Homilía de mons. Barrio en en la Traslación del Apóstol 2016

Excmo. Sr. Delegado Regio

Emmo. Sr. Cardenal y Sres. Obispos

Excmo. Cabildo Metropolitano

Excmas. e Ilmas. Autoridades

Queridos sacerdotes, Vida Consagrada y Laicos

Miembros de la Archicofradía del Apóstol

Radioyentes y televidentes

Peregrinos

Me alegra celebrar con vosotros esta fiesta no como dueño de vuestra fe sino como cooperador de vuestro gozo. La traslación del Apóstol Santiago en la tradición litúrgica de esta Iglesia compostelana, nos motiva a preguntarnos qué repercusión tiene en nosotros, conscientes de que la Palabra de Dios revela la verdad sobre Jesucristo, que “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación”. Conocer al Hijo de Dios encarnado ayudará a tener sus mismos sentimientos y a actuar en conformidad con el Evangelio que nos transmitió el apóstol Santiago, sabiendo que el cristianismo no es una doctrina moral o una ideología que se limita a decir lo que el hombre ha de hacer o pensar, confiándose a sus propias fuerzas. El cristianismo es una persona, Cristo que actúa por nosotros y con nosotros.

El pasaje del Evangelio que hemos escuchado, hace referencia a la actitud de Santiago y Juan, episodio que  encuentra interpretación en estas palabras: “El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar la propia vida por los demás”. En ellas Jesús manifiesta lo que pensaba de si mismo. Al  escuchar la súplica de la madre de los Zebedeos pidiéndole que sus hijos se sentaran uno a su derecha y el otro a su izquierda con una visión equivocada de lo que es el Reino de Dios, responderá que entregar la vida por los demás tiene que ser la referencia a la hora de seguirle. Les dirá a Santiago y Juan que beberán su cáliz pero con espíritu de disponibilidad absoluta y obediencia plena a la voluntad de Dios, no bajo ocultas aspiraciones humanas y personales, pues la “la forma lograda del cristiano es lo más bello de cuanto en el ámbito humano pueda darse”, para afrontar tantas violencias estériles y desigualdades degradadoras.

En nuestra cultura es necesario valorar el sacrificio, la solidaridad y la entrega a los demás. Da la impresión de que se han oscurecido las grandes evidencias que constituían la base firme de nuestra convivencia humana y cristiana. Ensimismados en nosotros mismos, cerramos las puertas del corazón sin oír que están llamando en ellas, pensando que preocuparse de los demás, es perder el tiempo. Nuestro individualismo nos lleva a fomentar la comodidad, la indiferencia y la insolidaridad, resignándonos a la visión fatalista de las cosas.  Santiago y Juan, más que dar la vida por los demás, buscaban guardarla a través del prestigio y del poder. Es un deseo que también se ocultaba en el corazón de los otros apóstoles a quienes les produce malestar que aquellos se hayan adelantado en la petición. La respuesta de Jesús es clara: “No sabéis lo que pedís”. Su seguimiento implica asumir la cruz y amar hasta el extremo. El contraste entre el mensaje evangélico, y la mentalidad de cuantos le rodeaban, incluso de los más cercanos, fue evidente. Cuando manifiesta a sus discípulos que tenía que padecer y ser crucificado en Jerusalén, Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: “Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte. Jesús se volvió y dijo a Pedro: “¡Ponte detrás de mi, Satanás! Eres para mi piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios” (Mt 16,22-23). Nos pasa también hoy y no podemos llamarnos cristianos si pasamos de lejos sobre situaciones injustas que  generan marginación y abandono. Nuestra misión no es la de ausentarnos del mundo sino la de transformarlo, siendo la sal de la tierra, la luz del mundo y la profecía de Dios en las entrañas de la humanidad. El amor sólo se tiene cuando se da. Y la vida se gana cuando la gastamos por los demás con generosidad y dedicación.

¡No marginemos a Dios del horizonte de la realidad social, cultural, política y económica de nuestra existencia! ¡No cerremos nuestros ojos a su luz, lo que nos llevaría al aturdimiento con efectos negativos para nosotros mismos! El cristianismo con la resurrección de Cristo de la que daban valiente testimonio los apóstoles, nos ofrece una visión transformadora del mundo y “es la sorpresa de un Dios que satisfecho no sólo con la creación del mundo y del hombre, se ha puesto al lado de su criatura”[1]. La mayor cercanía de Dios que resplandece en la cueva de Belén, nos lleva a la mayor plenitud  humana. Esto nos urge a sanar las heridas físicas y espirituales de tantas víctimas,  llevando la misericordia de Dios que consuela y abriendo los brazos a todos, sobre todo a los que sufren complejas experiencias en el ámbito familiar, social y religioso.

Da mesma maneira que o apóstolo Santiago habemos de acoller a vontade de Deus, manifestada en Cristo, renunciando “a mundanidade espiritual, que se esconde detrás de aparencias de relixiosidade e mesmo de amor á Igrexa, e que é buscar, en lugar da gloria do Señor, a gloria humana e o benestar persoal”[2]. Cristo segue sendo signo de contradición ante o misterio da liberdade humana. “Entrégannos decote á morte de Xesús, para que tamén a vida de Xesús se manifeste na nosa carne mortal”. Esta vida é a eterna na que o mesmo corpo mortal alcanzará xa a vitoria.

Non manipulemos o plan creador e redentor de Deus! Sóbrannos interrogantes e zozobras na procura do mellor que só se consegue a través da Verdade que nos fai libres. O verdadeiro mal para o home está no van intento da autosuficiencia co que normalmente pretende planificar a súa vida no tempo ignorando o amor de Deus e non permitíndolle “que nos leve máis aló de nós mesmos para alcanzar noso ser máis verdadeiro”[3]. Neste sentido debe preocuparnos a todos que haxa persoas que “vivan sen a forza, a luz e o consolo da amizade con Xesús Cristo, sen unha comunidade de fe que os conteña, sen un horizonte de sentido e de vida”[4].

Con confianza poño sobre o Altar, co Patrocinio do Apóstolo, a vosa ofrenda, Excmo. Sr. Delegado Rexio, tendo en conta as intencións das Súas Maxestades e da Familia Real, dos nosos gobernantes estatais, autonómicos e locais, das persoas e familias necesitadas espiritualmente e materialmente, e de todos os que formamos os distintos pobos de España, de xeito especial dos queridos fillos desta terra galega. Encomendo ao amigo do Señor esta querida Arquidiocese Compostelá que está a celebrar o Sínodo diocesano para que asuma o compromiso de transmitir de xeito especial o legado da nosa fe. Pido ao Señor coa intercesión do Apóstolo Santiago polos cristiáns perseguidos e polo fortalecemento da nosa vida cristiá, como membros da única Igrexa de Cristo, a santificación e protección dos pais de familia a fin de que realicen a súa misión de coidar e educar os seus fillos en tranquilidade de espírito, a axuda necesaria para Vosa Excelencia, Sr. Oferente, para a súa familia e os seus colaboradores. Que Deus nos axude e o Apóstolo Santiago. Amén.

[1] JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 4.

[2] FRANCISCO, Evangelii gaudium, 99.

[3] Ibid., 8.

[4] Ibid. 49.

 

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