Intervención de mons. Barrio en la clausura de las XVIII Jornadas de Teología

Con la brillantez de las ponencias y la nutrida asistencia acostumbradas hemos celebrado en tres días de intenso trabajo las XVIII Jornadas de Teología, organizadas por nuestro Instituto Teológico Compostelano con el título La Reforma y las reformas en la Iglesia, rememorando la triste ruptura en la Cristiandad acaecida hace 500 años. En diez ponencias y comunicaciones, encuadradas en los dos grandes apartados de “La Reforma protestante y sus protagonistas” y “La Reforma. Algunos retos doctrinales y eclesiales”, especialistas de prestigio examinaron minuciosamente los antecedentes, contexto, motivos, causas, doctrina, evolución, etc. de este cisma, iniciado por Martín Lutero en Wittenberg el 31 de octubre de 1517. A tenor de lo dicho, ciertamente las causas que provocaron tal ruptura fueron más profundas que los apoyos políticos de los príncipes y que los desórdenes hedonistas de los papas, cardenales, monjes, canónigos, sacerdotes o los excesos temperamentales de algunos miembros de la Vida consagrada.

A este respecto, creemos que son adecuadas las palabras del historiador alemán Ludwig Hertling: “Abusos ‑dice‑ los ha habido siempre en la Iglesia, unas veces más, otras veces menos… Los abusos en el gobierno eclesiástico han llevado muchas veces a discusiones y a rebeliones, pero no a cambios de religión y a herejías. Las   grandes herejías que nos salen al encuentro en el curso de la historia de la Iglesia, comenzando por los gnósticos y arrianos hasta los jansenistas… y modernistas, no eran propiamente reacciones contra abusos ni surgieron preci- samente en tiempos y lugares de especial decadencia de la vida religiosa, sino más bien en medio de una atmósfera de elevada religiosidad”[1].

Es decir, saciar el “inmenso deseo de lo divino” que agobiaba a la cristiandad al finalizar la Edad Media fue la labor que intentaron llevar a cabo resueltamente Lutero, Zwinglio, Calvino y los demás reformadores. Su empeño no tuvo por causa los abusos disciplinarios de la Iglesia, por muy graves que estos fueran. En este punto, creo que son atinadas las palabras del cofundador del paradigma historiográfico de Annales, Lucien Febvre: “No era el mal vivir lo que se reprochaba al sacerdote, sino el mal creer”[2].

Los reformadores se sabían a sí mismos en conexión con un proceso histórico tendente a existencializar toda experiencia humana. La polarización hombre-Dios que caracterizará, a partir del Renacimiento, las tensiones de la cultura moderna, forma el substrato del que brotan las opciones y decisiones protestantes. Los reformadores intentan conectar los extremos “existir en la historia” y “fidelidad al Evangelio”. Y a la hora de decidirse entre humanismo paganizante y teologismo religioso, los grandes reformadores del siglo XVI optaron por lo segundo, por el teologismo religioso.

La protesta protestante (valga la redundancia), su no al catolicismo romano, va dirigida contra cualquier intento de eliminar la “divinidad de sólo Dios”, contra cualquier intento de eliminar la “soberanía de sólo Cristo”, “la gratitud de la sola gracia”, “la suficiencia de la sola Escritura”, “la libertad de la sola fe”, principios epistemológico-teológicos, por principio algunos discutibles, que en su evolución posterior conducirían, en algunos casos, a la antípoda de lo que pretendían: a un secularismo extremo y a la fe-en-Dios-sin-Dios de la “teología de la muerte de Dios”.

En contraposición a la concepción cíclica griega de la historia, en la que los acontecimientos se suceden reiterada, indefinida y periódicamente, en la concepción lineal judeo-cristiana los acontecimientos son totalmente nuevos e irrepetibles. Ello no es óbice para que el conocido adagio de “historia magistra vitae” tenga su relativa utilidad, como muy bien hace el papa Francisco, al afirmar con reparos:  ”Mirar hacia atrás es muy útil y necesario para purificar la memoria, pero detenerse en el pasado, persistiendo en recordar los males padecidos y cometidos, y juzgando sólo con parámetros humanos, puede paralizar e impedir que se viva el presente”[3]. Es decir, el creyente no debe olvidar nunca el pasado, por más estéril y destructivo que haya sido, sino que debe tenerlo en todo momento ante los ojos para enmendarlo en el presente para el futuro.

No le falta razón al historiador británico A.J.P. Taylor cuando decía que la principal lección de la historia era que no nos enseña nada, tal vez porque los humanos, a diferencia de casi todos los animales, que rara vez tropiezan en la misma piedra, nunca aprenden de ella. Sin embargo, el papa Francisco nos indica la salida de este callejón sin salida: “La Palabra de Dios nos anima a sacar fuerzas de la memoria para recordar el bien recibido del Señor; y también nos pide dejar atrás el pasado para seguir en el presente y vivir una nueva vida en él. Dejemos que Aquel que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5) nos conduzca a un futuro nuevo, abierto a la esperanza que no defrauda, a un provenir en el que las divisiones puedan superarse y los creyentes, renovados en el amor, estén plena y visiblemente unidos”[4].

