Intervención de mons. Barrio en la inauguración de una nueva edición del Congreso Internacional de Acogida Cristiana en los Caminos

LA PEREGRINACIÓN A  SANTIAGO COMO ENCUENTRO INTERRELIGIOSO Y CULTURAL

Introducción

A Santiago de Compostela hay que comprenderla en una milenaria tradición como meta mundial de peregrinación ad limina beati Jacobi. Desde el siglo IX y a lo largo del tiempo se fue formando una estructura única alrededor de la tumba del Apóstol, que estaba tanto al servicio del forastero, turista o peregrino como de las instituciones que representaron, promovieron y administraron la ciudad y el culto. Esta civitas, como comunidad y guardián de uno de los tesoros más preciados del Orbis Christianus, se convirtió en meta de peregrinos, encuentro de corrientes espirituales, de tendencias artísticas, económicas y sociales. De esta forma, “la peregrinación a Santiago fue uno de los fuertes elementos que favorecieron la comprensión mutua de pueblos europeos tan diferentes como los latinos, los germanos, celtas, anglosajones y eslavos. La   peregrinación acercaba, relacionaba y unía entre sí a aquellas  gentes que, siglo tras siglo, convencidas por la predicación de  los testigos de Cristo, abrazaban el Evangelio y contemporáneamente, se puede afirmar, surgían como pueblos y naciones”[1]. También hoy se plantea la razón social de la fe en un contexto paradójico en el que la confianza y desconfianza se conjugan a la vez. Hablamos de la época de la postverdad y del posthumanismo. Encuentra cabida la religión civil, ese código ético de carácter pseudorreligioso  con mártires de la patria, culto al líder, liturgias vistosas que quieren asemejarse al ceremonial para-religioso. Pero la cuestión hoy no es cómo la gente cree sino cómo no cree con ese retorno silencioso al paganismo. Lo normal en el ser humano es creer en Dios tanto sincrónica como diacrónicamente. De ahí que la religión sea el verdadero refugio de la rebeldía frente al ámbito de los códigos morales no escritos: corrección política, académica, progresista; al ámbito del poder propiamente dicho y frente al ámbito de los modos impuestos por interés.

“Una crisis, decía Hannah Arendt, nos obliga a volver a plantearnos preguntas y nos exige nuevas o viejas respuestas, pero en cualquier caso, juicios directos. Una crisis se convierte en un desastre solo cuando respondemos a ella con juicios preestablecidos, es decir, con pre-juicios”[2]. El Camino de Santiago ha sido desde sus inicios un camino de fe y, al mismo tiempo, un camino de cultura, aparte de otras connotaciones. En la actualidad sigue siendo una llamada a recuperar el contenido esencial de la antropología católica. No hay que olvidar que Lutero criticó duramente la peregrinación a Compostela; su grito antijacobeo a través de la Reforma protestante, conllevaba una crítica a esa antropología. En un momento en el que el proceso iniciado en el siglo XVI no ha culminado, es menester resaltar las dimensiones antropológicas inherentes al mensaje católico: la bondad de la creación y de la criatura; la amenaza y consecuencias del pecado; las posibilidades que tiene el hombre para ser sanado, convertirse y ser perdonado; la presencia de la gracia en la creación que está en camino de llegar a la plenitud… En nuestra sociedad “las raíces de la inseguridad son muy profundas”[3]. Esto “provoca una sensación de inestabilidad e inseguridad que a su vez favorece formas de egoísmo colectivo”[4]. Es un momento de pesadumbre colectiva. Por eso hablamos tanto de sociedad de la desigualdad, del cuarteamiento del mundo o del desmembramiento social.

El Camino de Santiago como camino de fe

El Camino de Santiago fue desde los comienzos, un fenómeno importante que configuró el modo ser de gran parte de Europa; y ello, porque el peregrino jacobeo se convirtió en “viajero de lo sagrado” y transmisor de saberes. En este sentido, puede decirse que no faltaron nunca o casi nunca las intenciones de carácter espiritual, dado que se trataba de un viaje de conversión y de transformación. El recorrido a pie, de todo o parte del camino, fue siempre uno de los medios humildes de hacer penitencia.

