Intervención de mons. Barrio en Cope: 12 de abril de 2019

 

Viernes de Dolores. Hoy es una de esas fechas que el calendario remarca con intensidad en la vida de nuestras villas, aldeas y ciudades. Con esta jornada, la religiosidad popular, da inicio a las celebraciones de la Semana Santa. Muchas veces las tradiciones nos remiten a esa Tradición con mayúscula que forma parte de nuestro ser cristiano. Y acompañar a la Virgen de los Dolores es un buen modo de preparar el alma para la celebración de esa fiesta mayor de la Resurrección, con la que culminará la Semana Santa.

Solo hace unos días tuve la oportunidad y el honor de actuar como pregonero de la Semana Santa de Santiago. Recordaba en ese acto tan entrañable que una “procesión no es un paseo cívico, ni un acto cultural; es una catequesis dada y recibida en la elocuencia del silencio. Es un acto público de profesión de fe y de adhesión a sus misterios”. Y es que el procesionar en las rúas y plazas de nuestros ámbitos urbanos es una acción de evangelización, pues nos sitúa en el ambiente cotidiano de las ciudades, en salida, abandonando por unas horas el hogar cálido de nuestros templos.

El testimonio de nuestras cofradías y de sus integrantes es una manifestación de que viven apasionadamente sus convicciones religiosas. “Santiago”, dije en el pregón, “es ciudad abierta a peregrinos que nos impactan con su fe. Transmitamos la alegría del Evangelio con nuestras manifestaciones de piedad, expresando nuestro amor a Jesucristo para que todos crean en El”.

El silencio y el recogimiento del procesionar son como figura o metáfora del clima de oración y contemplación con el que hemos de vivir estas fechas. Del Domingo de Ramos a la Pascua, Jesús nos busca para que le acompañemos en el culmen de su misión. Nos necesita a cada uno de nosotros. Él tuvo nuestros nombres y nuestras historias personales en su corazón cuando llegó triunfante a Jerusalén, cuando cenó por última vez con sus amigos, cuando sufría dolorido camino del Calvario. Y, sobre todo, nos tuvo presentes en la noche gloriosa, luminosa, de la Pascua, cuando su Resurrección hizo nuevas todas las cosas y nos ofreció la oportunidad de caminar más allá del sufrimiento y de la muerte. Santa Semana de gracia para todos.

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