Homilía de mons. Barrio en la Misa de Acción de Gracias por la canonización de Sor Isabel de la Trinidad

Queridas Madres Carmelitas

Queridos Sacerdotes y Religiosos

Hermanos y Hermanas en el Señor

«Toda la vida cristiana es una peregrinación hacia Dios Padre, del cual se descubre cada día su amor incondicionado por toda criatura humana». Esta tarde, como llamados a ser conciudadanos de los santos, celebramos la Eucaristía dando gracias a Dios por la canonización de la joven Carmelita, Isabel de la Trinidad, página luminosa de espiritualidad, en la que podemos ver cómo Dios concede también a los jóvenes los tesoros de su sabiduría en la Escuela del Evangelio. Con el profeta Isaías también podemos decir: «Voy a recordar las miseri­cordias del Señor, las alabanzas del Señor: todo lo que hizo por nosotros el Señor». Día de felici­tación gozosa a vosotras, queridas Madres Carmelitas, presencia viva en nuestra Iglesia diocesana.

En el momento actual la Orden religiosa del Carmelo ha sido favorecida con gracias especiales, siendo una referencia en la Iglesia y en el mundo moderno. En la era del activismo es una llamada evangélica a la contemplación y precisamente una contemplación desinteresada, sin pensar en los frutos o ventajas que de ella pudieran derivarse. El Carmelo es un faro de luz. Así Isabel de la Trinidad es un alma contemplativa, una María de Betania puesta a los pies del Señor resucitado y glorificado, aunque es consciente de que el misterio no puede subsistir sin contradicción interna. Es un alma humilde y escondida. Es un testimonio vivido de lo invisible. “A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad”, nos dice san Pablo.

Las palabras del Evangelio proclamado ella las traduce así: “Dios en mí y yo en él: esta clave debe ser nuestra contraseña. Cuanto bien hace esta presencia de Dios en nosotros, en este íntimo santuario de nuestras almas. Aquí le encontramos siempre, aunque con los sentidos no advertimos esta presencia, pero él esta aquí, todavía mas cercano. Es en el cielo de mi alma donde me agrada encontrarlo, dado que él no me abandona nunca”. La vida del Carmelo es vivir en Dios. Amar a Dios con su amor, sabiendo que Cristo es el camino para introducirse en el misterio de la Santísima Trinidad.

Los santos siempre nos orientan. Santa Isabel de la Trinidad vivió el ansia de la vida inmortal, con una gran fortaleza espiritual que le llevaba apresuradamente a Cristo igual que el ciervo  sediento busca la fuente de agua viva. Marca su vida un amor apasionado por Cristo: “Toma mi voluntad, toma todo mi ser, que Isabel desaparezca y no exista mas que Jesús”, “quiero hacer tu voluntad por encima de todo”. Para ella la realidad del amor consiste en entregarse a Cristo en el momento presente y en su contexto concreto. ”Hágase tu divina voluntad… Deseo siempre hacer lo que tu quieras,  Oh mi dulce Jesús, celeste amigo.  Que tu voluntad sea, pues, la mía…”, rezaba ella. La configuración con Cristo que será el ideal fundamental de su vida de Carmelita es  “asemejarse” a Él y ser “como El crucificada”. Esto le llevó a avivar el amor a la Santísima Trinidad: “A quien me ama el Padre y yo vendremos a él y haremos morada en él”. Se sintió habitada por el Dios Trinitario en comunión e intimidad con Él, irradiando y comunicando el fuego de Dios que la habitaba. “El cielo está en mí”.

Forjó su vocación carmelita en el mundo. Vive “en el mundo sin ser del mundo”. Su experiencia contemplativa es uno de los aspectos proféticos de su mensaje hoy, también para los jóvenes. En “la celda de su corazón”experimenta su mas profunda alegría. Su vida se hace oración. Asi se prepara especialmente para la obediencia como monja carmelita, para la flexibilidad en las relaciones comunitarias y para el abandono total que exigirán bien pronto el sufrimiento físico y la muerte.

El sufrimiento fue compañero fiel en su vida. La austeridad y la mortificación la atraen. El virus carmelitano la contagió definitivamente y entre los “pensamientos cristianos”, lo que más le interesa, son las máximas de Santa Teresa y los ecos de san Juan de la Cruz. El Carmelo le parece igualmente un “rinconcito del cielo”, porque es vida de amor vivida en unión de corazones con sus hermanas: “amar, orar, sufrir”, en la humildad, la pobreza, la austeridad y la soledad”, por Jesús y por su gran obra redentora.

Vive el equilibrio entre naturaleza y gracia. Es hija de la gracia que vive la vida sobrenatural. Es Dios quien vivía en ella. Vive el cielo en la tierra. Voy a la luz, al amor, a la vida, dirá a la hora de morir. Fue testimonio de lo absoluto e invisible sentada en el brocal del pozo de lo visible. ¡Dejaos amar, queridas carmelitas, dejémonos amar, queridos hermanos todos! En una sociedad tan árida espiritualmente, todos nosotros encontramos una referencia en Santa Isabel de la Trinidad. Por su intercesión pedimos al Señor por todas las Madres Carmelitas para que no les falten vocaciones que sigan encarnando el carisma de Santa Teresa de Ávila. A las santas carmelitas nos encomendamos. Amén.

 

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