Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 29 de septiembre de 2017

 

Celebramos hoy en la Liturgia la fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Y dentro de un par de días festejaremos a los santos ángeles custodios. En el Catecismo se nos recuerda, en cita de San Agustín, que “el nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel” (Enarratio in Psalmum, 103, 1, 15). Es hermoso, ciertamente, saber que estas criaturas espirituales son servidores y mensajeros de Dios. En Miguel contemplamos la fortaleza de Dios; en Gabriel el anuncio de la Encarnación; y en Rafael intuimos la sanación que es obra del Espíritu.

La existencia de los ángeles es una realidad que a veces olvidamos, tan imbuidos como estamos de materialidad y de pragmatismo. Nos ocurre lo mismo que con la oración: en ocasiones nos fiamos más de nuestras supuestas fuerzas que de pedir la ayuda del Señor, aun sabiendo teóricamente que la oración es eficaz. Es como aquella anécdota del sacerdote que, pidiéndole sus fieles que hiciera rogativas por la necesaria lluvia para los campos, se presentaron el día de la oración sin paraguas. “Qué poca fe tenéis”, les dijo, “en que el Señor haga llover sobre las cosechas: veo que ni siquiera traéis paraguas”.

Los ángeles son los mensajeros de la salvación. Y no se podrá negar, como nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica, que “cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida” (San Basilio Magno, Adversus Eunomium, 3, 1: PG 29, 656B). Bueno será que nos encomendemos a estos seres que viven en la contemplación de Dios y que les roguemos que nos ayuden en las dificultades y situaciones complejas de nuestra vida. En la liturgia eucarística son muchos los momentos en que se pide que la oración sea llevada a la presencia del Señor por manos de sus santos ángeles. Y no estaría de más que les rogásemos por la solución justa y razonable de cuestiones de ámbito social y general, porque ellos también custodian las naciones.

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