Homilía de mons. Barrio en la Vigilia de la Inmaculada 2017

Preparándonos para celebrar el nacimiento de Jesús, brilla la estrella de María Inmaculada, “señal de esperanza cierta y de consuelo”. Para llegar a Jesús, “sol que nace de lo alto” (Lc 1,78), ¿quién mejor que María puede llevarnos hasta Él sin deslumbrarnos? Es esperanzador saber que tenemos futuro. María aparece distinta pero no distante.

Recordemos la genealogía, la geografía y la historia de María y con ella la genealogía, la geografía y la historia de nuestra fe. Esta noche en torno a ella vemos los rasgos que han de ir configurando también nuestra identidad cristiana  en el seguimiento de Cristo. También nos dice: “Haced lo que el os diga”. Y nadie mejor que una madre, en este caso María, para acercarse al Hijo, y decirle lo que necesitamos. A fin de que fuera digna madre del Hijo de Dios fue preservada de la sombra del pecado original. Así se convierte en imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia  hermosura. María tiene un alma joven. Ella es más   joven que el pecado que surge contra la voluntad de Dios y transfiere la responsabilidad propia al otro. Lo que constituye la juventud del alma es la posibilidad de creer en un ideal y de darse a él totalmente lo que comporta no ser una persona preocupada sólo por disfrutar de una posición cómoda sino sentirse involucrada en un ideal. Esto refleja la juventud del alma. El alma joven ignora el hastío monótono, la indiferencia narcotizante, ese triste privilegio de no sentirnos emocionados ni conquistados por nada. Permanece joven el alma que no se hunde en si misma sino que asciende a la vida sostenida  por la fe y por la esperanza de un futuro mejor donde el sol será más hermoso. Es vieja el alma de aquellos que se repliegan en la desilusión y precisan de un esfuerzo para recordar que antaño rieron, corrieron, subieron a los árboles. Juventud o vejez del alma son juventud o vejez del corazón. El corazón tiene la edad de lo que ama. Si amáis a Jesús seréis siempre jóvenes. ¡Queridos jóvenes, encontraos con Cristo y permaneced siempre en él!

La juventud del alma de María se manifiesta en que no es una mujer dubitativa y orgullosa, sino creyente y humilde, no es desobediente sino acogedora, no maldice y se queja sino que se alegra y bendice. Su sí a Dios es fiable y no encuentra su motivación en el miedo o en los complejos; se fundamenta en la fe que se confía al misterio de Dios y a los frutos de su gracia.

¡Esclarecedor ejemplo para nosotros que nos vemos sometidos al dominio de las cosas, al vaivén de las ideas y a unas formas de amor que tocan solamente lo periférico del amor auténtico! María nos enseña que la fidelidad al amor reclama el fiel cumplimiento de la entrega incondicionada al Señor. También ella se turbó porque los planes de Dios nos sobrepasan siempre. Sin embargo ¡qué serenidad nos da vernos en los planes de Dios! Hemos de darle respuesta en la soledad de nuestro corazón.

A pesar del desasosiego y del dolor que nos causa el desprecio de los valores cristianos; la desorientación de tantos jóvenes que no saben qué hacer de sus vidas; las oscuras señales del pecado de nuestro mundo, renuevo mi esperanza en vosotros. En el día a día nos damos cuenta que en lugar de ayudar a librarnos del pecado, todo el empeño se concentra en librarnos del remordimiento del pecado, como el que se preocupa de bajar la fiebre sin curar la enfermedad, de la que aquella es sólo un providencial síntoma.

La celebración de la Inmaculada nos manifiesta que la Iglesia entera está llamada a ser “santa e inmaculada” (Ef 5, 27). Peregrinemos con ella. “Se levantó y se puso en marcha” para servir  a su prima Isabel, es el lema de esta jornada. Es necesario que os pongáis en marcha en vuestras parroquias, en vuestros grupos, en nuestra sociedad, en la Iglesia diocesana. La Diócesis espera mucho de vosotros porque es mucho lo que valéis para Dios y para nosotros. La actitud de servicio y de  acogida destierra todo odio, mentira y violencia; defiende los derechos de la persona sofocados por el placer, la comodidad y el egoísmo; y manifiesta la autenticidad y la identidad de los hijos de Dios en medio del relativismo que todo lo banaliza. La Iglesia nos presenta a la Santísima Virgen María: una mujer bendecida por Dios como no lo fuera criatura alguna y signo de la creación renovada, viviendo la comunión con Dios y con los hermanos. Siempre al lado de su Hijo, maestra y discípula, la más humilde y la más enaltecida. Con ella esperamos la venida gloriosa del Salvador, diciéndole: “Virgen y Madre María, tú que movida por el Espíritu, acogiste al Verbo de la vida en la profundidad de tu humilde fe, totalmente entregada al Eterno, ayúdanos a decir nuestro “sí” ante la urgencia, más imperiosa que nunca, de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús”. Amén.

 

Foto: www.instagram.com/centolorido/

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