Intervención de mons. Barrio en el “Fórum Europa. Tribuna Galicia”. Diciembre 2017

¡CRISIS DE CIVILIZACIÓN! ¡CRISIS ANTROPOLÓGICA!

Permítaseme manifestar mi agradecimiento a quienes me han concedido el honor de subir a esta tribuna desde la que en diferentes ocasiones he tratado de comentar algunos aspectos de nuestra sociedad desde la perspectiva teológica, cultural y social. Desearía que mi capacidad estuviera a la altura del honor recibido, sabiendo que generalmente ganamos la confianza de aquellos en quienes ponemos la nuestra pues “da más fuerza saberse amado que saberse fuerte” (Goethe) y no es bueno enroscarse en la propia alma sin atreverse a caminar aunque a veces haya que hacerlo a la intemperie, pues “en los dominios de la especulación como en los del arte, nada más inútil y cruel que lo vulgar”.

Al dirigirme a Vds. poco más podrán apreciar que las limitaciones de mi ingenio y de mi palabra. Al final me sobrevendrá la ventura de su bondadosa consideración manifestada en el asentimiento, fruto de su favor. Traigo a la memoria aquellas palabras de uno de los labradores que refiere Cervantes en el Quijote, después de un atinado juicio de su fiel escudero Sancho: “Si el criado es tan discreto, ¡cual debe ser el amo! Yo apostaré que si van a estudiar a Salamanca, que a un tris han de venir a ser alcaldes de corte. Que todo es burla, sino estudiar y más estudiar, y tener favor y ventura; y cuando menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la mano o con una mitra en la cabeza”  (Cervantes, Don Quijote de la Mancha, II, 66). En mi caso, por supuesto, la mitra apunta no a mis méritos o esfuerzos sino a la gracia de Dios que pide la misión y da lo que pide. Procurando conocerme a mi mismo “que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse”, paso a compartir el contenido de mi reflexión sobre tema: “Crisis de civilización y crisis de antropología”.

Goethe, hombre genial a la hora de acuñar expresiones refulgentes, decía: “Lo que heredaste de tus padres, conquístalo para poseerlo”. Al hilo de esta sentencia, comentaba Julián Marías “que la riqueza o pobreza vital de los hombres depende en increíble medida de que sigan o no ese consejo goethiano”. Nos toca conocer y pensar la espléndida herencia que hemos recibido. “No se trata de mera recepción pasiva de una herencia, ni siquiera de su análisis o inventario. Hace falta la conquista de ese legado. Y esto sólo puede hacerse desde una actitud “creadora”, animando y configurando nuestra cultura y analizando críticamente las manifestaciones degenerativas. Como ser histórico, el hombre no posee su ser consumado y perfecto desde un principio, sino que lo va consiguiendo paulatinamente en un proceso evolutivo, tanto en su aspecto corpóreo-material como en su vida espiritual.

En este propósito es necesario el diálogo como un método de enseñanza y de aprendizaje en las variantes educativas y didácticas actuales para propiciar la discusión, el intercambio de opiniones y experiencias acerca de temas de estudio y de interés general. Se trata de un diálogo crítico-reflexivo-creativo como un método fundamental que se apoya en nuestra experiencia informal para constituirse en un diálogo profundo, sustentado en la argumentación y la reflexión que es fruto de una interacción armoniosa, basada en el respeto mutuo fundamentado en la conciencia de que somos “no como los hacedores soberanos de la historia, sino como nacidos para cooperar con la Providencia”.

Crisis de civilización

Un desacorde conjunto de monólogos, en el que todos hablan y pocos escuchan, parece caracterizar nuestra actual situación. Entre la cultura del bienestar, la prepotencia que ésta engendra y la búsqueda de exotismos, que llenan desde fuera un enorme vacío espiritual, nuestro Occidente padece una crisis de civilización, uno de cuyos rasgos es la estimulación de mitos que sirven de distintos modos a las necesidades de la sociedad actual.

