Intervención de mons. Barrio en Cope: 7 de junio de 2019

Celebraremos mañana sábado la asamblea diocesana de final de curso. Es el colofón a unos meses que han sido densos para todos cuantos contribuís a la misión de poner por obra la programación pastoral, realizada este año bajo el lema “El ministerio de la santificación”. Os quiero agradecer a vosotros, agentes de pastoral, esa dedicación que hace posible el anuncio de la palabra de Jesús en las realidades que constituyen vuestro espacio de evangelización.

Os felicito cordialmente: la Iglesia confía en vuestras manos, en vuestras palabras y en vuestros gestos para transmitir la alegría de la fe en el Resucitado. En vísperas de Pentecostés, esa solemnidad tan ligada al apostolado seglar y a la Acción Católica, es más patente aún la esperanza cierta y sólida de la acción del Espíritu para avivar vuestro compromiso.

No se nos oculta que hay momentos en que la tentación del desánimo puede inducirnos a la pasividad, al retraimiento. Sobre todo cuando vemos noticias que nos hablan del suicidio asistido de una joven holandesa de 17 años, a cuyo inmenso dolor moral al haber sido violada no se supo dar respuesta; de avances en ese trashumanismo que quiere convertir al hombre en una especie de máquina perfecta, alejada lo más posible de la muerte; de la selección genética y manipulación embrionaria; y de tantas otras realidades que degradan la dignidad de la persona.

Es como si esa tentación nos invitará a decir: “hasta aquí hemos llegado, yo ya no puedo más”. Pues bien, no os dejéis vencer por esa sibilina insinuación. Vuestra tarea es imprescindible para restaurar la verdadera concepción del hombre y la mujer como personas. No tengáis ninguna duda de que sois protagonistas en esa gran escena que enfrenta el misterio de Cristo con el misterio de la iniquidad. El combate es por salvar a la persona.

El ministerio de la santificación no es otra cosa sino ir aplicando en nuestra pequeña historia personal el juicio del Espíritu al espíritu del mundo. Aun asumiendo nuestra fragilidad, si proclamamos a Cristo frente al misterio de la iniquidad, estamos venciendo el mal con el bien, el odio con el amor, la injusticia con la justicia. Estaremos haciendo que Cristo venza en la historia, y siempre en beneficio del hombre.

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