Intervención de mons. Barrio en el VII Congreso de Acogida Cristiana en los Caminos de Santiago

Peregrinar por los caminos de y con los jóvenes

 En una civilización y cultura donde predominan los eslóganes, eso es un signo de carencia de realidades. No va a ser nuestra preocupación acuñar un eslogan más. En el Año Santo Compostelano la Iglesia invita a  descubrir cada día la realidad del horizonte siempre nuevo que es Jesucristo que “nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría”[1]. Ya es recurrente la pregunta sobre qué espera en general de la celebración de este Año Santo y en consecuencia cómo se está programando. La respuesta es poliédrica. Pero esa dificultad aumenta cuando la pregunta hace referencia a la participación de los jóvenes.

Preguntas sobre los jóvenes

Ciertamente “nunca hay viento favorable  para   quien no sabe a dónde va”, dice el proverbio. La Iglesia nos pregunta con la humildad de quien sabe que la verdad es algo infinitamente grande y bello: ¿qué queremos de los jóvenes? ¿qué propuesta de sentido tenemos para ellos? ¿con qué ejemplos personales y colectivos queremos iluminar sus destinos?  ¿somos capaces de escuchar sus anhelos más ocultos, sus interrogantes más íntimos, sus sufrimientos más profundos? ¿qué misericordia proponemos para su pasado, qué amor ofrecemos para su presente, qué esperanza brindamos ante su muerte? A los jóvenes hemos de ayudarles a vivir dignamente y no dejarse llevar por la mentira, la farándula de la mera subjetividad del gusto, del placer o de la violencia. Hay que animarles a buscar la verdad que es fuente de libertad, de servicio y de liberación. En ella siempre florece el amor aunque a veces no veamos los frutos del esfuerzo pero “vale más sembrar una cosecha nueva que llorar por la que se perdió”. Iglesia y sociedad, no siendo realidades identificables, tampoco son antagónicas, sino que están llamadas a colaborar para la realización integral de la persona y para la edificación de un mundo mejor. La sociedad, por tanto, no debe minusvalorar la presencia educativa a través de la Iglesia en las parroquias, los movimientos, los colegios y las universidades católicas. La Iglesia debe estar a los jóvenes que hay admirarlos pero no temerlos, y no pensar en ellos de manera interesada[2]. “No son piezas de subasta”[3].

Los jóvenes y la verdad

La juventud está vinculada a la verdad de manera especial: Platón decía: “Ejercítate en el pensamiento y busca la verdad mientras eres joven, pues de lo contrario, la verdad se te escapará de  entre las manos”. Jesús refiriéndose a todos dice: “La verdad os hará libres”. “La búsqueda en serio de la verdad es un requisito indispensable para encontrarla. La conciencia es la voz de Dios en la naturaleza y en el corazón del hombre”. Tengo la percepción de que uno de los grandes problemas de los jóvenes hoy es que se sienten solos, y no tienen donde agarrase. El sistema escolar no les transmite certezas ni desarrolla el juicio crítico. Las familias han dejado de ser instancias normativas y transmisoras de valores. Tampoco las parroquias conectan fácilmente con ellos. Viven el riesgo de caer en el conformismo de las modas, en la manipulación de los vientos dominantes, en el error, en la desesperanza. Se nutren de mensajes publicitarios y no de verdaderas razones para vivir y amar. Necesitan líderes para que los guíen por el camino del Amor y la Belleza a fin de que puedan ir pintando el cuadro de su vida. Están instalados en el universo digital, siendo protagonistas en las redes sociales, “nueva manera de comunicarse y de vincularse”[4].

Tienen pensamientos, sueños o intuiciones que se fijan en los pinceles con los que quieren pintar su cuadro. Pero tal vez tienen miedo a perder el control de sus vidas al haber muchas cosas que no se pueden explicar. En actitud de búsqueda y de cambiar la realidad, han de elegir entre cerrar los ojos y considerar la vida como un sofá o poner las zapatillas y verla como un trampolín, lanzándose a buscar respuestas a sus preguntas. Elegir no es fácil, pero peor es no elegir.

