Homilía de monseñor Barrio en la fiesta del Seminario Mayor

Hacer memoria de los santos exige vivir el don de la fe que “nos ayuda a edificar nuestras sociedades para que avancen hacia el futuro con esperanza”[1]. En el desconcierto  humanitario, moral y religioso en que nos encontramos se percibe la “pérdida de la memoria y de la herencia cristianas, unida a una especie de agnosticismo práctico y de indiferencia religiosa”[2]. Nuestro estilo de vida refleja que estamos sin base espiritual y que somos como herederos que han despilfarrado el patrimonio a lo largo de la historia en un contexto social y cultural en el que el cristianismo se ve minusvalorado. Vivir los valores auténticos en nuestra vida, nos motivará por respeto a las personas que sufren y por coherencia evangélica, a asumir con tanta dignidad como fidelidad la contemporaneidad y a generar un ámbito cultural que no cierre sus ojos a la luz de la fe en medio de tanta sospecha y desconfianza.

San Martín, formando y sosteniendo la conciencia de los valores cristianos, es un ejemplo para nosotros que tal vez estamos hartos de palabras y vacíos de obras. El sabía que el ruido es del tiempo y el silencio de la eternidad. Glorificó a Dios con su vida y con su muerte, afrontando las dificultades pues la gloria de Dios siempre va unida a la cruz de Cristo en medio de los bienes y males de este mundo. Cuando nos encontramos con un santo, en él  nos sorprende todo. Los santos son como ese arco tenso que ha sabido lanzar la flecha de su existencia al centro del misterio de Dios. Por eso, donde los santos pasan, Dios va quedando.

Como a un buen pastor y peregrino de lo absoluto, no le fueron ajenos los problemas del hombre de su tiempo. Haciendo honor a su nombre fue un batallador por las cosas de Dios, brillando por su coherencia. Su caridad fue inagotable con los necesitados, siendo muy austero consigo mismo. En su ministerio episcopal formó al clero, implantó la vida consagrada y evangelizó a los pobres buscando nuevos caminos de evangelización. Fundó las parroquias rurales en Francia. Anunciar la fe en formas verdaderas y buenas, y aprender a expresar esas formas de un modo nuevo para nuestro presente, ha de configurar nuestro nuevo estilo de vida.

El amor a Cristo le ayudó a superar el temor a los poderes de este mundo. “Los hombres de Dios no desean ni mucho menos dedicarse a las cosas seculares y lamentan cuando, por un misterioso designio divino, se les encargan ciertas responsabilidades… Hacen todo lo posible para evitarlas, pero aceptan aquello que no quisieran y hacen lo que habrían querido evitar… Y cuando se dan cuenta de que tienen que someterse a los designios de Dios, agachan la cabeza del corazón bajo el yugo de la decisión divina”.

San Martín de Tours llevó al hombre a Cristo.  Pudo decir: “Para mi vivir es Cristo”. Era consciente de que creer no es sentarse a esperar hasta que venga el Señor y nos sirva con su gracia sino que la fe obtiene su inconfundible eficacia en el servicio al Señor que se ha convertido en el servidor de todos. La experiencia de Dios es siempre don y tarea que exige vaciar nuestro propio interior para que resuene su palabra en nuestro corazón,  gustar el silencio en nuestra alma y contemplar para saber elegir con claridad interna y limpieza de intención.

En medio de las  dificultades que acarrean nuestra cultura, nuestra debilidad, o incluso nuestra infidelidad, tenemos la seguridad, fundada en la esperanza, de que Cristo va haciendo el camino con nosotros. ¡No diluyamos nuestra libertad y responsabilidad con la excusa de lo que a veces hace la mayoría, ni con el sucedáneo de la prudencia ambiental. “Si la sal se vuelve sosa no sirve sino para que la pisen”. Somos responsables ante Dios, ante nuestra vocación a la santidad y ante la experiencia del Evangelio que nos llama a superar la mediocridad frustrante en nuestra vida para presentarnos dignamente ante Dios.

San Martín, hombre admirado por su sabiduría y amado por su bondad, salió al encuentro de las gentes, manifestando su alma de apóstol que se conmueve con el corazón y con la mente. Cercana ya su muerte decía: “Dejad, hermanos, que mire al cielo y no a la tierra, y que mi espíritu a punto ya de emprender su camino, se dirija al Señor…Tú, demonio maldito, no encontrarás en mí nada que te pertenezca; el seno de Abrahán está para recibirme”. También hoy pedimos al Señor entregarnos por entero a su servicio como San Martín de Tours y que nos conceda aceptar plenamente su voluntad para vivir la alegría de ser plenamente suyos.  Amén.

 

[1] FRANCISCO, Lumen fidei, 51.

[2] SAN JUAN PABLO II,  Ecclesia in Europa, 7.

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