Intervención de mons. Barrio en Cope: 22 de marzo de 2019

 

“El amor cuida la vida”. Este es el lema de este año para la celebración de la “Jornada por la Vida” que se desarrollará este próximo lunes día 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor. La apuesta por la defensa de la vida es siempre una apuesta por la dignidad integral de la persona. En alguna ocasión nos hemos sentido interpelados cuando alguien se pregunta si la vida de tal o cual persona, ante el sufrimiento que experimenta por una enfermedad o un proceso de envejecimiento, “merece la pena ser vivida”. Pues sí, toda vida merece la pena ser vivida desde la dimensión del amor.

Nuestro Dios no es un ser extraño, indiferente o frío al que no le importen en absoluto nuestros problemas. Es un Dios cercano, un Dios que Él mismo es familia y que en su Hijo encarnado asume el misterio del dolor y la dureza de la vida. Nosotros “somos”, vivimos y existimos en el amor de Dios. Su amor primero es el que alienta nuestro amor humano. Y toda vida, desde el estado embrionario, en el vientre de una madre, hasta la de mayor edad o más frágil en su debilidad, es un bien inefable.

En una lectura creyente de nuestra realidad cotidiana percibimos con los ojos del alma que nadie es más persona por ser un canon de belleza, ni nadie es menos persona por estar hospitalizado o ser dependiente para afrontar el día a día. Es verdad que no podremos siempre explicar el porqué del dolor o del sufrimiento. Pero siempre podremos acompañarlos desde nuestra cercanía y nuestro servicio. Como hizo Cristo al asumir nuestra condición humana, sin ahorrarse nada de lo auténticamente humano, salvo el pecado.

Quizá no podamos curar graves enfermedades, pero sí aliviar el abandono o la soledad de muchos enfermos y ancianos, ayudando a superar la angustia, quizá el temor a la propia muerte. Son esos gestos concretos de acompañamiento, que muchos de vosotros practicáis con vuestros allegados, las expresiones de una verdadera cultura de la vida, y los iconos de esa esperanza que la solemnidad de la Anunciación nos ofrece: Dios ya está con nosotros.

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