Son necesarios una reflexión y un análisis sobre cómo es nuestro trabajo pastoral con los jóvenes. Ante las dificultades objetivas que encontramos debemos caer en la cuenta que tal vez no se trata de “hacer más” sino de analizar “cómo lo hacemos”. Esto es muy importante en la pastoral. Es momento de ofrecer el Evangelio que ilumina la mente, calienta el corazón y fortalece los compromisos.

Si queremos acertar con el estilo pastoral tenemos que mirar a Jesús. Debemos vivir más unidos a Él, orar con más insistencia por los jóvenes y con los jóvenes, explicarles la Palabra y celebrar los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía. En el Año Santo, el estilo del Señor nos invita a salir a faenar en grupo, en equipo, o al menos siempre de dos en dos. (Lc 10, 1-9). Obispos, sacerdotes, miembros de vida consagrada y los responsables de la pastoral de los colegios, movimientos y asociaciones han de suscitar entusiasmo,  descubriendo la grandeza y belleza de trabajar en este campo pastoral. Ciertamente la pastoral con los jóvenes que necesitan ser escuchados y acompañados, nos complica la vida. La amistad con ellos logrará una respuesta positiva  cuando surja la invitación a participar en algo.

En nuestra cultura un tanto desasosegada, al hacernos al camino de los jóvenes, percibiremos que nos preguntan “qué sentido tiene nuestra existencia en el mundo; qué posibilidad hay de ver el futuro con esperanza cuando no se intuyen unas señales que la legitimen; cómo puede construirse una convivencia en libertad, comunión y verdad con la certeza de que es un objetivo alcanzable; cómo podemos liberarnos de las negatividades que padecemos y restan credibilidad a nuestra existencia muchas veces perdida entre las nieblas de nuestras perplejidades; y también qué puede aportar el cristianismo en esa búsqueda constante de la plenitud de destino”. Son cuestiones para la peregrinación que los jóvenes llevan en el fondo de su alma y en la mochila de su existencia y que hemos de hacer nuestras en su acompañamiento, orando y reflexionando con ellos, y deseando iluminar el camino que están haciendo. ¿Son nuestros jóvenes una gota de agua perdida en el mar, un número casual de una estadística, una parte sin importancia en la computadora mundial? Esta impresión puede llevarles a hacer dejación de sus responsabilidades con placeres efímeros, como el  alcohol, el sexo, las redes informáticas y la droga, vividos con la indiferencia o con la violencia, viendo a veces la muerte como una aparente y última solución. Toda persona humana es mucho más y trasciende esas realidades. Tal vez nos inventamos un mundo imposible para justificar en él nuestras derrotas. Los jóvenes han de tomar la vida en las dos manos y construirla cada mañana y cada tarde, recordando las exigencias a las que deben ser fieles para una calidad de vida según el proyecto de Dios, y reconociendo la verdad y el amor como criterios auténticos en su actuación. No deben permitir que el interrogante sobre Dios se disuelva en su alma por falta de un ideal, de entusiasmo, de ganas de hacer algo.

En el Año Santo tenemos que habitar con esperanza el momento presente, haciendo que puedan encontrarse con Jesús, recordándoles que Dios nos ama, que Cristo nos salva, que vive, haciendo que su Espíritu nos habite. Este acompañamiento lo debemos hacer con alegría, diciéndoles que nos encontramos a gusto con ellos, que no deben gastar su vida en la provisionalidad, que deben dejar todo tipo de postureo que es lo fácil y lo frívolo pero que no sirve a su realización integral desde el corazón del Evangelio, que es lo más bello, lo más grande y atractivo y al mismo tiempo lo más necesario: debemos ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de los jóvenes. La juventud es una reflexión necesaria que tenemos que seguir haciéndonos. Es preciso proponerles sin complejos la entraña misma de la fe católica, centrada en la persona de Cristo, quien se hace presente a través del Espíritu en la Eucaristía, en la Palabra de Dios, en la oración y en el amor fraterno. Hay que cuestionar la manifestación de que la religión nos hace esclavos de una moral extraña, de que las creencias personales son sólo legítimas cuando no adquieren articulación pública y que la búsqueda de Dios sólo es comprensible en estados primitivos de la sabiduría humana.

