Homilía de mons. Barrio en la Eucaristía de las Jornadas de Teología de la Caridad de Santiago

Vivir la Pascua es acoger el misterio. No es tiempo de complacencia sino de arriesgar, no pudiendo menos de contar lo que hemos visto y oído, y la experiencia pascual que vivimos. “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”. Esto hizo de unos hombres realistas como eran los apóstoles los más decididos testigos y los primeros evangelios vivos. El encuentro con Cristo resucitado rehizo sus vidas. Por eso en este tiempo nosotros pedimos realizar en la vida cuanto celebramos en la fe, de forma que podamos decir: Vivo yo pero ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Cristo sale al encuentro de la Iglesia misionera. Sólo cuando se aparece a todos reunidos, comienzan a creer y ahí les encomienda la misión que llevan adelante a pesar de la prohibición de los jefes religiosos. Resulta difícil mantener la fe en Cristo resucitado encerrados en nosotros mismos. No podemos andar por libre sino que hemos de formar parte de la comunidad de la Iglesia.

La teología de la caridad ha de iluminar la crisis que vivimos desde la luz de Cristo resucitado. “Una crisis se convierte en un desastre solo cuando respondemos a ella con juicios preestablecidos, es decir, con pre-juicios”[1]. Hay  que reorientar el rumbo en el que haya plena conciencia “de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos”. Esto permitirá el desarrollo de nuevas convicciones, actitudes y formas de vida, sabiendo que antes de mejorar algo en la sociedad, hay mucho que mejorar dentro de nosotros mismos. “Las raíces de la inseguridad son muy profundas. Se hunden en nuestro modo de vida, están marcadas por el debilitamiento de los vínculos, por la disgregación de las comunidades, por la sustitución de la solidaridad humana por la competición”[2]. Una sociedad no puede reinventarse en cada momento, echando por la borda el bagaje cultural y moral que le han legado las generaciones pretéritas como si no hubiera nada en todo ello que mereciese ser conservado; como si todo cambio equivaliese a un verdadero progreso; como si pudiese haber progreso cuando se ha perdido la perspectiva trascendente hacia la que hemos de encaminar nuestros pasos. Hemos de edificar el presente y proyectar el futuro desde la verdad auténtica del hombre, desde la libertad que respeta esa verdad y nunca la hiere, y desde la justicia para todos, comenzando por los más pobres y desvalidos.

La situación actual del mundo “provoca una sensación de inestabilidad e inseguridad que a su vez favorece formas de egoísmo colectivo”[3]. Nos creemos libres porque tenemos una supuesta libertad para consumir. “En esta confusión, no hemos encontrado la comprensión de nosotros mismos que pueda orientarnos y esto lo vivimos con angustia”[4]. Pero nada está perdido si el pasado nos sirve no como sofá sino como trampolín con el propósito de comenzar algo nuevo, más allá de todos los condicionamientos mentales y sociales que nos puedan imponer. “No hay sistemas que anulen por completo la apertura al bien, a la verdad y a la belleza, ni la capacidad de reacción que Dios sigue alentando desde lo profundo de los corazones humanos”[5]. Así lo percibieron los apóstoles.

“Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo porque se han extendido los desiertos interiores”[6]. Esto conlleva asumir el riesgo del testimonio personal en todas las relaciones y comportamientos. La espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de entender la calidad de vida, y alienta un estilo de vida capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo. Esto nos permite valorar lo pequeño y agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. La misión espiritual de la Iglesia tiene “consecuencias decisivas para el desarrollo de la persona humana y para la configuración de la sociedad en la verdad, el bien y la plenitud de felicidad y vida, más acá y más allá de la muerte”[7].

Debemos afirmar que el momento que vivimos es propicio para la esperanza humana y cristiana si atravesamos el puente de la modernidad y de la postmodernidad sin comprometer la dignidad humana, abriéndonos a la trascendencia y a la fraternidad, al Dios vivo y verdadero desde el hombre vivo y verdadero, desde la comprensión que de ambos se nos ofrece en Jesucristo resucitado. Amén

 

[1] H. ARENDT, Entre el pasado y el futuro, Barcelona 1996, 186.

[2] Z. BAUMAN, Alle radici dell´insicurezza. Corriere della Sera, 26 de julio de 2016, 7.

[3] Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 1: AAS 82 (1990), 147.

[4] Laudato Si, 202.

[5] Ibid., 205.

[6] Benedicto XVI, Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino (24 abril 2005): AAS 97 (2005), 710.

[7] Ibid., 222.

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