Homilía de monseñor Barrio el Domingo de Ramos

El camino emprendido por Jesús llega a Jerusalén. El Domingo de Ramos nos recuerda la entrada gozosa en la ciudad y nos hace descubrir la sencillez de lo verdadero y de lo auténtico en la vida. En esta celebración nosotros entramos con Jesús en Jerusalén. Lo aclamaron los niños con su limpia espontaneidad de corazón. “Bendito el que viene en el nombre del Señor”. Sentimos la alegría de ser acompañados y de acompañar al Señor. Palmas de triunfo y anuncio de la pasión de Cristo que “siendo inocente se entregó a la muerte por los pecadores y aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales”.

Vemos a Cristo solidario con los sufrimientos de la humanidad, humilde para escuchar a Dios, obediente para cumplir su voluntad, confiado ante las penalidades, humillado y exaltado. Su confianza en Dios es tal que acepta el sufrimiento inherente a su misión con naturalidad y con calma. Se abajó, se vació de si mismo para ser de los demás. El itinerario seguido por Jesús es la expresión del amor de Dios que no duda en participar de lo humano para elevar todo lo humano a la categoría divina. Es la manifestación del rostro de la misericordia de Dios Padre.

Fue la gente sencilla la que acogió a Jesús, percibiendo en Él al Salvador que va a subir al Calvario para sufrir una muerte de cruz. En la cruz Jesús “toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, el de todos nosotros, y lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios”. Contemplamos en Jesús al hombre herido por el mal que se manifiesta en las guerras, las violencias, la corrupción por el dinero y el poder, los crímenes contra la vida humana y contra la creación.

«Sigamos al Señor». Ser cristianos significa seguir de tras de Cristo. Es verdad que podemos escoger un camino cómodo, evitando toda fatiga, bajando hasta lo vulgar y hundiéndonos en la mentira y la deshonestidad, la violencia y el egoísmo. Pero Jesús nos guía hacia lo alto, hacia lo que es grande y puro; hacia la vida según la verdad; hacia la valentía que no se deja intimidar por las opiniones dominantes; hacia la paciencia que soporta y sostiene al que necesita de nosotros; hacia la disponibilidad a prestar ayuda a los que sufren; hacia la bondad que no se deja desarmar ni siquiera por la ingratitud. Jesús nos encamina hacia Dios.

La pasión de Cristo, página viva en nuestro presente, nos ayudará a reconocer a la humanidad probada en medio de tanto sinsentido y de tantas agresiones a la dignidad de la persona humana. El Hijo de Dios sigue sufriendo cuando no acompañamos al que sufre, cuando acusamos injustamente a los que denuncian nuestra pasividad y conformismo, cuando no defendemos la causa de la justicia por miedo a las consecuencias que pueda traernos, cuando nos inhibimos ante la defensa de la verdad, cuando miramos a otro lado distinto de donde están los descartados de nuestra sociedad, cuando nos confiamos a nuestra autosuficiencia. A veces, nos es cómodo decir: “¡No conozco a ese Jesús de quien habláis!”, o venderle por algo insignificante.

Vivamos la Semana Santa como seguidores de Jesús y no como meros espectadores. Acojamos la misericordia divina en el sacramento de la Reconciliación. “Dios no se cansa de perdonarnos. No nos cansemos nosotros de pedirle perdón”. Que el Señor nos ayude a abrir la puerta de nuestro corazón y del mundo, para que él pueda entrar en nosotros y en nuestro tiempo y cambiar nuestra vida y la sociedad. Amén.

 

Versión en galego