En este sentido, según el lema de estas XVIII Jornadas, en un tercer gran apartado, titulado “Ecclesia semper reformanda, las reformas del papa Francisco”, se han agrupado en un total de cinco ponencias, en las que se ha expuesto y debatido el rico programa reformador emprendido por el mismo Papa.

Y es que la confesión de la santidad de la Iglesia es una confesión de la acción santificadora de Dios en la Iglesia y una exhortación a responder a esa santidad otorgada por Dios con la práctica cristiana y eclesial. Esto no significa ni que dentro de la Iglesia no haya más que santidad, ni tampoco que fuera de la Iglesia no se dé más que suciedad y pecado. El Concilio Vaticano II ha sido claro al respecto: “Aunque la Iglesia, por la virtud del Espíritu Santo, se ha mantenido como Esposa fiel de su Señor y nunca ha cesado de ser signo de salvación en el mundo, sabe, sin embargo, muy bien que no siempre, a lo largo de su prolongada historia, fueron todos sus miembros, clérigos o laicos, fieles al Espíritu de Dios” (GS, n. 43).

Esto se aplica al cristiano individual y al conjunto de la Iglesia. Según una imagen muy extendida entre los santos padres, ésta es a la vez “virgen” y “ramera”, “santa” y “manchada” (casta meretrix). Además, hay que tener en cuenta que “santa” fue el primer adjetivo o “nota” (además de las de “una”, “católica” y “apostólica”) que se le dio a la Iglesia y así se encuentra ya a principios del siglo II, siendo asumido por el Credo Niceno-Constantinopolitano, fruto de los dos concilios del siglo IV, y se convirtió en el más habitual en la celebración litúrgica de la Eucaristía.

Dado que la Iglesia no puede abstraerse de sus miembros, para los santos padres la confesión de la propia santidad es a la vez la confesión del propio pecado. Es cierto que el Vaticano II  evita siempre la expresión “Iglesia pecadora”, pero, al afirmar que toda la Iglesia es santa y que al mismo tiempo necesita de renovación, recoge también aquí objetivamente la tradición antigua (LG nº. 8; cf. LG, nº. 5, 9, 14, 40, 48, ,65; UR, nº. 6). En este sentido, pero un tanto crítico se había expresado en la década de los 60 del siglo pasado el entonces Prof. Jospeh Ratzinger: “… no hemos de disimular que la Iglesia ni es santa ni católica. Incluso el Vaticano II se vio constreñido a hablar no sólo de la Iglesia santa, sino de la Iglesia pecadora. Estamos tan convencidos del pecado de la Iglesia, que si de algo hubiéramos de acusar al Vaticano II es justamente de haber sido demasiado suave en este tema”[5]. Con todo, el texto citado de la GS ofrece una indicación muy precisa al hablar de la “fidelidad de Esposa de Cristo”, que no es puesta en entredicho por la infidelidad de sus miembros. Así lo expresaba la fórmula latina en el momento del “signo de la paz” de la misa: “Domine Iesu Christe…, ne respicias peccata mea, sed fidem Ecclesiae tuae” (“Señor Jesucristo, no mires mis pecados, sino la fe de tu Iglesia”).

Resulta evidente que la Iglesia en sus estructuras humanas es semper reformanda. Sin embargo, “verdadera ‘reforma’ […] no significa entregarnos desenfrenadamente a levantar nuevas fachadas, sino (al contrario de lo que piensan ciertas eclesiologías) esforzarnos por que desaparezca, en la medida de lo posible, lo que es nuestro, para que aparezca mejor lo que es suyo, lo que es de Cristo”[6].

Les agradezco profundamente sus aportaciones en estas XVIII Jornadas de teología y les deseo que Dios Padre por intercesión de nuestro Apóstol Santiago les conceda un feliz viaje de retorno a los suyos. ¡Muchas gracias!

 

[1]    Ludwig Hertling, Historia de la Iglesia, Barcelona, Herder, 1989, págs. 273 s.
[2]  Lucien Febvre, Au coeur religieux du XVIe siècle, Paris, École Pratique des Hautes Études 1957, pág. 22.
[3]    Papa Francisco, Homilía en la solemnidad de la Conversión de San Pablo, 25 de enero de 2017.
[4]    Ibid.
[5]    Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo. Lecciones sobre el credo apostólico, Salamanca, Sígueme, 112005, pág. 282.
[6]    Joseph Ratzinger, Vittorio Messori, Informe sobre la fe, Madrid, BAC, 22005, pág. 61.

 

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