Intervención de mons. Julián Barrio en las XIX Jornadas de Teología del ITC

LLAMADOS A LA COMUNIÓN

 XIX Jornadas de Teología en el ITC

 Presentación

Agradezco profundamente a los organizadores, ponentes y participantes el haber hecho un alto en la rutina de los quehaceres cotidianos para reflexionar conjuntamente en estas XIX Jornadas de teología sobre la temática ecuménica “Llamados a la comunión”, de tan candente actualidad.

Sin lugar a dudas, la disputa y la división son parte de la historia de la cristiandad desde el principio. Las múltiples escisiones que han  desgarrado a la cristiandad pueden agruparse en dos modelos de separación: por un lado, el de las escisiones paleoeclesiales entre iglesias calcedónicas y no calcedónicas, que coinciden, por lo general, con la escisión entre oriente y occidente, y por otro, el modelo de las  escisiones surgidas como consecuencia de los movimientos reformistas del siglo XVI[1]. Esta dura experiencia ha debilitado en gran medida la fuerza de su testimonio. Sobra decir que ya el Nuevo Testamento, especialmente en las cartas paulinas y en el evangelio de Juan, advierte reiteradamente de la preservación de la unidad, la paz y la disponibilidad constante para la reconciliación. La fe común en Jesucristo, pero no el conflicto hostil entre los diversos grupos, tiene la  intención de dar forma a la convivencia cristiana en las comunidades locales. La carta a los Efesios 4,1-6 y especialmente el evangelio de Juan 17,21 pertenecen a los textos más importantes de la Escritura, a los que siempre se ha referido el movimiento ecuménico.

La exhortación de los apóstoles a los cristianos para mantener la unidad siempre ha estado presente en las iglesias. El recuerdo de la unidad de la comunidad de fe, fundada en Dios, y su ministerio de proclamar el evangelio en el mundo, provocó repetidamente reformas e inspiró la búsqueda del centro unificador de la fe. Por supuesto, algunos esfuerzos de renovación también llevaron a más divisiones. Consecuencias de largo alcance tuvieron las disputas sobre el credo cristológico en los siglos IV y V con la autonomía de las antiguas iglesias del Oriente Medio; la separación de la iglesia latina occidental de la oriental después del primer milenio; la Reforma en el siglo XVI y la fundación en septiembre de 1871 de la iglesia cismática, denominada los “viejos católicos”, a raíz del Concilio Vaticano I.

Con los esfuerzos por parte católica de la unidad con las iglesias ortodoxas desde finales del siglo XIX y en el curso de los intentos de unificación dentro de la Reforma en el siglo XX se fue forjando la idea de que era necesario un movimiento ecuménico. Numerosas instituciones ecuménicas surgieron, de las cuales el Consejo Mundial de Iglesias, fundado en Ginebra en 1948, es de particular importancia. Las comunidades protestantes unieron fuerzas para establecer uniones internacionales y entablaron diálogos. En el Concilio Vaticano II (1962-1965), la Iglesia Católica expresó su aprecio por el movimiento ecuménico y declaró su voluntad de contribuir a él a través de la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium (LG) y de la constitución pastoral de la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes (GS), de los decretos sobre ecumenismo Unitatis redintegratio, sobre el apostolado seglar Apostolicam actuositatem y sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes así como a través de la declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas Nostra aetate. En continuidad con la anterior tradición doctrinal católica, el Concilio ha dicho sobre esta cuestión, con novedad y ánimo, algo fundamental, breve y claramente formulado. Con anterioridad al Vaticano II, en 1960 fue instituido por Juan XXIII el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, cuya función es concentrar de una manera apropiada las iniciativas y actividades ecuménicas para la restauración de la unidad entre los cristianos. Asimismo se encarga de las relaciones con las demás comunidades religiosas y considera la interpretación correcta y la observancia de los principios del ecumenismo, con el fin último de que la Iglesia Católica sea la única en el mundo. Su trabajo se orienta en dos materias fundamentales: la unión con las iglesias protestantes y el acercamiento a las iglesias orientales. De este Consejo también depende una Comisión para las relaciones con el judaísmo. El movimiento ecuménico está teniendo lugar actualmente en muchos niveles de importancia indispensable: iglesias locales, diálogos teológicos, reuniones de iglesias, iniciativas ecuménicas y agrupaciones.