El mundo civilizado ha pasado por varias épocas de crisis y las ha rebasado, en muchos casos a costa de transformaciones profundas y radicales de civilizaciones particulares. Que las rebasara no significa en todos los casos que las transformaciones experimentadas fuesen positivas. El ser humano se ha movido siempre en la paradoja que una y otra vez reaparece entre los ideales y los intereses. Pero suele intentar convencerse a sí mismo y a los demás de lo contrario.

“No podemos comernos el pan de la memoria para que el tiempo no nos ahonde en el olvido”. El olvido del pasado viene aparejado con la forma más elemental y pobre del hedonismo irracional convertido en medida, en marco “natural” de la vida por los mecanismos de la publicidad y los medios de difusión. Esto se paga caro. El empobrecimiento espiritual, intelectual y moral forma parte del precio. El absurdo es mayor por cuanto, entre las múltiples ofertas de la sociedad, están las que podrían contribuir a reparar esos males. Se recae en los errores del pasado que se creía haber dejado “definitivamente” atrás. Se pretende en muchos aspectos de la cultura una absoluta originalidad que suele consistir en el redescubrimiento de viejos esquemas e ideas y su proclamación como novedosos. Falta creatividad.

Renunciar a la dimensión interior de la historia, al espíritu que en ella alienta, equivale a empobrecer y supeditar a los factores materiales los propios hechos. Hay que retornar sobre la historia, reflexionar una vez más sobre ella desde nuestras actuales perspectivas, sobre todo porque, nos guste o no, el existir del hombre es historia, y una revalorización del espíritu humano exige transitar por ese acaecer que no debe subestimarse, pues en él se juega la vida de la especie humana.

Marc Bloch escribía: “La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado; pero no es quizás menos vano esforzarse por comprender el pasado sino se sabe nada del presente”. Es preciso buscar “con el deseo de encontrar y encontrar con el deseo de seguir buscando”, teniendo en cuenta aquella máxima de que “el conocimiento no es para venerarlo, sino para hacer discernimiento sobre él”. El objetivo de este conocimiento se centra en entender las cosas, en conectar la realidad con la razón, de forma que resulte posible y factible comprender, captar las sociedades humanas en el tiempo: sus orígenes, su funcionamiento, la vida de los hombres que las integran y los cambios a que se han visto sometidas las personas y hasta las estructuras en que se insertan.

Una respuesta a la crisis antropológica

En nuestro mundo globalizado, “la cuestión social se ha convertido radicalmente en una cuestión antropológica”. Para responder adecuadamente a los retos actuales, es necesario revisar la antropología que subyace a las filosofías vigentes, pues cada una de ellas responde a una determinada concepción del hombre y de sus relaciones fundamentales (Dios, prójimo, naturaleza). Hoy no se ha abandonado la apertura a la trascendencia, sino que, a la hora de buscar un sentido a la realidad, el individuo tiene ante sí un amplio pluralismo religioso, moral y espiritual. De hecho muchas personas consideran que el empeño activo por la justicia y la paz es algo más valioso que las prácticas religiosas.

Podemos hablar de secularización política, sociológica y existencial. La primera se refiere a la separación entre el Estado y la Iglesia, que hoy se manifiesta en la exclusión de Dios del espacio público. La secularización sociológica se focaliza en los datos estadísticos sobre la creencia y la práctica religiosa, que ha disminuido en modo significativo. La secularización existencial se refiere a las condiciones en que se encuadra la experiencia de fe y la búsqueda de sentido. Esto tiene sus antecedentes:

El proceso de secularización iniciado en el Renacimiento actualmente ha desembocado en una visión inmanente de la realidad, común a creyentes y no creyentes. Se diría que la fe es sólo una de las opciones a disposición del consumidor. En la cultura secular hay dos tendencias: el humanismo inmanente y el mecanicismo científico. El primero habría iniciado el actual proceso de secularización. El segundo con su visión reduccionista, utilitarista, cerrado a la transcendencia, se habría iniciado más tarde, en el siglo XIX.

