Homilía de monseñor Barrio en la Eucaristía del Miércoles de Ceniza

Iniciamos el tiempo litúrgico de la Cuaresma, “signo sacramental de nuestra conversión, que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida”, como nos dice el Papa en su Mensaje cuaresmal[1]. La Iglesia quiere ser el despertador de nuestra conciencia porque tal vez hemos abandonado a Dios y nos mantenemos en la tibieza, que el Señor detesta. Nos da esperanza saber que “Él está de pie a la puerta y llama. Si alguien escucha su voz y abre entrará en su casa, cenará con él y él conmigo” (cf. Ap 3,14-22).

La Cuaresma es una llamada: el Señor pronuncia nuestro nombre porque nos conoce, nos ama y está pendiente de nosotros. Lo más íntimo en nosotros no es nuestra debilidad sino Dios, como decía san Agustín. Con esta conciencia hemos de salir de nosotros mismos para no encerrarnos en nuestro bucle egocéntrico ni vivir una vida de mínimos y dejarnos preguntar por Dios. Así podremos ver nuestras debilidades como oportunidades para que se muestre su fortaleza. El Papa advierte que hemos de liberarnos de los falsos profetas que nos presentan un placer momentáneo como la felicidad o que dicen que nuestra grandeza es fiarnos de nuestra autosuficiencia o que puede haber fecundidad apostólica y espiritual al margen de la cruz. “Queridos míos, escribe san Juan evangelista, no os fieis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al  mundo… Ellos son del mundo; por eso hablan según el mundo y el mundo los escucha” (1Jn 4,1.5). El profeta Joel pide acoger con confianza filial a Dios, “compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad” (Jl 2, 13). San Pablo nos recuerda que no podemos vivir en paz con el prójimo sino se vive en paz con Dios. ¡Dejaos reconciliar con Dios! ¡Vivamos en Dios  y pongámosle en el corazón de un mundo desgarrado por contiendas e injusticias! ¡Dejémonos habitar por Dios y llevemos su bondad a todos! Necesitamos chequear nuestro corazón para evitar todo aquello que apaga la caridad en él como puede ser “la avidez por el dinero, el rechazo de Dios, la violencia contra aquellos que consideramos una amenaza, la negligencia en cuidar nuestra casa común: la tierra,   el mar, los cielos, y la mundanidad espiritual” que “es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal” (EG 93).

Para remediar los síntomas de esta enfermedad, la Iglesia nos propone la oración, el ayuno y la limosna que nos ayudan a tomar conciencia de nosotros mismos, y a encontrarnos con los demás y con Dios en el camino hacia la celebración del misterio pascual. La oración, escribe el Papa, “hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con los cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios”. El ayuno “debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer”. La limosna que ha de ser un estilo de vida, “nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío”. “Si alguno dice: ‘amo a Dios’, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1Jn 4,20-21). Se nos pide dar una respuesta desde la fe y desde el Evangelio a los niños a los que se les impide vivir una infancia digna, a los jóvenes que no encuentran sentido a su vida, a los adultos que vagan en la indiferencia, a las familias que se resquebrajan, a los ancianos que gastan el atardecer de su vida ayunos de esperanza.

Rasguémonos los corazones para que podamos vernos como somos, y para que la indiferencia no nos deje paralizados para hacer el bien. Encaminémonos hacia la Pascua, acompañados por el apóstol Santiago y la Virgen del Pilar.  Amén.

 

[1] FRANCISCO, Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría (Mt 23,12)

 

Foto:@CatedralStgo

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