Intervención de monseñor Barrio en la inauguración de la Xornada de Pastoral Educativa

Les saludo con cordial afecto al comienzo de esta Jornada, con mi palabra de agradecimiento por la labor que están realizando y con mi palabra de ánimo para pedirles que sigan haciendo camino en la responsabilidad que tienen encomendada. Les deseo lo mejor en este encuentro en la Ciudad del Apóstol.

Dice un proverbio: “No llega antes el que va más de prisa sino el que sabe a dónde va”. “Escuelas en camino” es el título clave para interpretar la reflexión que se proponen hacer en esta jornada. Vivir en camino es no instalarnos en el estrecho margen de nuestras propias aspiraciones limitadas. “Seguir el Camino es ir abriendo cauces al misterio, al infinito, a Dios, en la cercanía de la misma interioridad. El gran descubrimiento del peregrino es desentrañar que en la esencia del mismo ser, en la historia de cada jornada en relación con el cosmos y con quienes se encuentran en el Camino, está presente la querencia de Dios, armonizado por la sinfonía total humana”[1]. El que camina tiene conciencia de descubrir con san Juan de la Cruz que “para ir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes”[2].

Sin duda les ayudará en este propósito recordar la experiencia vivida por los discípulos de Emaús. Hacer camino es saber que las piedras de las dificultades no se convierten en el pan del éxito fácil en el desierto de la vida. No podemos hacer camino protegidos por nuestras falsas seguridades porque corremos el riesgo de ser presa de la desilusión, del escepticismo y del agobio.

La comunidad educativa que nos lleva a hablar de escuela, es comunitaria y no meramente individual. Simultáneamente, la escuela no debe considerarse a sí misma un grupo ni exclusivo ni excluyente. Al contrario, según la propia caracterización ha de ser un grupo abierto. El “nosotros” escolar es un “nosotros” inclusivo, abierto a otras dimensiones externas que se van encontrando en ese ir haciendo camino.

Necesitamos un fuerte sentido de la historia y de la espera. Nos vemos sometidos a las consecuencias de la historicidad pero no debemos olvidar la acción creativa del Espíritu siempre sorprendente, imprevisible y renovadora. “No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo, mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?” (Is 43, 18). Estas palabras tienen plena actualidad en nuestros días.

Esto conlleva soplar las cenizas que se han ido acumulando sobre las brasas para que estas con el viento del Espíritu se aviven y ofrezcan la luz que necesitamos en el proceso de acompañamiento de los alumnos ante la emergencia educativa que nos interpela, como diría el papa emérito Benedicto XVI.

El proyecto educativo de la Escuela Católica se define precisamente por su referencia explícita al Evangelio de Jesucristo, con el intento de arraigarlo en la conciencia y en la vida de los niños y jóvenes, teniendo en cuenta los condicionamientos culturales de hoy que nunca han de ser una excusa. Lo que define a la Escuela católica en este sentido es su referencia a la concepción cristiana de la realidad, siendo Jesucristo el centro. Consciente de que el hombre histórico es el que ha sido salvado por Cristo, la Escuela Católica tiende a formar al cristiano en las virtudes que lo configuran con Cristo, su modelo, y le permiten colaborar finalmente en la edificación del reino de Dios. Os animo a conocer la Sagrada Escritura en toda su profundidad, como dicen los franceses “en coeur”, sabiendo relacionar todos los pasajes y a vivir el Evangelio. Conoced al niño y al joven de hoy que será el hombre de mañana, su psicología, su medio socio-cultural, y presentadle el evangelio y la fe. Sed místicos que no sólo viváis, sino que sufráis y gocéis con Cristo. “La predicación de Jesús se hace de nuevo visible en las respuestas de fe que el testimonio de los cristianos está llamado a ofrecer”.

El sentido último de la persona se encuentra fuera de ella misma, se encuentra en Cristo y su apertura al mundo y a los demás. Recordad a San Juan Bautista en relación a Jesús: Conviene que yo empequeñezca y que el crezca. Así ha de ser el proceder del educador en relación con el alumno, evitando por una parte el abandono que dejaría al educando a sus anchas e para nada le afectaría la influencia educativa, e por otra parte la imposición que puede conducir al educando a la rebeldía o la indiferencia. El papa Francisco dijo que “la misión del educador é esta: llevar y cargar sobre sus hombros la existencia, los éxitos, los fracasos, los anhelos de los niños y de los jóvenes”.

En este Jubileo extraordinario de la Misericordia hemos de referirnos a esta actitud. Todo debe hacerse con una actitud misericordiosa. “La misericordia, como su propio nombre indica, consiste en el tener el corazón mísero, es decir, cargado de la miseria ajena (entendida la miseria como una falta, limitación o cualquier otro aspecto negativo de alguien). Se tiene misericordia, enseña santo Tomás, cuando se considera la miseria ajena como propia. Si alguien tiene una miseria, intenta quitarla o superarla. Por tanto al acto propio de la misericordia consiste en remover la miseria ajena. La misericordia puede referirse a las necesidades materiales o las espirituales, como por ejemplo la enseñanza o la corrección. La misericordia es una virtud, un hábito operativo de la voluntad que lleva a realizar el bien: quien practica la misericordia es bueno y feliz”[3].

Todos estamos llamados a practicar las obras de misericordia, “sentimiento de piedad y de compasión que nace del corazón del hombre al considerar la miseria de la condición humana”. La misericordia tiene su fuente en el amor recibido y en la acogida de la gracia de la salvación que Dios nos ofrece en Cristo y que luego hemos de manifestar a los demás, pues al mirarnos y mirarles, descubrimos que hemos sido creados por amor y para el amor, fundamento de la civilización cristiana. En este sentido las obras de misericordia son caminos que nos llevan a tomar conciencia de las necesidades de los demás desde las que Cristo nos llama y donde El nos espera.

“Enseñar al que no sabe y dar buen consejo al que lo necesita” sigue siendo una respuesta para muchas personas que buscan el sentido de su vida. En esta encrucijada la responsabilidad cristiana es ayudarles con la palabra y con el testimonio de vida, viviendo en la verdad que nos hace libres. Mantenernos en la ignorancia para no asumir compromisos no es coherente con la dignidad de la persona, recordando que “si alguno descuidase uno de esos preceptos menores y enseñare así a los hombres, será tenido por el menor en el reino de los cielos; pero el que practicare y enseñare, éste será tenido por grande en el reino de los cielos” (Mt 5,19). ¡Que Dios les bendiga!

[1] E. ROMERO POSE, Raíces cristianas de Europa. Del Camino de Santiago a Benedicto XVI, Madrid 2006, 200.

[2] SAN JUAN DE LA CRUZ, Subida al Monte Carmelo, cap. 13.

[3] Santo Tomás de Aquino, Super Evangelium Matthei, cap. 5, lc. 2.

 

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