Año Santo y Jóvenes

El Año Santo es un acontecimiento de gracia para orientar la realización integral de la persona con una antropología dinámica y dinamizadora. En este propósito nos sitúa el magisterio del papa Francisco, sobre todo en la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, en la Gaudete et exultate y la Christus vivit. En la primera el Papa nos dice que “la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús y que con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”. Señala también que existe una creciente deformación ética en nuestras sociedades, asistiendo al debilitamiento del sentido del pecado personal y social, así como a un progresivo aumento del relativismo. Habla de la mundanidad espiritual que idolatra el dinero, debilita los vínculos entre las personas y desnaturaliza los vínculos familiares, como filosofía de vida, exhortando “a la solidaridad desinteresada y a una vuelta a una ética en favor del ser humano”. Subraya que la Iglesia es el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio, y que la fe y la Iglesia no deben quedar recluidas al ámbito de lo privado y de lo íntimo.

En la Gaudete et exultate hace una llamada a la santidad en el mundo actual. El demonio y sus asechanzas deben ser combatidos, según el Papa, con el don del discernimiento, un don del Espíritu Santo, orando constantemente y viviendo la contemplación en medio de la acción. El Señor nos eligió “para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor” y debemos ser santos en lo cotidiano. La santidad de una persona se mide con su caridad. El Papa avisa de que las fuerzas del mal nos inducen a no cambiar, a dejar las cosas como están, a optar por el inmovilismo o la rigidez. En este sentido Santiago es una meta de llegada para el hombre viejo y un punto de partida para el hombre nuevo. Christus vivit nos ofrece una gran panorámica para movernos en la pastoral con los jóvenes.

El Año Santo Compostelano sigue siendo una llamada a la conversión que nos ayuda a renovarnos espiritualmente, recordando los contenidos de nuestra fe y acogiendo la salvación sin olvidar la urgencia de ser evangelizadores en medio de la indiferencia religiosa, incertidumbre moral y  pérdida del sentido transcendente de la vida. Ha de favorecer el despertar religioso y espiritual de las personas y de las comunidades cristianas. El fortalecimiento de la esperanza en los bienes futuros animará la evangelización de la sociedad en consonancia con la rica tradición apostólica. El Camino, la Peregrinación y la celebración del Año Santo han de contribuir a este objetivo.

Cuando a los jóvenes se les preguntaba en  la preparación del Sínodo de los Obispos sobre qué iniciativas  y caminos de formación se les proponían, una respuesta significativa era el Camino de Santiago como una forma de acompañamiento en el discernimiento espiritual. En los caminos de peregrinación de los jóvenes han de resonar las Bienaventuranzas. “Bienaventurados, no porque dejaríamos de ser pobres, sino precisamente porque ya lo éramos; no porque iríamos a un reino prometido, sino porque ese reino crecía ya dentro nosotros; no porque dejaríamos de estar oprimidos sino porque nadie podría oprimir nuestras almas ni quitarnos la paz; no porque desaparecerían las lágrimas de nuestros ojos sino porque al dedicarnos a secar las de los otros, las nuestras se volverían ríos de gozo; porque al compartir nuestra hambre, todos tendrían pan; porque al tener los corazones limpios, nos cabría en ellos más amor; y porque al dejar nuestras pequeñas herencias de este mundo, tendríamos por herencia el corazón de Dios”[5]. La peregrinación ha de contribuir a que el testimonio de los jóvenes pueda ser compartido de forma auténtica y cercana, ayudándoles en su propio camino, pudiendo contrastar la realidad unos con otros, muchas veces provenientes de otras culturas pero con una misma fe y con un mismo deseo de comprometerse y seguir haciendo camino. Esto les ayudará a preguntarse sobre si mismos, rompiendo con la cotidianidad, saliendo de sus zonas de confort, dejando de mirarse a sí mismos y yendo al encuentro y al servicio del otro lo que lleva a abrirse a la  Gracia y a su acción en ellos.

