Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 28 de abril de 2017

Mañana sábado día 29 de abril, en este tiempo litúrgico de Pascua, clausuraremos nuestro Sínodo Diocesano con la celebración de la Eucaristía en la Catedral, a la que todos estáis invitados cordialmente a participar. Han sido tres años de trabajo laborioso, de reflexión serena y de preocupación  esperanzada por el futuro de nuestra diócesis. Ahora es el momento de que el fruto de ese esfuerzo y las aportaciones de las asambleas sinodales, queden aprobados y se promulguen como normativa diocesana.

Pero eso, queridos diocesanos, no significa que el Sínodo haya quedado como un dato más en la historia diocesana. Para que los documentos aprobados se conviertan en materia viva de nuestro más inmediato futuro, es preciso que –cada uno de nosotros- llevemos  al corazón la letra de estas reflexiones. No podemos contentarnos con tener la normativa aprobada: tendremos que atrevernos a hacerla vida. Transformar el documento en acontecimiento es lo que la Iglesia nos pide para que Cristo resucitado sea el protagonista de esa historia que está por llegar.

En el Mensaje Final, dado a conocer cuando concluíamos los trabajos del Sínodo allá por el mes de enero, se indicaba que “de todos, sacerdotes, religiosos y seglares, cada uno desde su propia responsabilidad eclesial, dependerá que todo esto no quede en un sueño”. Entre todos debemos esforzarnos para organizar la atención pastoral de forma más adecuada a los cambios demográficos, promoviendo unidades pastorales que agrupen varias parroquias; para mejorar nuestro modo de vivir y transmitir la fe; para promover un mayor sentido de corresponsabilidad pastoral, administrativa y económica; para  revisar nuestras celebraciones, con el fin de que sean cada vez más una celebración viva de una fe comprometida; y para impulsar una mayor conciencia social en distintos ámbitos: cultural, educativo, político, económico,  comunicativo, con una especial atención a las personas más necesitadas material y espiritualmente.

No es un sueño ni una ilusión. Es un auténtico programa pastoral que, con la ayuda de Dios, nos permitirá realizar la labor evangelizadora para transmitir en las circunstancias actuales “la alegría del evangelio que llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” (EG 1).

 

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