Homilía de mons. Barrio del Viernes Santo 2017

“Cristo murió verdaderamente por nuestros pecados y para nuestra justificación”. “Hoy nos urge mirar la cruz que se alza en cada situación de sufrimiento y muerte en nuestro mundo carente y necesitado de este siervo desfigurado. Estamos tan acostumbrados a mirar la cruz de Cristo o tantas otras cruces que pasamos inconscientes ante el dolor del ser humano”. En el atardecer de aquel primer Viernes Santo Jesús entregó su espíritu en las manos de Dios Padre. “Por nuestra causa fue crucificado”.

Cristo, ofreciéndose libremente a la pasión, convirtió la cruz en puente entre Dios y el hombre. Sobre los hombros del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pesaba la iniquidad del mundo entero. “Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado” (1Pt 2,24).

La pasión del Señor es un misterio de amor en el que “se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo”[1]. Así comprobamos que el amor de Dios no puede llegar a más, al contemplar la figura de Cristo “como un hombre de dolores, que aprendió sufriendo a obedecer sobre la tierra, convirtiéndose en autor de salvación eterna para todos los hombres. Desfigurado no parecía hombre ni tenía aspecto humano. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres. El Señor quiso triturarlo con los sufrimientos”.

El “Ecce homo” es el signo de la humanidad doliente a la que Dios exaltará (Fil 2,6-9). “En Jesús aparece lo que es propiamente el hombre. En él se manifiesta la miseria de todos los golpeados y abatidos. En su miseria se refleja la inhumanidad del poder humano, que aplasta de esta manera al impotente. En Él se refleja lo que llamamos pecado: en lo que se convierte el hombre cuando da la espalda a Dios y toma en sus manos por cuenta propia el gobierno del mundo”[2]. Pero a Jesús nadie le puede quitar su íntima dignidad. En Él sigue presente el Dios oculto. En medio de su pasión Jesús es imagen de esperanza: Dios está al lado de los que sufren. También la persona maltratada y humillada continúa siendo imagen de Dios

En la muerte de Jesús el centurión conmovido por todo lo que ve, reconoce a Jesús como Hijo de Dios: “Realmente éste era el Hijo de Dios”. Nuestra gloria es la cruz de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1Cor 2, 2). No podemos hacer nada por el Jesús agonizante de entonces, pero podemos hacer algo por el Jesús que agoniza hoy en tantas situaciones inhumanas. . No hay vida humana sin cruz. “Todos los ojos lloran, aunque no lo hagan al mismo tiempo”. Sin la Cruz de Cristo sería difícil convencernos del amor de Dios. Los que se ven afectados por cualquier clase de sufrimiento, aquellos para quienes las lágrimas son su pan noche y día, todos encuentran en la cruz de Cristo una fuerza que actúa en ellos, les da ánimo y alienta su esperanza. El mal no tiene la última palabra. No huyamos de la cruz. “Te basta mi gracia”, dijo el Señor a Pablo.

En medio de situaciones de bienestar, el hombre sigue siendo un ser doliente. Llevemos nuestra cruz con paz y ayudemos a llevar la cruz a los demás. Acompañemos en esta tarde el silencio y el dolor de María. Ante esta suprema manifestación del amor de Dios, el hombre sólo puede postrarse en actitud de adoración. “Mirad el árbol del la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. Venid a adorarlo”. Acerquémonos a recoger el cuerpo de Cristo con la sábana blanca de nuestra compasión para que un día también nosotros nos veamos envueltos en la sábana blanca de su misericordia en la espera del gozo de la resurrección. Amén.

 

[1] BENEDICTO XVI, Deus caritas est, 12.

[2] BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, 233.

 

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