Los jóvenes son esa fuerza del futuro que necesitamos. Formarlos en valores profundos que perduran a pesar del paso del tiempo y dan un sentido a la vida y a la actividad es compromiso de todos para que puedan participar en la vida de la Iglesia, tener presencia en la sociedad, y formar la realidad de los grupos, asociaciones y comunidades que se atrevan a hacer una lectura creyente de la realidad.

Acompañar sentirse acompañado

Nuestro propósito en este Año Santo es acompañar a los jóvenes y sentirnos acompañados por ellos. Y todo esto cuando se percibe la crisis moral de la sociedad, lo irrelevante de la presencia católica en la sociedad, el divorcio entre la fe y la vida, y la falta de formación. Se constata el hecho de la situación de muchos jóvenes alejados por el materialismo, el hedonismo, la competitividad. En este sentido las líneas orientadoras de la pastoral en el Año Santo no deben ignorar la educación, la cultura, la experiencia social y el compromiso eclesial de los jóvenes, y tener en cuenta a los alejados y cercanos, a los marginados e integrados, a los de la ciudad, del campo y del mar, a estudiantes y trabajadores.

Hay dos parábolas que pueden ayudar a comprender la situación en la que nos encontramos: La parábola del hijo pródigo como signo de esta secularización, paradigma de la modernidad. Esta parábola nos permite conocer al hombre desde Dios y recobrar el mensaje central de Jesús: conocer al Dios Padre revelado por Jesús en sus palabras, en sus acciones, en su vida y en su persona. Ni los miedos ni los riesgos han de impedir valorar justamente la libertad. Los jóvenes modernos como el hijo pródigo, a menudo se hacen esclavos de los ídolos que son de muerte: del tener por encima del compartir, del poder frente al servicio, del disfrute a cualquier precio y del temor a sacrificarse y dar la vida para hacer felices y dar la vida a los otros. Pero por otra parte son jóvenes necesitados de reconciliación, de sentido de la vida. La parábola del buen samaritano nos descubre la situación de los jóvenes y les urge a cumplir su específica misión ante el desafío de la nueva evangelización. En un mundo secularizado la tentación del creyente es reducir el cristianismo y la evangelización a lo que la cultura actual puede comprender. Si ayer la tentación pudo ser la de reducir el cristianismo al culto, hoy es la de separar la fe de los diversos ámbitos de la vida: familia, profesión, economía, política… La parábola del buen samaritano nos revela que el hombre reducido es el camino de la iglesia. Los cristianos laicos son la iglesia en estos caminos de la historia, en los diversos escenarios de la sociedad secular que han de cargar sobre sus hombros a los hombres reducidos para conducirles a la plenitud de ser hijos de Dios. El compromiso de los jóvenes garantizará la secularidad, el valor humano de las realidades temporales y su dimensión trascendente, sin confusión ni separación.

