Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 27 de enero de 2017

Hablemos de algunas estadísticas recientes. El Banco de España, en su Encuesta Financiera de las Familias, afirma que las familias perdieron un 37% de su riqueza neta entre 2008 y 2014 y que han sido los jóvenes los grandes perjudicados por la crisis.

Otra estadística reciente nos recordaba que casi un 40 por ciento de los españoles no abrió un libro en el año 2015, de acuerdo con el Centro de Investigaciones Sociológicas, el popularmente llamado CIS. La “galaxia Gutenberg” sucumbe ante la “galaxia digital” y no parece probable que los soportes móviles sirvan precisamente para leer obras literarias.

Otro dato: el número de bodas católicas ha pasado de representar el 75,6% del total de enlaces en España en el año 2000, a suponer únicamente un 22% en el primer semestre de 2016.

Y alguno podría preguntarse que qué tiene esto que ver con la vida de nuestra iglesia diocesana. Pues bien, a mi parecer, estas realidades sí guardan relación con nuestra condición de cristianos, porque nos hablan de unos cambios profundos de paradigma de comportamiento en la sociedad, que nos han de interpelar en nuestra tarea evangelizadora.

La crisis económica ha profundizado las ya de por sí enormes diferencias de bienestar entre los ricos y los pobres. Una situación de injusticia ante la que la Iglesia no puede callar. Los valores que han conformado hasta hace bien poco la cultura, como la lectura, ya no son percibidos como tales, con el daño que ello puede causar en la capacidad crítica de percibir la realidad, algo a lo que nuestra Iglesia nunca renuncia. Por otra parte, es evidente que la gran mayoría de los jóvenes no se casan y si lo hacen no es por la Iglesia, lo que pone de manifiesto un cambio sustancial en la práctica sacramental de hace unos años y la de ahora.

¿Hay que deprimirse por todo ello? No, ciertamente. Pero tampoco caer en un indiferentismo en el que todo nos dé igual. Es un reto para las nuevas expresiones de evangelización, porque al final las ansias de felicidad y de encontrar sentido a la vida siguen siendo las mismas y siempre podremos, como cristianos, seguir proponiendo esas virtudes evangélicas que promueven y garantizan la dignidad de las personas. Hay que imaginar cómo actuaría Cristo en la época de las redes sociales y ser conscientes de que también nosotros, en este aquí y ahora, necesitamos sus palabras de vida eterna, su luz y su acogida.

 

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