Pero al mismo tiempo ha sido un camino de cultura, en una palabra, el acontecimiento más importante en la configuración de la Europa medieval como Cristiandad occidental. Esta convicción la recogía el papa humanista Pío II (1405‑1464), al enunciar en su obra cartográfica una especie de unidad religioso‑cultural europea, en oposición a lo que consideraba la barbarie asiática. Este Papa estableció en sus consideraciones la existencia de una ecuación entre Europa y civilización, entre cristianismo y civilización, que es precisamente la gran aportación hecha por el Camino de Santiago y la peregrinación jacobea. En la misma línea, ya en nuestros días san Juan Pablo II reconoce sin ambages la contribución de la peregrinación jacobea a la unidad e integridad de Europa: “Europa entera se ha encontrado a sí misma alrededor de la ‘memoria’ de Santiago, en los mismos siglos en los que ella se edificaba como continente homogéneo y unido espiritualmente. Por ello el mismo Goethe insinuó que la conciencia de Europa ha nacido peregrinando”[5].

Ciertamente, no se trata de crear una Europa paralela a la existente, sino de mostrar a esta Europa que su alma y su identidad están profundamente enraizadas en el cristianismo, para poder así ofrecerle la clave de interpretación de su propia vocación en el mundo. En este horizonte, la peregrinación pasa de tener un valor simple y exclusivamente cultural e histórico a ser un valor constitutivo y constituyente de la común civilización europea. El peregrino contribuye eficazmente a la construcción de la Europa que tiene una referencia espiritual con sus principios morales y sociales, su cultura, su arte y su sensibilidad, es decir, la que tiene sus raíces en la tradición cristiana que la articuló profundamente en cada una de sus fibras.

No es de extrañar que la ruta jacobea haya sido considerada como realidad donde la fe, haciéndose historia en los hombres, convierte asimismo en  cristiana la cultura[6]. Cultura es todo aquello en lo cual el hombre ha depositado una intención finalista o significativa. Más aun, en la vida humana todo es cultura[7], en el sentido de que pertenecen a la cultura todos los recursos de los que se valen los humanos para poder vivir con libertad, justicia y dignidad. La cultura no tiene por qué ser elitista: “todo es cultura en la vida humana… y la vida humana es cultura”[8], ni tiene por qué eliminar la apertura a la trascendencia. En el ámbito cultural entra la dimensión espiritual, que tiene en la religión su mayor incentivo. Es necesario que la cultura se refiera a Dios, pues “no se puede poseer una verdadera cultura humana sin referencia a Dios”[9]. Nuestra cultura está fallando a la hora de comprender el hecho religioso y de justificar y defender  la pertenencia religiosa de la gente.

En medio del laicismo y relativismo, la tecnología y la electrónica, la movilidad y los viajes rápidos, la exploración del espacio y las superautopistas de la información, todo parece indicar que las personas buscan echar raíces en el suelo firme y estable de lo sagrado. Cuanto más rápidamente camina la humanidad, tanto mayor es la necesidad que siente de unos cimientos firmes. Parece que los lugares de peregrinación, y en especial el de Santiago de Compostela, responden a esta profunda necesidad antropológica. Por otra parte, cuántos mayores conocimientos científicos poseemos y cuánto más amplia es la información de que disponemos, mayor es el ansia de un sentido último; cuánto más nos sometemos a la terapia   psicológica, mayor es la necesidad de penitencia y purificación; cuántos mayores son los avances de la medicina, más crece la necesidad de milagros. También hoy, las personas emprenden la peregrinación jacobea porque buscan y porque esperan encontrar lo que el mundo moderno no ha sido capaz de ofrecerles. El rito, el misterio, y la tradición cultural de la peregrinación a Santiago de Compostela, en cuanto símbolo histórico y religioso, siguen siendo en el tercer milenio un instrumento adecuado, susceptible de expresar el sentido profundo de la existencia humana y, por ende, de la vida de fe cristiana. Es verdad que al hombre de nuestros días no le faltan interrogantes y le sobran zozobras en la búsqueda de la Verdad que nos hace libres, sabiendo que para llegar a la verdad se necesita la libertad en la búsqueda de lo mejor.