En este contexto socio-cultural-religioso en que nos encontramos, la iglesia vive la preocupación y ve la exigencia de evangelizar a los jóvenes para transformar su vida, para que sean un testimonio, anuncien a Jesucristo, se adhieran a la comunidad y participen en su misión. Es necesario el protagonismo de los jóvenes en la nueva evangelización. “Además de la pastoral habitual que realizan las parroquias y los movimientos, según determinados esquemas, es muy importante dar lugar a una “pastoral popular juvenil”, que tiene otro estilo, otros tiempos, otro ritmo, otra metodología. Consiste en una pastoral más amplia y flexible que estimule, en los distintos lugares donde se mueven los jóvenes reales, esos liderazgos naturales y esos carismas que el Espíritu Santo ya ha sembrado entre ellos”[6]. “En el Sínodo se exhortó a construir una pastoral juvenil capaz de crear espacios inclusivos, donde haya lugar para todo tipo de jóvenes y donde se manifieste realmente que somos una Iglesia de puertas abiertas. Ni siquiera hace falta que al­guien asuma completamente todas las enseñanzas de la Iglesia para que pueda participar de algunos de nuestros espacios para jóvenes. Basta una acti­tud abierta para todos los que tengan el deseo y la disposición de dejarse encontrar por la verdad revelada por Dios”[7].

Los jóvenes deben preguntarse y descubrir el sentido de la vida, asimilar la exigencia y dignidad de ser cristianos, discernir las diversas posibilidades de vivir la vocación cristiana en la Iglesia y en la sociedad, y sentirse acompañados en su compromiso por la construcción del Reino. Su inteligencia, su afectividad, su deseo del absoluto, su atención a la dimensión social cultivando la solidaridad y el diálogo, su compromiso por la justicia y por una sociedad de talla humana, su preocupación por la dimensión cultural, han de estar animados en todo momento por criterios del evangelio.

Presencia de la Iglesia en los jóvenes

“Un ministerio de esperanza no puede dejar de construir el futuro junto con aquellos a quienes está confiado el porvenir, es decir, los jóvenes. Como centinelas del mañana esperan la aurora de un mundo nuevo”[8]. La iglesia ha de hacerse presente a través de los mismos jóvenes cristianos en los ambientes juveniles con una presencia activa y significativa, expresando, celebrando y alimentando su fe en la comunidad, y reconociendo y asumiendo sus responsabilidades en el seno de esta. Los jóvenes no son sólo objeto, sino sujeto de la evangelización y artífices de la renovación social, asumiendo el compromiso de la fe en el servicio al hombre y del trabajo por el bien común de la sociedad. Siguiendo la doctrina social de la Iglesia, han de percibir especialmente que los pobres y los que sufren se convierten en el camino para Iglesia que prolonga la encarnación de Cristo entre ellos con una inquietud liberadora. La nueva evangelización debe ser creadora de comunidad cristiana en estado de servicio para llegar a la civilización del amor, de la vida, de la verdad, de la justicia y de la paz. A la luz del ejemplo del apóstol Santiago la Iglesia compostelana recuerda que los jóvenes son misioneros, que tienen una Misión evangelizadora que responde no a un capricho personal o un puro voluntarismo, sino a una llamada, a una tarea que les ha encomendado el mismo Señor. Por eso han de vivir con entusiasmo la necesidad de ser santos. “Este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos “genios” de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno”[9].

La fe ha de insertarse en el joven en su vida afectiva, familiar, laboral, y de diversión, de oración y de vivencia sacramental, y en la experiencia de fracaso a la luz de la misericordia de Dios. El objetivo a conseguir es que descubra en Cristo la plenitud de sentido y el sentido de la totalidad de su vida, ayudándoles a descubrir su vocación concreta: convocatoria y propuesta a través del testimonio de los creyentes con su presencia, participación y solidaridad. Y esta convocatoria hay que hacerla a los jóvenes no creyentes, alejados de la fe y de la comunidad eclesial, iniciándolos y formándolos en todas las acciones a través de las cuales la comunidad cristiana intenta que los jóvenes entiendan, celebren y vivan en la Iglesia la novedad de la vida cristiana.

El joven cristiano tiene que ser consciente de que hoy ha de romper los esquemas artificiales de un mundo que nos vende lo “fácil”, y que nos quieren imponer. No se trata de ir contra todo e ir por la vida como un rebelde. Jesús nos da la libertad y el amor como cauces de realización integral y forma de romper esquemas.