El punto de partida del humanismo inmanente, serían las obras de Justo Lipsio (1547-1606) y Hugo Grocio (1583-1645). Consideran que las guerras de religión y la persecución de los herejes habrían mostrado que la fe no es una base segura para garantizar la convivencia civil y, por tanto, habría que sustituirla por la razón práctica. Entienden la ley natural no como algo inscrito en la naturaleza humana (Aristóteles, Tradición católica), sino como fruto de un debate racional en el que todos puedan participar. Los filósofos deístas admiten la existencia de un creador distante, pero excluyen cualquier referencia explícita a él a la hora de organizar la sociedad civil. Las sucesivas declaraciones de los derechos humanos serían un fruto de estos ideales humanistas. El cardenal Ratzinger alabó el intento que, en este sentido, habían hecho Grocio y otros autores, afirmando que, para ello, se habían basado en un ideal pre-filosófico de raíces evangélicas.

En el siglo XIX, adquiere fuerza el cientifismo que substituye la racionalidad ética por la racionalidad instrumental. El bien total remplaza al bien común. Los valores son considerados meros sentimientos; la ética es reducida al cálculo utilitarista del máximo beneficio. Se considera que el único conocimiento válido es el de las ciencias positivas (cientifismo), minusvalorando todo lo que no sea verificable empíricamente. Triunfa así la ideología tecnocrática, que todo lo somete a los prodigios de la tecnología y de las finanzas. La ciencia económica es concebida como puro cálculo matemático de variables cuantificables, soslayando cualquier referencia al altruismo y a la gratuidad. Aunque en teoría no se excluyen otras motivaciones personales internas (valores, creencias), en la práctica la racionalidad económica ha sido reducida a la racionalidad instrumental, dando por supuesto que el egoísmo es el móvil principal en nuestro sistema de preferencias. Este enfoque economicista se va aplicando a todas las instancias de la vida humana, presuponiendo que, en último análisis, todo respondería a un cálculo utilitarista del beneficio. El señuelo de la felicidad se programa a través del consumo. Según Bauman, la nuestra sería la primera sociedad de la historia humana que promete la felicidad aquí y ahora, en cada momento, sin fin. Con innumerables productos y reclamos, hoy se ofrece una felicidad inmediata, perpetua, terrenal. Los productos son presentados en el modo más atrayente posible, cuidando mucho la apariencia y el diseño. Además, tienen que caducar o dejar de funcionar enseguida, para que la persona siga dejándose cautivar por el reclamo de lo nuevo.

El objetivo directamente buscado no es la satisfacción de las necesidades reales de la gente, sino el consumir por consumir, indefinidamente, sin tener en cuenta que eso nos aboca al desastre, dada la limitación de los recursos naturales. Esta planificación forma ya parte de nuestro modo de vernos y de ver la realidad. A través de los Medios, se imponen temas de conversación, gustos y modas. El mismo ser humano es tratado como un producto desechable (aborto, eutanasia), también en sus relaciones. Los amigos de las redes sociales tan pronto aumentan como desaparecen.

En este horizonte se coloca la religión como una experiencia privada. En una obra de Bertolt Brecht, uno de los personajes, Shen-Te, se queja a los dioses diciendo: “¿Cómo se puede ser buena cuando todo está tan caro?” Y los dioses le responden: “Desgraciadamente no podemos hacer nada en ese sentido. Los asuntos económicos no son de nuestra incumbencia”. Esta separación neta entre lo económico y lo religioso no tiene nada que ver con el Dios bíblico, que escucha el grito de su pueblo oprimido en Egipto. La reducción de la religión a una experiencia privada es una manifestación más de la actual “dictadura del relativismo”, que rechaza y ridiculiza, como intransigente y antidemocrático, todo lo que se le oponga, incluyendo la fe y la trascendencia. Cada uno es invitado a hacer el cóctel sincretista que mejor se adapte a sus necesidades; la moral se reduce a estadística o a sociología; el instinto, el interés y el pragmatismo sustituyen a los valores.