De todos son conocidos los factores que han conducido al actual tipo dialogal de la Iglesia. Se trata de ciertos cambios fundamentales que afectan a la autocomprensión de la Iglesia y que se han visto reflejados en los documentos del Vaticano II. Sin pretender ser exhaustivos, podrían citarse los siguientes:

‑ Se ha abandonado la secular tendencia de identificar la Iglesia con el reino o reinado de Dios (LG 5), y se acentúa con intensidad que la Iglesia es el pueblo de Dios, que todavía está en camino (LG 8, 9, 14 y 21; Unitatis redintegratio 2 y 6; DV 7; Apostolicam actuasitatem 4; GS 1 y 40; Ad gentes 2)

‑ Se ha superado la no matizada suficientemente interpretación del principio de que “fuera de la Iglesia no hay salvación” (Ad gentes 7; GS 22 y 57; LG 8 y 16; Nostra aetate 1), de modo que se ha visto con más claridad que la salvación no es propiedad exclusiva de la Iglesia Católica.

‑ La Iglesia Católica ha reconocido el carácter eclesial de las comunidades de fe cristianas no-católicas (Unitatis redintegratio 3 y 19; LG 15; GS 40; Ad gentes 15).

‑ Asimismo la Iglesia reconoce que hay auténticos elementos religiosos en las religiones no-cristianas (Nostra aetate 2 y 4; LG 16). Admite también que el “nuevo hombre” cristiano, es decir, el “ser de cristiano”, está presente en todos los hombres de buena voluntad (GS 22).

‑ Se reconoce explícitamente que, fuera de Israel y del cristianismo, actúa también la voluntad salvadora de Dios (DV 3 y 4; LG 2 y 16; Ad gentes 7; Nostra aetate 1), de forma que ya no se puede seguir negando que fuera de ese ámbito pueden hallarse también elementos de la revelación de Dios.

‑ El Concilio Vaticano II declara también que la voluntad salvadora de Dios está presente en los avances seculares, políticos y socio-económicos de la humanidad: “El Espíritu de Dios… no es ajeno a esta evolución” (GS 26).

Todos estos factores son un claro indicador de que la Iglesia se ha vuelto hacia el “otro” en una actitud dialogal. Sin embargo, se caería en un error si en el diálogo la Iglesia partiera de la premisa de querer reconocer e interpretar al “otro” como un “cristiano implícito”. Con esta forma de proceder no se daría validez al otro en cuanto “otro”, al absorberlo de antemano y darle una interpretación cristiana de su actitud vital, lo que lógicamente haría imposible cualquier forma de diálogo. No es que se quiera negar el valor real del denominado “cristianismo anónimo”[2], pero para un diálogo sincero hace falta que en el diálogo se acepte al otro como lo que es: como otro. Por tanto, un cristiano-católico aceptará a un cristiano-no católico y a un no-cristiano y entablará diálogo con él, teniendo en cuenta lo que ambos tienen de característico.

Es decir, la nueva autocomprensión de la Iglesia y la nueva comprensión que la Iglesia tiene del mundo la han impulsado al diálogo. Este cambio de énfasis puede sintetizarse en la idea clave, que no se encuentra literalmente en los documentos conciliares, pero que sí los ha inspirado: la Iglesia es “sacramento del mundo”, sacramentum mundi[3]. “Mundo” en este contexto significa la fraternidad humana o la “pro”-existencia, es decir, un modo dialogal de existencia que tienen los hombres que viven, dialogando unos con otros, en el mundo. El sacramento de esta existencia, según el Vaticano II, ha de ser la Iglesia: “La Iglesia… se convierte en el signo de la fraternidad, que permite y consolida la sinceridad del diálogo” (GS 92). Es decir, la Iglesia presta realmente en el mundo el “servicio de comunicación”, que es lo que afirma el Vaticano II con otras palabras: “La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1; GS 42). En suma, la Iglesia es el sacramento del diálogo humano, sacramento de la comunicación humana.

Gracias a esta nueva comprensión de sí misma y del mundo, la Iglesia puede entrar en verdadero diálogo con todos, sin que abandone su “pretensión de exclusividad”[4]. La Iglesia de Cristo ciertamente puede afirmar que, como servicio al mundo, descansa sobre ella la plenitud de las promesas y que ella tiene el encargo de custodiar, conservar y convertir en verdad histórica tales promesas. La pretensión religiosa de la Iglesia, su “pretensión de exclusividad”, que se apoya en la promesa de Cristo, queda relativizada por el hecho de que la Iglesia está todavía orientada escatológicamente, de que es una iglesia peregrinante en la historia, una Iglesia que está de camino hacia el reino de Dios y que no coincide con dicho reino. En una palabra, la Iglesia peregrinante no es el reino de Dios, sino que proclama el reino de Dios (LG 5). La Iglesia habla de lo que viene sin haberlo experimentado. Tan solo así puede anticipar de manera peculiar y específica el reino de Dios, reino que, por el poder de Dios, está ya eficazmente presente en la Iglesia y en el mundo. Bien es cierto que no puede hacerlo adecuadamente, pero con la asistencia de Dios puede hacerlo de forma real y auténtica, reinterpretando sin cesar en cada nuevo contexto socio-cultural el mensaje. Y ese mensaje, que constituye el fundamento de su “pretensión de exclusividad”, la Iglesia solo podrá presentarlo al mundo si entabla diálogo con el mundo y la sociedad humana. Bien es cierto que “todo diálogo sincero, entre las iglesias, entre la Iglesia y el mundo y entre el mundo y la Iglesia ha de comenzar por una conversión interior y debe basarse en aquella metanoia que la Iglesia debe tener en cuenta por el principio de que ecclesia semper reformanda et purificanda (est), ya que la condición de la Iglesia está marcada por el pecado y necesita una constante purificación”[5].

