Intervención de mons. Barrio en Cope: 3 de mayo de 2019

 

“Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Estas palabras del libro de los Hechos de los Apóstoles nos indican cuál era la actitud con que los apóstoles afrontaban sus primeros trabajos de evangelización. El relato de los Hechos es la crónica, siempre testimonial, de la comunidad que vive de la Resurrección del Señor y de la gracia del Espíritu. En la primitiva Iglesia, a pesar de las debilidades humanas, no había lugar ni para el desánimo ni para la tristeza y menos para la rutina, ese enemigo invisible que está presto a infiltrarse en nuestras vidas y acallar el entusiasmo pascual.

Siempre hay motivos para la esperanza, aunque en ocasiones cueste verlos en ese día a día que fatiga y lleva a replegarnos sobre nosotros mismos. Siempre hay razones para estar dispuestos a proclamar la alegría de Cristo resucitado, pese a que el ambiente que nos rodee tienda a prescindir de esa dimensión espiritual que nos abre a la trascendencia.

Hace unos días asistí al encuentro del Apostolado seglar, de  movimientos y asociaciones laicales de nuestra diócesis. El pasado miércoles tenía el gozo de reunirme con los diocesanos más pequeños, con niños y niñas de tercero a sexto de Primaria. Y en las próximas semanas presidiré las confirmaciones de numerosos jóvenes… Son todos signos de vitalidad eclesial en medio de la ceremonia de la confusión en la que podemos caer, pagando un peaje a ese espíritu del mundo que trata de ignorar la riqueza que proporciona al hombre el acontecimiento de la Resurrección.

Os sigo recordando lo que os decía en mi mensaje del Domingo de Pascua: ¡No sepultemos las brasas del Evangelio de la Resurrección debajo de tantas cenizas acumuladas! ¡Anunciémoslo! El cristiano ha de dialogar siempre  con quien espera. Es la misión que se nos encomienda en la Pascua. Ni la tristeza, ni la amargura, ni mucho menos la desesperanza tienen nada que ver con Cristo resucitado y con quien le sigue”.

No dejemos resquicio al desaliento. Tenemos que seguir construyendo la Ciudad de Dios en medio de la de los hombres. Nuestro empeño es construir el Reino contribuyendo al bien común de todos,  en el nombre de Dios y al servicio del hombre.

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