Intervención de mons. Barrio en Cope: 10 de enero de 2020

 

Hay como un hilo de continuidad entre las lecturas propias del Adviento y las de esta última solemnidad de Navidad, el Bautismo de Jesús, abriéndonos paso ya al llamado tiempo litúrgico ordinario. Y ese factor común es la esperanza de que el Mesías, como dice el profeta Isaías, es el siervo de Yavé, elegido y lleno del espíritu de Dios para establecer el derecho en el mundo, cuidando de no romper lo débil ni apagar la luz vacilante.

El Bautismo de Jesús en el Jordán es manifestación de la gloria del Padre. Y en esa gloria está también la gloria del hombre, porque a pesar de los momentos de incertidumbre, generadores de desesperanza, una lectura creyente de la realidad nos invita siempre a reconocer que el Dios hecho hombre, traerá “el derecho a las naciones”. En Cristo no hay doblez: hay claridad; en Cristo no hay engaño: hay verdad; en Cristo no hay estrategias ni cálculos: hay sobreabundancia de amor.

Tras estas gozosas fiestas de Navidad la vuelta al tiempo ordinario es la ocasión para contemplar lo esencial en nuestras vidas: la identificación con Cristo, sin perder de vista nuestro concreto existir. Lo esencial se encarna en lo circunstancial y si queremos que nuestra fe vuelva a ser referencia para la sociedad –ahora que parecemos prescindibles o invisibles-, será preciso volver a la raíz de la primera comunidad, perseverando “en la comunión, en la fracción del pan y en las  oraciones”. Los primeros creyentes, “vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos según la necesidad de cada uno…, alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo” (Hch, 2, 42-47).

Solo un testimonio personal serio, creíble, eficaz, comprometido con las necesidades de los pobres y los anhelos de los débiles, puede ir transformando nuestra sociedad conforme al plan de Dios.

Ojalá que sepamos en este tiempo ordinario llevar la Palabra de Dios, que siembra paz y justicia, reconociéndonos como hijos de Dios y hermanos los unos de los otros, poniendo aceite en tantas heridas que padece el hombre de nuestros días.

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