Esto nos aboca a una antropología negativa que justifica la guerra de intereses. En cualquier caso, el ser humano no es fin, sino medio, alguien potencialmente peligroso que es necesario reconducir para que no impida el progreso de la sociedad. De este modo, la libertad e independencia económica se convierten en la base de todas las demás libertades sociales; es decir, lo económico construye lo social. Consecuencia de este planteamiento es que no hay que donarse ni sacrificarse, pues la sociedad mercantil no se basa en lazos personales, sino en la suma de intereses particulares. El mercado funcionará mejor cuanto más débiles y funcionales sean esos lazos; es decir que, al gestionar los propios negocios, la sociedad obtendrá más ventajas si cada uno busca descaradamente el propio interés, en vez de pensar en consideraciones altruistas o en el bien común. Por tanto, la maximización de la riqueza exigiría excluir del campo económico la posibilidad de relaciones gratuitas y fraternas. El prójimo no es más que un adversario, al que hay que vencer o burlar (darwinismo social). Quien no sea lo suficientemente fuerte o astuto para poder sobrevivir en esta guerra económica tendrá que refugiarse en el ámbito social.

Nos encontramos ante una crisis moral colectiva y ante el fracaso de teorías económicas que se basan en una errónea concepción del hombre, de la naturaleza y de Dios. Se ha separado la esfera económica y la esfera social, el trabajo y el origen de la riqueza, el mercado y democracia. El resultado es paradójico: Aumenta la riqueza global pero son más las desigualdades; aumenta la capacidad de sistema de producir bienes de primera necesidad (grano, arroz), pero crece también el número de los que sufren hambre; aumentan los bienes materiales, pero las personas se sienten más infelices. Existe insatisfacción en nuestra civilización (droga, psicofármacos, relaciones rotas), que no se debe a la carencia de recursos. Quien se suicida no es normalmente el pobre, sino el que ha perdido el sentido de su vida

Respuesta de la Iglesia

En este horizonte la doctrina social de la Iglesia nos llama a ser testigos de la gratuidad. La gratuidad y el don, basados en la verdad antropológica, son imprescindibles para avanzar hacia “el desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres”. Muchas iniciativas del pasado (Montes de piedad de los siglos XIII-XV) y del presente (economía de comunión) muestran que la economía funciona mejor cuando favorece las relaciones fraternas, es decir cuando los bienes económicos están al servicio de los bienes relacionales. “La adhesión a los valores del cristianismo no es sólo un elemento útil, sino indispensable para la construcción de una buena sociedad y un verdadero desarrollo humano integral”. Se puede afirmar que “las tradiciones religiosas pueden aportar un rico caudal de principios éticos que, al ser traducidos al lenguaje de la razón, fortalecen los lazos de solidaridad ciudadana sin los que el Estado secularizado no puede existir”. Sin la gratuidad del amor no se alcanza ni siquiera la justicia. No basta que cada uno reciba “lo suyo” si, recibiéndolo, no se siente amado; es decir, no se le habrá hecho justicia si no se le quiere. Nada material o formal “puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido —cualquier ser humano— necesita: una entrañable atención personal”. La fraternidad va más allá que la solidaridad, pues la ayuda queda indisolublemente unida a la relación personal. Se busca la igualdad, pero se valora también la diferencia que no tiene por qué degenerar en conflicto. El otro no es sólo un necesitado más, entre tantos otros, sino un hermano al que debo amar. También en la vida pública, aunque el amor pudiera parecer ineficaz para resolver los problemas prácticos, en realidad es la mayor potencialidad humana, aquélla que más influye en la transformación de la sociedad, tal como han demostrado los santos y otros grandes personajes de la historia. Consecuentemente, en lugar del propio interés, ha de prevalecer el bien del otro; en vez del uso egoísta, se ha de privilegiar el respeto, la admiración y la empatía. En un mundo pragmático y consumista, el cristiano tiene que anunciar apasionadamente la Buena Nueva de la utopía cristiana, y sabiendo que en la sociedad digital interesan más las relaciones que los contenidos, se ha de dar importancia al testimonio y al diálogo.

