Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 10 de febrero de 2017

“Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno”. Esta frase al final del primer capítulo del Libro del Génesis nos habla de la maravilla de la creación, del don de los bienes que se entregan al hombre y a la mujer para su disfrute y su cuidado. Entre ellos figura el don de los alimentos, la espléndida oferta que la naturaleza pone a nuestra disposición para que nos nutramos y degustemos. “Todo… era bueno”. El gusto es uno de los cinco sentidos gracias al cual experimentamos el placer, por ejemplo, de compartir una elaborada comida o de beber un vino en compañía, algo que alegra también el espíritu. “Todo… era bueno”.

Pero somos conscientes de que esta es una realidad agradable y placentera solo para unos pocos. Hemos sido nosotros, hombres y mujeres, a lo largo de los siglos y desde el comienzo de aquella originaria culpa que nos llena de nostalgia por el paraíso perdido, los que hemos arruinado aquel “todo… era bueno” del plan de Dios. Y por nuestra responsabilidad existe el hambre, la desnutrición y la falta de lo más básico para sobrevivir en millones y millones de seres humanos en todo el mundo. Y cada año, día a día, nuestras sociedades de la opulencia, cada uno de nosotros, tira escandalosamente sesenta kilos de comida a la basura. Un horror y un insulto a los 800 millones de personas que siguen pasando hambre en el mundo.

Todos los años Manos Unidas nos recuerda esta implacable estadística e intenta interpelar nuestros corazones para que despertemos de esa desidia ante la injusticia. El glamour de los focos bajo los que se desarrollan galas de entrega de premios cinematográficos, no nos puede edulcorar la realidad. “Causa extrañeza que tengamos que defender el derecho a la alimentación y a unas relaciones de producción y consumo justas. El hambre no depende tanto de la escasez material, cuanto de la insuficiencia de recursos sociales, el más importante de los cuales es de tipo institucional”. En efecto, tal y como dice el lema de Manos Unidas para este año, “el mundo no necesita más comida. Necesita gente comprometida”.

El cine puede ser hermoso. Y debe ser hermoso, sobre todo cuando refleja lo que de más noble hay en el ser humano, como el amor. Pero más hermoso ha de ser el comprometerse en firme y en serio para crear relaciones de justicia en todo el orbe. No faltan alimentos: sobran estructuras injustas, de pecado, que perpetúan las desigualdades y el hambre. “Démonos cuenta de que no es tanto lo que necesitamos para poder vivir dignamente y que hay muchas personas que no cuentan con eso poco que les puede hacer felices”. El pobre Lázaro del Evangelio sigue viviendo en la falta de “un sistema de instituciones económicas capaces de asegurar el acceso a la comida de manera regular y adecuada desde el punto de vista nutricional, y de afrontar las exigencias relacionadas con las necesidades primarias y con las emergencias de crisis alimentarias reales, provocadas por causas naturales o por la irresponsabilidad política nacional e internacional”. Y que el ejemplo de Manos Unidas nos haga salir de la indiferencia culpable ante la injusticia del hambre.

 

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