Se percibe que un número significativo de adultos jóvenes no pertenecen a ninguna iglesia, pero esto no significa que sean insensibles a la religión. Están los que nunca se han implicado con la iglesia, aquellos que dejaron la práctica de la religión tras la infancia, y aquellos que se muestran amistosos u hostiles hacia la iglesia. Son espirituales aunque no siempre religiosos. “Simplemente una abundancia de confusión espiritual penetra el sistema de creencias de los jóvenes que no pertenecen a ninguna iglesia”. En este sentido la Iglesia llama a emprender iniciativas concretas de fraternidad para que nuestra sociedad sea más humana y desde las nuevas tecnologías pueda servir mejor a la condición de la persona humana. En el Año Santo se convoca a los jóvenes a ser testigos del Hombre Nuevo, Cristo Jesús.

Entrar en contacto con la iglesia

El Año Santo Compostelano debe ser una invitación constante a los jóvenes a entrar en contacto con la Iglesia, creando una comunidad más profunda por medio de un sistema de grupos más pequeños que permita a las personas conectarse unas con otras, proporcionando oportunidades para el culto que reflejen la cultura y también la reverencia a Dios, estableciendo una comunicación eficaz con el lenguaje de la tecnología familiar a los jóvenes que varía en el estilo pero que es más conversacional que la predicación, construyendo relaciones inter-generacionales que las desafíen a madurar, dejándose guiar por la transparencia y por un sentido personal de humanidad.

La iglesia ha de hacerse presente a través de los mismos jóvenes cristianos en los ambientes juveniles con una presencia activa y significativa, participando en la comunidad y en la comunión eclesial donde han de expresar, celebrar y alimentar su fe, y reconocer y asumir sus responsabilidades.

Una de las tentaciones más serias es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados. “Los desafíos están para superarlos. Seamos realistas, pero sin perder la alegría, la audacia y la entrega esperanzada. ¡No nos dejemos robar la fuerza misionera!”, dice el Papa Francisco. “A la crisis de civilización hay que responder con la civilización del amor, fundada sobre los valores universales de paz, solidaridad, justicia y libertad”[10].

Los jóvenes han pedido con voz fuerte una Iglesia auténtica, luminosa, transparente, gozosa. ¡Sólo una Iglesia de los santos puede estar a la altura de tales exigencias! Muchos de ellos la han dejado porque no han encontrado allí santidad, sino mediocridad, presunción, división y corrupción… Los jóvenes tienen necesidad de santos que formen a otros santos, mostrando así que “la santidad es el rostro más bello de la Iglesia”. Existe un lenguaje que todos los hombres  y mujeres de todo tiempo, lugar y cultura pueden comprender, porque es inmediato y luminoso: es el lenguaje de la santidad”[11].

Los jóvenes han de percibir que se los ama intensamente y que son la esperanza de la Iglesia, rica en un pasado lleno de gracia y siempre joven, y esto supone asumir el compromiso de una respuesta cualificada a la llamada del Señor, ofreciendo ayuda a la Iglesia con alegría para llevar los hombres a Dios y encarnando en la propia vida los valores del Evangelio de Jesucristo.

 

[1] FRANCISCO, Christus vivit, nº 119.

[2] Cf. Instrumentum laboris para el Sínodo sobre los Jóvenes; J. ZAZO RODRIGUEZ, (Coord), La juventud una reflexión necesaria, PPC, Madrid 2013.  

[3] FRANCISCO, Christus vivit, nº 122.

[4] Ibid., nº 87.

[5] J. L. MARTÍN DESCALZO, El Peregrino, Madrid 2001, 25.

[6] FRANCISCO, Christus vivit, nº 230.

[7] Ibid., nº 234.

[8] JUAN PABLO II, Ecclesia in Europa, 53.

[9] JUAN PABLO II, Al comienzo del tercer milenio, 30.31.

[10] JUAN PABLO II, Al comienzo del tercer milenio, 53.

[11] Documento final del Sínodo de Obispos sobre los jóvenes, 166.

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