Conclusión

Necesitamos incluso ir más allá de la filantropía y del altruismo, para poder entrar plenamente en la lógica de la gratuidad, es decir en las relaciones fraternas, auténticamente humanas. El séptimo día del relato del Génesis nos recuerda que el hombre ha sido creado para el diálogo gozoso con su Creador. Es un día sin atardecer ni amanecer, un día sin final, pleno, proyectado hacia el futuro. No invita a la ociosidad, sino a la plenitud, a la perfecta alegría, a recuperar el sentido lúdico y la dimensión relacional de la existencia.

La Iglesia permanece atenta a estos sufrimientos y preocupaciones con un mensaje de confianza y de esperanza. Los cristianos han de estar dispuestos a colaborar con todos los hombres de buena voluntad de cara a una sociedad más justa y más humana, reconociendo “un talante cristiano de laicidad” a través de la humanización de la fe en Cristo; afirmando “la promoción de las evidencias éticas a partir de la fe” con su oferta de servicio para la reconstrucción de la comunidad sobre temas éticos; señalando el valor laico de la caridad cristiana, con su fuerza y originalidad, participando solidariamente en unas relaciones humanas éticamente más densas y abiertas al horizonte trascendental. En la época nazi Bonhoeffer escribía: “Sólo quien grita por los hebreos, tiene derecho a cantar gregoriano”. Hoy podemos decir: “precisamente porque el creyente canta alabanza a Dios, es libre y capaz de gritar en defensa de los más débiles”.

Hemos de trabajar por una sociedad adulta y amigable, recuperando y relanzando a través de los principios de subsidiaridad, solidaridad y responsabilidad, la subjetividad de la sociedad que conlleva animar la responsabilidad de las personas individualmente o en grupo. Nuestra confrontación ha de ser con los valores y no con los simples gustos: sobre estos últimos no se puede discutir en la ilusión de que podemos todos ponernos de acuerdo. Someto a su consideración estos principios: La existencia es don y tarea para el hombre, realidad sagrada e inviolable. No se puede destruir ni agotar la realidad. El prójimo es aquel de quien cada uno es responsable: no se puede construir lo propio sin velar por el prójimo al que sólo conocemos desde la amistad, deponiendo todo intento de dominación o apropiación. El derecho y la ley son necesarios mientras el hombre está bajo el mal, es injusto y pecador. No se puede legislar sin moralidad ni derecho, ni se puede violar la ley y el derecho comunes. No es positivo pasar de una actitud admirativa, confiada y amable a la duda, a la sospecha, a la negación de verdades sustantivas sobre el hombre, la historia, Dios. No podemos identificar la confianza con la ignorancia, y la ingenuidad: “No da mejores resultados la sospecha tanto en la ciencia como en la vida, que la confianza: evidentemente una confianza ilustrada  y una sospecha humilde. De lo contrario la sospecha nos conduciría al escepticismo y a la perplejidad que hundirían al hombre en la desesperanza”.

Mantengo la esperanza de que podamos construir una sociedad de la que se pueda decir lo que Rosalía de Castro escribía de la Catedral de Santiago: “Os homes pasan, tal como pasa a nube de vran. Y as pedras quedan, e cando eu morra, ti, Catedral, ti, parda mole, pesada e triste, cando eu non sea, t´índa serás”.

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