Homilía de monseñor Barrio del Viernes Santo

Quienes estaban en el Calvario en el atardecer de aquel primer Viernes Santo vieron cómo Jesús entregó su espíritu en las manos de Dios Padre. La misericordia de Dios llegó al extremo.

Esta tarde contemplamos a Jesús en la cruz. “Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado” (1Pt 2,24). El es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. “En el espejo de la cruz hemos visto todos los sufrimientos de la humanidad de hoy. En la cruz de Cristo hoy hemos visto el sufrimiento de los niños abandonados, de los niños víctimas de abusos; las amenazas contra la familia; la división del mundo en la soberbia de los ricos que no ven a Lázaro a su puerta y la miseria de tantos que sufren hambre y sed”, y están ignorados por nuestra sociedad.

La pasión del Señor es un misterio de amor. El Hijo se entrega a si mismo por amor al Padre, “haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz” y el Padre entrega al Hijo por amor a los hombres. En este misterio “se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo” . Comprobamos que el amor de Dios no puede llegar a más, al contemplar la figura de Cristo “como un hombre de dolores, que aprendió sufriendo a obedecer sobre la tierra, convirtiéndose en autor de salvación eterna para todos los hombres”.

El “Ecce homo” es el signo de la humanidad doliente a la que Dios exaltará (Fil 2,6-9). “En Jesús aparece lo que es propiamente el hombre. En él se manifiesta la miseria de todos los golpeados y abatidos. En su figura se refleja la inhumanidad del poder humano, que aplasta de esta manera al impotente. En Él se refleja lo que llamamos pecado: en lo que se convierte el hombre cuando da la espalda a Dios y toma en sus manos por cuenta propia el gobierno del mundo” . Pero a Jesús nadie le puede quitar su íntima dignidad. En Él sigue presente el Dios oculto, por eso es imagen de esperanza: Dios está al lado de los maltratados y humillados que sufren pero que siguen siendo su imagen.

No podemos hacer nada por el Jesús agonizante de entonces, pero podemos hacer algo por el Jesús que agoniza hoy en tantas situaciones inhumanas provocadas por la violencia, el terrorismo y la guerra. Pero el mal no tiene la última palabra. Son posibles el amor, la fraternidad, la sinceridad, las relaciones humanas lejos de la prepotencia, del engaño y del odio en la convivencia familiar, social y laboral. Sin la Cruz de Cristo sería difícil convencernos del amor de Dios. Mirando a Cristo en la cruz nada falta: Lo dio todo. Mirando a través de los ojos mismos de Jesús a la humanidad vemos que aún falta mucho: nosotros, miembros del cuerpo de Cristo, no lo hemos dado todo por Cristo y por los hermanos. Ante esta suprema manifestación del amor de Dios, el hombre sólo puede postrarse en actitud de adoración. “Mirad el árbol del la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. Venid a adorarlo”. Aprendamos a vivir la vida desde la confianza y entrega a la voluntad de Dios. En Jesús, muerto de amor, está presente Dios mismo glorificando, coronando, dignificando y salvando al hombre. El amor misericordioso sigue derramándose desde la Cruz cuando confesamos nuestro pecado, participamos en la Eucaristía, o recibimos un gesto comprensivo de las personas que nos acompañan con dedicación, sacrificio y generosidad, sin pedir compensaciones.

Acerquémonos a recoger el cuerpo de Cristo con la sábana blanca de nuestra compasión para que un día también nosotros nos veamos envueltos en la sábana blanca de su misericordia en la espera del gozo de la resurrección. Amén.

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