Intervención de mons. Barrio en la clausura de las XIX Jornadas de Teología

Al final de estas arduas XIX Jornadas de Teología, consciente de su esfuerzo realizado en un campo tan actual como es el del ecumenismo, quisiera dirigirle, ante todo, unas breves palabras de agradecimiento a todos los organizadores, ponentes y participantes. Asimismo, no quisiera dejar pasar la ocasión de rematar de forma muy sintética lo que ustedes durante tres días han aportado desde sus profundos conocimientos y abnegada entrega.

Por principio, puede parecer una afirmación atrevida e indemostrable el que la determinación de la identidad del propio ser y, por ende, la concepción de la unidad de la propia  identidad no frustra la razón de ser del movimiento ecuménico, sino que contribuye a su promoción. A primera vista parece más fundamentada la opinión contraria de que la búsqueda de la propia esencia y la determinación de su identidad solo  favorece el aferrarse a la propia posición e impide cualquier relación. Hay que reconocer, sin embargo, que los denominados “Symboliker” alemanes del siglo XIX, que asimismo perseguían una meta ecuménica, estaban convencidos de la inseparabilidad de estas dos direcciones: la determinación de lo propio y la comprensión del otro. Bien es cierto que a la postre, algunos de ellos derivaron en propuestas de unidad totalmente pacíficas, que de nuevo sólo tenían la desventaja de relativizar su propio punto de partida.

Cuánto coinciden ambas posturas y cómo un impulso ecuménico puede surgir de la determinación de la propia identidad lo concretaron dos representantes del protestantismo y del catolicismo del siglo XIX ‑ Karl von Hase y Johan Adam Möhler ‑ con la aclaración de que tanto la determinación del propio punto de partida como el consecuente debate eran “una especie de irenismo”, que perseguía la “claridad de cuán lejos se está de un reconocimiento mutuo y de un sincero acercamiento”[1].

Las dos mencionadas posturas, la protestante y la católica, eran conscientes de que la determinación del propio credo a diferencia del otro no podía impedir el acercamiento, sino que, por el contrario, era el requisito indispensable para un legítimo encuentro y un fundamentado intento de unidad. Por eso, uno de los interlocutores, Johann Adam Möhler, máximo representante de la “Escuela de Tubinga”, llegó a afirmar que el reconocimiento de las verdaderas diferencias podía contribuir a borrar las falsas diferencias  y retirar reproches infundados.

Estos postulados siguen teniendo su validez para el diálogo ecuménico actual, en cuyo proceso los interlocutores de otra forma están más próximos que en el siglo XIX. En la actualidad hay, sin embargo, un sector que achaca la persistencia de la separación a la falta de buena voluntad por parte de los dirigentes de las iglesias y propone establecer una unión via facti. Al mismo tiempo, a veces se admite que la unificación debe hacerse sobre todo en lo práctico, lo operativo y lo pragmático, con la esperanza de que, bajo la influencia de esta dinámica, la aproximación en las cuestiones doctrinales se produzca automáticamente. En tal forma de argumentar, sin embargo, no solo se ignora que un acuerdo fundamentado en la exclusión de la cuestión doctrinal no es teológicamente justificable ni puede ser duradero en la práctica; asimismo se pasa por alto la situación real de todas las iglesias actuales, caracterizada por una disociación espiritual de gran alcance en sus propias filas.

Una sencilla observación de la escena ecuménica no puede soslayar el hecho de que las iglesias y confesiones cristianas existentes tienen nuevamente líneas de demarcación y formaciones de facciones, a veces de tal naturaleza, que ciertas partes de las iglesias separadas en determinadas cuestiones de fe y contenidos doctrinales están más próximas entre sí que de los miembros de la propia iglesia. En tal situación, un intento de unidad inter y supra confesional no está realmente justificado, porque no podría conducir a una unidad espiritual, sino a una combinación arbitraria de fragmentos. Por lo tanto, es inevitable que los intentos de unión de las iglesias, que en muchos sentidos se han vuelto carentes de unidad en sí mismas, deben comenzar por ellas mismas. No solo sería una violación de la economía de fuerzas si se unen en sí mismas las formaciones divididas y disociadas; la empresa también sería religiosa y teológicamente contradictoria, porque estaría dirigida contra el espíritu más profundo de la unidad y de la verdad.

Si el segundo paso no debe darse antes que el primero, la unidad de la propia confesión e iglesia debe preceder a cualquier esfuerzo de unificación en relación con la otra confesión e iglesia. Lo que equivale a decir que al “ecumenismo hacia fuera” tiene que preceder el “ecumenismo hacia dentro” o al menos tienen que ser simultáneos. El “ecumenismo hacia dentro” exige conocimiento del propio ser, comprensión de su totalidad y singularidad así como de su viva realización en la propia comunidad. Solo desde la fuerza de una comunidad consolidada interna y espiritualmente se puede llegar a contactos y uniones globales con otras comunidades.

Por lo tanto, todo indica que en la actualidad la cuestión del propio ser y de la esencia es adecuada y necesaria, especialmente para la consecución del objetivo ecuménico, porque solo cuando se capta la unidad de la esencia también puede llegarse a un acuerdo sustancial y no meramente externo y accidental que pueda resistir las demandas del espíritu y de la verdad.

En conclusión, siguiendo a Ratzinger, apoyado en Oscar Cullmann, “lo primero que hemos de hacer es lograr unidad a través de diversidad, es decir: asumir lo que en la división hay de fecundo, desintoxicar la propia división y sacar de la diversidad cuánto hay de positivo; naturalmente, en la esperanza de que al final la ruptura dejará radicalmente de serlo y significará solo una ‘polaridad’ sin contradicciones”[2].

Les agradezco profundamente sus aportaciones en estas XIX Jornadas de teología y pido a Dios por intercesión de nuestro Apóstol  Santiago que sigan colaborando a lograr la “unidad a través de la diversidad” y tengan un feliz viaje de retorno a los suyos. ¡Muchas gracias!

[1]    Karl August von Hase, Handbuch der protestantischen Polemik gegen die römisch-katholische Kirche, Leipzig, Druck und Verlag con Breitkopf und Härtel, 41878.

[2]    Joseph Ratzinger, Iglesia, ecumenismo y política. Nuevos ensayos de eclesiología, Madrid, BAC, 2005, pág. 157.

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