Homilía de mons. Barrio en la fiesta de San Juan de Ávila

Con todo agradecimiento os felicito fraternalmente a vosotros, queridos sacerdotes, que celebráis las Bodas de Diamante, Oro y Plata sacerdotales. Damos gracias a Dios. Son años de ministerio sacerdotal en que todos vamos experimentando que el Señor enriquece nuestra pobreza y fortalece nuestra fragilidad, recordando que es el Señor quien nos ha elegido (Jn 15,16). Y en esta conciencia percibimos la gran desproporción entre el don que hemos recibido y nuestra condición humana. Hoy llegamos con la ofrenda de nuestra vida, agradeciendo al Señor que nos hace dignos de servirle en su presencia, y pidiéndole mantener la fidelidad y cantar su misericordia de la mano de María, Nuestra Señora de Fátima, en el centenario de sus apariciones.

En nuestra peregrinación terrena padecemos la tensión entre la gracia y el pecado y reavivamos nuestra espiritualidad sacerdotal, conscientes de la bondad, la belleza y la grandeza del sacerdocio. La Palabra de Dios nos indica que las promesas de la salvación de Dios se han cumplido en la Resurrección de Cristo. En el cenáculo la pregunta de Tomás dio pie a una de las manifestaciones más bellas de Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. El que encuentra a Cristo ya ha encontrado el camino. Quien lo conoce ya conoce la verdad. “Esta verdad, dice san Agustín, se vistió de carne por nosotros y nació de María Virgen para que se cumpliera la profecía: la verdad brotó de la tierra”. Aquel que entra en comunión con Cristo ya participa en la vida que no conoce término. “Jesucristo es nuestro camino hacia la casa del Padre y también hacia cada hombre a quien le da su luz y fuerza para que pueda responder a su máxima vocación”. Nadie va al Padre sino con él, por él y en él. La experiencia pascual verifica la vitalidad real y la transparencia de la propia Iglesia, misterio permanente del Cuerpo místico de Cristo. Se es cristiano en la medida en que se transparente en la vida la comunión con Cristo de modo gozoso, consciente y responsable.

Así lo testimonió San Juan de Ávila, “maestro ejemplar por la santidad de vida y por su celo apostólico”, icono actual de sacerdote, que encontró la fuente de su espiritualidad en el ejercicio de su ministerio, siendo un enamorado de la Eucaristía y fiel devoto de la Virgen, conociendo la cultura de su tiempo, viviendo en comunión la amistad, la fraternidad sacerdotal y el trabajo apostólico, y animando las vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales. Su testimonio es una llamada a mantener la fidelidad “a la celebración diaria de la santísima Eucaristía, no sólo para cumplir un compromiso pastoral o una exigencia de la comunidad que nos ha sido encomendada, sino por la absoluta necesidad personal que sentimos, como la respiración, como la luz para nuestra vida, como la única razón adecuada a una existencia presbiteral plena”.

Estamos llamados a la eternidad y a la santidad. En esta perspectiva clarificamos la espiritualidad específica del sacerdote diocesano, que hemos de encarnar. ¡No sometamos el ministerio sacerdotal a las ideologías! Cristo se hizo camino por medio de la encarnación. ¡Que no nos esclavice la mediocridad que es “la arterosclerosis del espíritu”! También los tiempos de san Juan de Ávila fueron tiempos recios como diría santa Teresa de Ávila. El estaba convencido de que reformar el estado eclesiástico, era renovar la Iglesia. Ser sacerdote es una tarea ardua, pero gratificante porque permite unir la tierra al cielo, la muerte a la vida, la historia a la eternidad. Si la vida humana está envuelta en el misterio, la vida de un sacerdote es una concentración de misterio. Es posible vivirla solamente a la sombra de la fe, envueltos a veces en el silencio de Dios. “El sacerdocio es la vocación, el camino, y el modo a través del cual Cristo nos salva, nos ha llamado y nos llama ahora, para vivir con él”. Así nos convertimos en “servidores de la alegría: “No es que pretendamos dominar sobre vuestra fe, sino que contribuimos a vuestra alegría, pues os mantenéis firmes en la fe” (2Col 1, 24), escribe Pablo a los colosenses.

A memoria de San Xoan de Ávila fortalecerá o noso corazón e evitará que nos deixemos seducir por doutrinas estrañas. O exemplo de san Xoan de Ávila ilumina a nosa caridade pastoral como camiño á santidade que ha de motivarnos a dicir o que cremos e a vivir do que cremos, a crer o que dicimos e telo arraigado no noso espírito. O ministerio comprométenos de modo total. Non cesamos de experimentar asombro e agradecemento pola gratitude con que nos escolleu, pola confianza que deposita en nós e polo perdón que nunca nos nega. Queridos irmáns e irmás, “sede conscientes do gran don que os sacerdotes son para a Igrexa e para o mundo; a través do seu ministerio, o Señor segue a salvar aos homes, a facerse presente, a santificar. Sabede agradecer a Deus, e sobre todo sede próximos aos vosos sacerdotes coa oración e co apoio, especialmente nas dificultades, para que sexan cada vez máis Pastores segundo o corazón de Deus”. Que a Raíña dos Apóstolos, Santiago Apóstolo e San Xoán de Avila intercedan por nós para que en todo momento reflexemos a realidade do Bo Pastor.

 

Foto: @CatedralStgo

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