Pese a todos estos logros en la compresión del mundo y en la autocomprensión de la Iglesia, siguen siendo ciertas las palabras pronunciadas en 1996 por el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Joseph Ratzinger: En la cuestión ecuménica hay que considerar “dos aspectos; por un lado, hay un acercamiento de los cristianos separados, pero, por otro, en el interior de la Iglesia se siguen apreciando movimientos de desunión: por eso no conviene abrigar demasiadas esperanzas. Lo que realmente importa es que siempre tengamos presente lo esencial. Que cada cual procure huir de sus propias sombras e intente acercarse al auténtico núcleo de la fe… Yo no creo que se pueda llegar pronto a grandes ‘uniones confesionales’. Pero me parece mucho más importante que nos aceptemos recíprocamente con profundo respeto, que nos amemos, que nos reconozcamos cristianos e intentemos dar al mundo un testimonio conjunto sobre lo esencial, tanto para una recta conformación del orden secular, como para dar respuesta a las grandes cuestiones acerca de Dios y del hombre, de dónde viene y a dónde va”[6].

Siguiendo la llamada del papa Francisco de que “se necesita urgentemente un ecumenismo que junto con el esfuerzo teológico que busca recomponer las disputas doctrinales entre los cristianos, promueva una misión común de evangelización y de servicio[7], el Instituto Teológico Compostelano ha organizado la celebración de estas XIX Jornadas de Teología 2018 bajo el título de “Llamados a la Comunión”. Somos conscientes de que los caminos por donde la humanidad y en ella el hombre particular peregrinan hacia Dios son largos y múltiples. Sin embargo, todo camino por dónde anda el hombre con fidelidad real a su conciencia, es camino que llega a la infinitud de Dios. Estos caminos son de largura variada; no todo individuo, ni toda época histórica, ni todos los pueblos, cuando se los compara entre sí, se hallan al mismo minuto en el mismo punto de los caminos. Pero todo el que va por ese camino llega al término.

Les deseo una feliz estancia entre nosotros y por la intercesión de nuestro Santo Apóstol pido al Señor que les ilumine y colme de fuerzas en la ardua tarea que generosamente han aceptado.

 

+ Julián Barrio Barrio

Arzobispo de Santiago de Compostela

 

[1] Cf. Joseph Ratzinger, Teoría de los principios teológicos. Materiales para una teología fundamental, Barcelona, Herder, 2005, pág. 231.

[2]  Cf. Karl Rahner, “Los cristianos anónimos”, en Escritos de teología VI, Madrid, Taurus, 1969, págs. 535-544; Karl-Heinz Weger, Karl Rahner. Introducción a su pensamiento teológico, Barcelona, Herder, 1981; Herbert Vorgrimmler, Karl Rahner. Experiencia de Dios en su vida y en su pensamiento, Santander, Sal Terrae, 2004, págs. 228-235.

[3] Cf. Edward Schillebeeckx, “De Ecclesia ut sacramento mundi”, Congressus Internationalis de theologia Vaticani II, Romae, 26 Sept.-1 Oct. 1966, Roma 1967; Karl Rahner, “Doctrina conciliar de la Iglesia y realidad futura de la vida cristiana”, Escritos de teología, Madrid, Taurus, 1969, t. VI, págs. 469-488. Vid también LG 1,9 y 48; GS 45 y 43.

[4] Cf. Erwin Bader, “Der Ausschließlichkeitsanspruch des Christentums und der Hinduismus”, en Erwin Bader (ed.), Dialog der Religionen. Ohne Religionsfrieden kein Weltfrieden, Wien, Lit Verlag, 22006, págs. 150-175.

[5]    Edward Schillebeeckx, Dios futuro del hombre, Salamanca, Sígueme 1979 (Verdad e imagen, nº 9), pag. 149.

[6]    Joseph Ratzinger, La sal de la tierra. Cristianismo e Iglesia católica ante el nuevo milenio. Una conversación con Peter Seewald,  Madrid, Libros Palabra, 52005, pág. 263.

[7]    Papa Francisco, Discurso a una delegación de la Comunión Mundial de Iglesias Reformadas, viernes, 10 de junio de 2016

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