Homilía de mons. Barrio en el Jubileo de la Comunicación

¡Bienvenidos, hombres y mujeres del mundo de la comunicación! Agradezco en primer lugar las palabras que el Sr. Oferente ha dirigido, a través del apóstol Santiago, a Cristo, la Palabra definitiva que el Padre misericordioso ha entregado  a la humanidad sedienta de verdades y certezas. El nos ha dejado como “buena noticia”, el Evangelio, anuncio de salvación para la humanidad. Gracias por haber querido uniros a esta celebración jubilar como  mensajeros y testigos de la misericordia.

Día a día nos damos cuenta de que convivimos con el mal. Y nos preguntamos: ¿Es posible cambiar esta situación? Creo que sí porque Dios está siempre dispuesto a perdonar. El Verbo encarnado nos ha hecho hijos de Dios. Esta es nuestra identidad.  Jesús distingue en el evangelio entre el ser y el tener. No debemos convertir los medios en fines, ni identificar el significado de nuestro ser con el aumento del tener. “No atesoréis tesoros en la tierra donde la polilla y la carcoma los roen y los ladrones abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón”. Ante Dios lo importante no será la cantidad del tener sino la calidad del ser, siendo responsables ante las propias obligaciones personales, familiares o sociales.

En vuestro peregrinar, queridos hombres y mujeres de la comunicación, vivís el compromiso de transmitir la verdad en la información que debe ser expresión de cordialidad y respeto, y manifestación del ser profundo que se intenta compartir a través de la palabra, escrita o hablada. Vuestra misión es un servicio a la verdad integral del hombre, ofreciéndole todos los elementos que le ayuden a comprender la realidad. Sois alfareros de la palabra que nacéis en un río propio y desembocáis en el mar de la humanidad. Sabéis que: “El que considera verdadero lo que es falso no es libre; el que afirma lo falso, manteniéndolo como verdadero, no es leal: y se puede faltar al respeto a la verdad tanto diciendo positivamente lo que es falso, como diciendo sólo una parte de la verdad, callando intencionadamente la otra”.

La Iglesia nos anima a utilizar los medios de comunicación, de manera especial “aquellos que atañen especialmente al espíritu humano y que han abierto nuevos caminos para comunicar con extraordinaria facilidad noticias, ideas y doctrinas de todo tipo”[1] . Con la presencia tan abrumadora de las nuevas tecnologías en el universo mediático y comunicativo, el Papa apunta que “el encuentro entre la comunicación y la misericordia es fecundo en la medida en que genera una proximidad que se hace cargo, consuela, cura, acompaña y celebra”. Vosotros trabajáis con la palabra, escrita o hablada, y con la imagen que nos sitúa en un universo cada vez más icónico. Vuestra tarea es en esta sociedad una labor imprescindible, aunque no exenta de riesgos. La comunicación no es un hecho aislado, frío, ajeno a la naturaleza del hombre. Comunicar es poner en relación a personas. No consideréis el fenómeno informativo como un mero espectáculo, algo en lo que la persona se puede convertir en mercancía o ser instrumentalizada, y en donde el valor de verdad es cada vez más indiferente. Es importante recordar que el respeto a la dignidad de la persona es esencial más allá de los afanes, por legítimos que puedan ser, por la conquista de las audiencias. Es en este respeto donde es posible enlazar misericordia y comunicación.

Vuestra tarea no es fácil pero ciertamente es apasionante, porque está al servicio de la verdad siempre indispensable. San Juan Pablo II decía que “el primer areópago de los tiempos modernos es el mundo de la comunicación”, pero unos medios informativos vacíos de verdad, sin contenidos, son un auténtico riesgo ya que por su propia fuerza difusiva “para muchos constituyen el principal instrumento de guía y de inspiración en su comportamiento individual, familiar y social”.

“Comunicar significa compartir, y para compartir se necesita escuchar, acoger con cercanía”. Todo, desde los correos electrónicos a las redes sociales, pueden ser formas de comunicación “plenamente humanas”, porque no es la tecnología la que determina la autenticidad de la comunicación, sino “el corazón del hombre y su capacidad para usar bien los medios a su disposición”. “En la palabra humana habita el hombre”. En este momento percibimos que el conformismo se convierte en regla universal y notamos que va desapareciendo la raza de los espíritus libres. Es preciso discernir en clave positiva, más allá del optimismo ingenuo o del pesimismo desesperanzado, los signos de los tiempos y descubrir todo lo bueno y constructivo que el progreso nos ofrece para ponerlo al servicio de todos, regenerando nuestra sociedad. No vendéis una mercancía, servís al bien común.

A Igrexa agradécevos a tarefa comunicacional. Difundir o que acontece, o que sucede, é unha maneira de compartir e unha oportunidade de sentirse solidario con aqueles que máis o precisan. Os máis pobres e esquecidos tamén merecen converterse en protagonistas da información, porque así o esixe a súa dignidade de persoas. Máis que “materia informativa” teréis que buscar “acontecementos informativos”, nos que se humanice o fenómeno comunicativo e cada home e cada muller estean no cerne deste panorama tan complexo. Para o comunicador cristián, ademais, existe a certeza de que o labor informativo é coma un reflexo desa comunicación esencial que o mesmo Deus nos deu no seu Fillo Xesuscristo, entendido como Palabra. Cristo é o “comunicador”, a garantía de que o actuar informativo exteriorice a verdade.

Proclamade a misericordia de Deus.

Amén.

 

[1]   Decreto “Inter Mirifica”, 1

 

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