Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 23 de junio de 2017

Si meditásemos sobre el paso de los meses desde una perspectiva de fe, nos daríamos cuenta de que el transcurso del año para un creyente tiene una urdimbre cristológica. Es decir, Cristo es el protagonista del tiempo y de la historia. En junio, recién estrenado el verano, la solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista nos lleva, casi sin querer, a pensar en el nacimiento del propio Cristo, en la fiesta de Navidad.

La figura de Juan el Bautista emerge poderosa como ejemplo para nuestro propio discurrir. “Su humanidad, afirma san Francisco de Sales, es la más perfecta y excelente después de la de Jesús y María”. Él no es la Luz; él se limita a reflejar la Luz. Cuando cumplía con su misión de anunciar al Señor, le preguntaron: “¿Tú quién eres?” Y él respondió: “Yo soy la voz que grita en el desierto”. Juan era la voz, pero el Señor era la Palabra que en el principio ya existía. Él era una voz pasajera, Cristo la Palabra eterna desde el principio. Su bautismo en aguas del Jordán es pórtico del bautismo de agua en el Espíritu de Cristo.

Juan era un hombre hecho en la oración, el ayuno y el silencio contemplativo. Pero no era un hombre que viviera aislado o un santón indiferente a las necesidades de los demás. “Nadie más grande entre los nacidos de mujer”, dirá Jesús de él. No se refugió en sus seguridades sino que salió a pregonar la llegada del Salvador, del Mesías.

Fue un profeta, un fiel servidor del Señor, un hombre lleno del verdadero temor de Dios, que no es sino temer apartarse de la voluntad divina para la misión a la que se ha sido convocado. También nosotros como él debemos señalar a Cristo y enseñar que no somos nosotros protagonistas de nada; proclamar que Él es el centro y eje de nuestras vidas, de nuestro tiempo, de nuestro espacio. “Es nuestra tarea escuchar hoy esa voz para conceder espacio y acogida en el corazón a Jesús, Palabra que nos salva” (Benedicto XVI. Ángelus del II Domingo de Adviento, 9 de diciembre de 2012).

La luz de la noche de San Juan no es una hoguera vana que se apaga al amanecer el día sino que refleja la Luz de Cristo resucitado que con el mismo valor que Juan tenemos que testimoniar con nuestras obras en este verano recién estrenado.

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