Intervención de mons. Barrio en Cope: 13 de septiembre de 2019

La vuelta a las clases en este comienzo del curso escolar es sin duda un acontecimiento que marca el discurrir de estos últimos días en las familias. Como un signo de normalidad en medio de noticias sobre asuntos políticos, inicio de mediáticos juicios o triunfos deportivos, el regreso a las aulas nos sumerge en el ámbito de lo cotidiano. Y es en ese marco de naturalidad y sencillez donde este fin de semana podemos situar la visita de las reliquias de Santa Bernadette, una humilde joven que fue instrumento para difundir la devoción a María y la conversión de los corazones.

En la gruta de Lourdes, lugar en el que la Inmaculada Concepción se aparece a Bernardita, se producen milagros que son una manifestación de la gloria y la misericordia de Dios. Las reliquias que recibimos estos días en A Coruña, en Santiago, en Lestedo y en Pontevedra no son piezas de museo. Como escribí hace días en una carta pastoral, “las reliquias de los santos son signos pobres y frágiles de lo que fueron sus cuerpos, con los que pensaron, actuaron, rezaron, sufrieron y experimentaron la muerte. De estos signos se sirve Dios para manifestar su presencia y hacer brillar su poder y su gloria, ya que Él es quien actúa por medio de ellos”.

En este sentido son signos vivos y por ello los veneramos. La santidad de Bernadette “es una santidad cotidiana, sin repliegues sobre sí misma, sabedora de las gracias de Dios que ha recibido”. Aunque tras las apariciones, Bernadette opta por la vida religiosa, no es difícil que nosotros, presentes en el mundo y, sin embargo, peregrinos encontremos semejanzas con su vida. En la suya no ocurrieron grandes hechos ni gozó de comodidades. Su vida era sencilla, en una familia siempre escasa de recursos económicos. Rasgos con los que muchos se sienten identificados.

Venerar las reliquias de Bernardita es una oportunidad para acoger el mensaje de la Virgen de Lourdes llamándonos a la conversión. Y a pedirle a Ella, madre y maestra en la fe, por los matrimonios, por los hijos, por las familias, por la diócesis, por los seminaristas, los sacerdotes y por nuestra sociedad. Nuestra oración de petición es una expresión más de que somos frágiles y necesitamos el don de Dios, la gracia que Bernadette acogió en su sencillez.

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