queremos ser creíbles hemos de hacerlo todo con amor. Fácilmente nos identificamos con la humildad de Pedro que se siente indigno de que el Maestro le lave los pies. Tal vez no recordaba que Jesús les había dicho: “El que de vosotros quiera ser grande, que se haga el más pequeño”; “el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir”. Pero “sólo si nos dejamos lavar una y otra vez, si nos dejamos purificar por el Señor mismo, podemos aprender a hacer, junto con Él, lo que Él ha hecho”. La caridad será la señal por la que reconocerán al cristiano y es la mejor diálisis para purificar nuestra espiritualidad.

Cristo dio su vida por nosotros, nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos, aliviando con cariño sus penas, curando y vendando sus heridas, y dándoles ejemplo con una vida honrada. ¡Dichosos los invitados a la Cena del Señor! Con el traje de nuestra amistad con Dios, le decimos: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Es Jueves Santo. Anunciemos la muerte del Señor, y proclamemos su resurrección, cumpliendo su mandato: “Haced esto en memoria mía”. Amén

 

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