Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 22 de septiembre de 2017

 

Hace unos días los medios nos informaban de que la sonda Cassini se había desintegrado en la atmósfera de Saturno, poniendo fin a una misión de 20 años en la que contribuyó a desvelar los secretos del sexto planeta del Sistema Solar.

Casi en paralelo, los mismos medios nos alertaban sobre una realidad dura y dramática en nuestro propio planeta: el hambre en el mundo, con datos demoledores, ya que 815 millones de personas no han tenido acceso a una alimentación adecuada en 2016, unos 38 millones más que el año anterior.

Ambas realidades, la tecnología que permite llegar a Saturno y seguramente en pocos años a Marte en una misión tripulada, así como esta estremecedora radiografía de una parte importante de la humanidad sufriente por falta de alimentos, nos colocan a los cristianos ante la necesidad de resituar las prioridades de nuestra fe.

Una lectura creyente de esta realidad ambivalente nos tiene que obligar a resintonizar el GPS de nuestra fe. O mejor dicho, la fe ha de actuar como un GPS que nos resitúa a cada uno de nosotros. Es hermoso, sin duda, sondear el espacio exterior y adentrarse en el conocimiento del cosmos que nos habla del origen del universo. Pero más hermoso, y necesario, habrá de ser el compromiso de acabar con la hambruna que produce millones de muertes injustas y somete a malnutrición a otros millones de personas.

En realidad no debería haber contraposición entre el anhelo de explorar el espacio y el deber de fraterna caridad con los pueblos más desfavorecidos en la casa común de nuestra Tierra. Lo que habría que exigir, en estricta justicia, es el mismo esfuerzo económico y financiero, proporcional a cada uno de los objetivos, para alcanzar ambas metas: una Humanidad sin hambre y una exploración del universo con humanidad.

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