Homilía con motivo de la Jornada Mundial por el Trabajo Decente

En este atardecer nos hemos reunido para celebrar nuestra fe. Se nos llama a compartir la situación, tantas veces dramática, en que se encuentran muchas personas y consiguientemente familias que están sufriendo las consecuencias de la falta de trabajo o de un trabajo decente.

El profeta Amós aborda el tema del dinero injusto, de forma que toda injusticia se sitúa no en el dinero mismo sino en el uso que los opresores hacen de él, llevando a manipulaciones sin escrúpulos en la vida económica, a fraudes manifiestos y a la valoración del pobre como pura mercancía. Todo esto es un atentado contra la persona, prójimo que hay que amar como a uno mismo. “Todo lo que hacemos o no hacemos con el más humilde de nuestros hermanos, lo hacemos o lo dejamos de hacer con Cristo” que se siente solidario de los más humildes como se describe en el pasaje del evangelio que se ha proclamado. Este será nuestro examen en el atardecer de nuestra vida.

Para el buen funcionamiento de la sociedad es prioritaria la promoción de un trabajo digno para todos. La carencia de trabajo genera pobreza y disgregación social, y mina la dignidad de la persona humana, recordando que el papa Benedicto nos decía: “cuando el afán del lucro y la acción especulativa sin límites se imponen en los mercados, la persona humana está construyendo su casa sobre arena”. Las personas “descubren significado y confianza en el futuro cuando encuentran un trabajo de larga duración con la oportunidad de una merecida promoción”. Es urgente responder a las necesidades de quienes buscan un empleo digno y oportunidades para salir de la pobreza y evitar la marginación y la explotación. “Un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de la comunidad; un trabajo que de este modo haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna  a los trabajadores que llegan a la jubilación” (Caritas in veritate, 63).

Es necesaria la solidaridad, “elemento fundamental de la visión humanizadora del trabajo, para buscar responsablemente un posible remedio”. Es precisa  la subsidiaridad, “gracias a la cual es posible estimular el espíritu de iniciativa, base fundamental de todo desarrollo socioeconómico”. Y, además, es imprescindible la mirada de la caridad, esencial para el cristiano, que nos permite comprender más exactamente la realidad social. “Para ello se necesitan unos ojos nuevos y un corazón nuevo, que superen la visión materialista de los acontecimientos humanos y que vislumbren en el desarrollo ese algo más que la técnica no puede ofrecer” (Deus caritas est, 31).

El papa Francisco con frecuencia manifiesta su preocupación por las personas que no cuentan con un empleo, viéndose menoscabados en su dignidad porque no son capaces de aportar alguna ayuda a la familia por medio de su trabajo. “Sin el trabajo el hombre no sólo no puede alimentarse, sino que tampoco puede autorrealizarse, es decir, llegar a su dimensión verdadera”. Consecuentemente debe ser garantizado el derecho al trabajo, “dedicando a ello los cuidados más asiduos y poniendo en el centro de la política económica la preocupación por crear  unas posibilidades adecuadas de trabajo para todos y principalmente para los jóvenes, que con frecuencia sufren hoy ante la plaga del desempleo”, decía san Juan Pablo II.

De manera especial en estos momentos debemos renovar nuestro compromiso con la cultura del trabajo que exige renunciar  a conductas consumistas y materialistas que no valoran el trabajo. Es responsabilidad de la comunidad cristiana acompañar a las personas que no tienen un trabajo. Ni el Estado ni la sociedad pueden sentirse ajenos a esta preocupación. Reafirmamos los principios fundamentales de la enseñanza social de la Iglesia como son la dignidad inviolable de la persona humana, el destino universal de los bienes de la creación, la participación de todos en la búsqueda de bien común, la solidaridad. Las condiciones difíciles o precarias del trabajo hacen difíciles y precarias las condiciones de la misma sociedad, de un vivir ordenado según las exigencias del bien común.

En este Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia se nos llama a ser misericordiosos. Obra de misericordia es dar trabajo digno a quien no lo tiene para que recupere su dignidad. Nadie duda de que el auténtico camino para la inclusión social es el trabajo dignamente remunerado, rechazando conductas consumistas y materialistas que no aprecian el trabajo. La Iglesia acompaña la vida de tantas personas que buscan su dignidad en el trabajo y en su desarrollo pleno. Redescubramos la dimensión social de la fe. Amén

 

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