Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 23 de diciembre de 2017

 

Hay un tiempo para preparar. Y un tiempo para celebrar. Y también un tiempo para meditar. Y este año, en este fin de semana tan especial, todo ello se nos presenta a la vez: el final del Adviento, la Nochebuena, la celebración navideña familiar… Dios mismo se hace don. Llega calladamente para que cada uno de nosotros en el silencio interior de su corazón examine si el amor de Dios ha sido acogido en su vida. Sí, ¡os deseo una gozosa celebración de la Navidad! en este último programa del año que ya termina. Si Dios quiere volveremos ya en 2018 que pido venga colmado de bendiciones para todos.

Con la Misa de Medianoche la Iglesia abre el tiempo litúrgico de la Navidad. Un periodo que nos llevará hasta la fiesta del Bautismo del Señor. Nada mejor en estos días que saborear el sentido auténtico de la celebración del Nacimiento del Niño Dios y hacer espacio a esas palabras que pueden ayudarnos a vivir este misterio inmenso y transformador de “Dios con nosotros”.

El tiempo de preparación en el Adviento llega a su término. Lo viejo y lo caduco han de transformarse en algo joven y renovado, porque “para Dios nada hay imposible” (Lc 1, 26-38). Y el tiempo de celebrar con júbilo y gozo se desborda porque “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande” (Is 9, 1-3. 5-6) y es que nos ha nacido “un Salvador: el Mesías, el Señor” (Lc 2, 1-14). Y en ese clima nos podremos retirar a nuestro interior y meditar rejuvenecidos en la certera esperanza de que Dios mismo “nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo” (Hb 1, 1-6).

Somos ya de la estirpe de Dios, hijos en el Hijo, que asumió nuestra condición humana para que nosotros llegáramos a ser hijos adoptivos de Dios. ¡Así es el amor de Dios! ¡Qué maravilla saber que “por las venas de Dios corre sangre humana” y que “por el corazón del hombre resuenan los latidos del corazón de Dios”.

¡Este es el mensaje de la Navidad siempre nueva!

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