La Plaza del Obradorio, nuevo “Atrio de los Gentiles”

Compostela sigue atrayendo al peregrino. La naturaleza misma de la peregrinación da pie a que se desdibujen las barreras sociales ordinarias por el hecho de que una gran diversidad de peregrinos experimenta un vínculo común basado en la experiencia de la peregrinación. La misma peregrinación refleja la realidad de la humanidad misma, es decir, los seres humanos unidos en camino hacia el misterioso más allá, algo que en cierto modo puede verse y experimentarse dentro de la peregrinación jacobea que amplía y enriquece los límites de nuestra cosmovisión habitual. La fe religiosa nos ayuda a hacer nuestra vida más amable y a afrontar nuestro destino en una compañía que nos ayuda a comprenderlo. Los peregrinos están marcados por una multiplicidad de culturas, ambientes, edades y situaciones personales. Pero todos ellos coinciden en el propósito de buscar algo más allá de los límites de la experiencia ordinaria. Se rompe con las antiguas limitaciones para experimentar de algún modo una existencia definitiva e ilimitada.

En el sentir del papa emérito Benedicto XVI la Iglesia está llamada a abrir también hoy una especie de ‘atrio de los gentiles’ donde los hombres puedan entrar en contacto de alguna manera con Dios y antes de que hayan encontrado el acceso a su misterio. Al diálogo con las religiones debe añadirse hoy sobre todo el diálogo con aquellos para quienes la religión es algo extraño, para quienes Dios es desconocido y que, a pesar de eso, no quisieran estar simplemente sin Dios, sino acercarse a él al menos como Desconocido[10].

“Hoy en día, muchos reconocen que no pertenecen a ninguna religión, pero desean un mundo nuevo y más libre, más justo y más solidario, más pacífico y más feliz”. Dentro del contexto amplio de la peregrinación jacobea, en este encuentro los no creyentes quieren “interpelar a los creyentes, exigiéndoles, en particular, el testimonio de una vida que sea coherente con lo que profesan y rechazando cualquier desviación de la religión que la haga inhumana. Los creyentes quieren decir a sus interlocutores que el tesoro que llevan dentro merece ser compartido, merece una pregunta, merece que se reflexione sobre él. La cuestión de Dios no es un peligro para la sociedad, no pone en peligro la vida humana, no debe estar ausente de los grandes interrogantes de nuestro tiempo” [11]. En la meta de la peregrinación jacobea, se abre un gran atrio, la Plaza del Obradoiro, el lugar simbólico más adecuado para dar un nuevo impulso al encuentro respetuoso y amistoso entre personas de convicciones diferentes. La Plaza del Obradoiro debe ser el “Atrio de los Gentiles”, lugar simbólico donde “creyentes y no creyentes reencuentren el camino del diálogo. Las religiones no pueden tener miedo de una laicidad justa, de una laicidad abierta que permita a cada cual vivir lo que cree, de acuerdo con su conciencia. Si se trata de construir un mundo de libertad, igualdad y fraternidad, creyentes y no creyentes tienen que sentirse libres de serlo, iguales en sus derechos de vivir su vida personal y comunitaria con fidelidad a sus convicciones, y tienen que ser hermanos entre sí. Un motivo fundamental de este Atrio de los Gentiles es promover esta fraternidad más allá de las convicciones, pero sin negar las diferencias. Y, más profundamente aún, reconociendo que sólo Dios, en Cristo, libera interiormente y nos permite reencontrarnos en la verdad como hermanos”[12].

“El encuentro entre la realidad de la fe y de la razón permite que el ser humano se encuentre a sí mismo. Pero muy a menudo la razón se doblega a la presión de los intereses y a la atracción de lo útil, obligada a reconocer esto como criterio último. La búsqueda de la verdad no es fácil. Y si cada uno está llamado a decidirse con valentía por la verdad es porque no hay atajos hacia la felicidad y la belleza de una vida plena. Jesús lo dice en el Evangelio: ‘La verdad os hará libres’”[13].

Conclusión

La iglesia particular de Santiago de Compostela sale al encuentro de todos los peregrinos, creyentes y no creyentes, ofreciéndoles su acogida en el amplio “Atrio de los Gentiles” a la vez que los invita a entrar en el espacio sagrado, a franquear el magnífico Pórtico de la Gloria del Maestro Mateo y entrar en la catedral para hacer un rato de oración, para algunos oración a un Dios conocido por la fe, para otros una oración al Dios Desconocido.

La Iglesia compostelana “quiere seguir siendo compañera de viaje para la humanidad; también para nuestra propia humanidad, a veces dolorida y abandonada a causa de tantas infidelidades, y siempre menesterosa de ser guiada hacia la salvación en medio de la densa niebla que se cierne ante ella, cuando se vuelve lánguida la conciencia de la común vocación cristiana, incluso entre los mismos fieles”[14].

El fenómeno jacobeo es una llamada a la esperanza cristiana que no es un ingenuo optimismo basado en el cálculo de probabilidades y que ha de resonar desde la Casa del Señor Santiago, mirando “hacia arriba” y caminando “hacia delante”. Esta es la responsabilidad de Santiago de Compostela. Si queremos convertirnos en un factor de construcción y no en parte del problema, debemos entender bien este cambio de época para evitar sucumbir a la tentación de defender o apuntalar las grandes verdades de Occidente al margen del acontecimiento que les dio origen. No hay otro acceso a la verdad que la libertad. Europa fue configurándose en torno a la peregrinación jacobea.

Ocurre lo que ya señalaba Romano Guardini: el ser humano “acepta los objetos y las formas de vida, tal como le son impuestos por la planificación y por los productos fabricados en serie y, después de todo, actúa así con el sentimiento de que eso es lo racional y lo acertado”[15]. “En esta confusión, no hemos encontrado la comprensión de nosotros mismos que pueda orientarnos y esto lo vivimos con angustia”[16].

Julián BARRIO BARRIO
+ Arzobispo de Santiago de Compostela

 

[1]    Cf. E. Moreno Baez, Los cimientos de Europa (Santiago de Compostela, 1996), 7-8. Cit. por en Peregrinos por gracia. Carta pastoral del Arzobispo de Santiago en el Año Santo Compostelano 2004, Santiago de Compostela 2002, 102.

[2] H. ARENDT, Entre el pasado y el futuro, Barcelona 1996, 186.

[3] Z. BAUMAN, Alle radici dell´insicurezza. Corriere della Sera, 26 de julio de 2016, 7.

[4] Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 1: AAS 82 (1990), 147.

[5]    Cit. en Peregrinos por gracia. Carta pastoral del Arzobispo de Santiago de Compostela en el Año Santo Compostelano 2004, 99.

[6]   Cf. Juan Pablo II, Discurso del Santo Padre: IV Jornada Mundial de la Juventud. Santiago de Compostela, agosto 1989, La Coruña 1990, 233.

[7]    Cf. Juan Pablo II, Alocución a la UNESCO de 2.VI.1980, n. 6

[8]    Ibid.

[9]    Citado por el cardenal P. Poupard, Chiesa e cultura (Milán, 1985), 225

[10]    Cf. Benedicto XVI, Discurso a la curia romana para el intercambio de felicitaciones con ocasión de la navidad. Lunes 21 de diciembre de 2009.

[11]    Benedicto XVI, Videomensaje a la velada conclusiva del “Atrio de los Gentiles”, organizada en París por el Consejo Pontificio de la Cultura. Viernes 25 de marzo de 2011

[12] Benedicto XVI, Videomensaje a la velada conclusiva del “Atrio de los Gentiles”, organizada en París por el Consejo Pontificio de la Cultura. Viernes 25 de marzo de 2011

[13]    Ibid.

[14]  Juan Pablo II, Viaje pastoral a Santiago de Compostela y Asturias con motivo de la IV Jornada Mundial de la Juventud. Discurso del Santo Padre Juan Pablo II durante el rito del peregrino. Santiago de Compostela, sábado 19 de agosto de 1989, n. 4

[15] Das Ende der Neuzeit, Würzburg 19659, 66-67 (ed. esp.: El ocaso de la Edad Moderna, Madrid 1958, 87).

[16] Laudato Si, 202.

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