Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 6 de octubre de 2017

En las parroquias de nuestra Archidiócesis se inicia en estos primeros días de octubre el curso catequético. Sean mis primeras palabras de este gozoso encuentro semanal en COPE de felicitación a tantos padres y madres que llevan a sus hijos al Catecismo y de agradecimiento profundo a los cientos de catequistas que de manera encomiable educan en la fe a miles de pequeños. Creo que toda la sociedad debería valorar en su justa medida esta actividad, en la que las familias llevan libremente a sus hijos para que se les forme en las virtudes profundas del Evangelio, iluminándoles en el camino de la salvación y animándoles a respetar todos los valores encarnados en los derechos humanos.

“Parroquia, familia que inicia en la fe” es el lema escogido en esta ocasión para lanzar este inicio de curso por parte de la Delegación Diocesana de Catequesis. El proceso de iniciación cristiana que implica la acción catequética se explica, en el comienzo de este año, como “un enseñar a dar los primeros pasos a un niño para que aprenda a caminar de adulto, en la Iglesia, por los caminos de la vida. Sin la iniciación en la fe, no podrían surgir nuevas generaciones de creyentes”.

La tarea de tantos catequistas, hombres y mujeres, es ciertamente meritoria, extraordinaria. Sin la labor de estos agentes de pastoral, que voluntariamente restan horas a sus vida de familia, a sus esposas, esposos y a sus hijos, la tarea evangelizadora de la Iglesia no podría llevarse a cabo. Es bueno que cada mes de octubre se abra con la apertura del curso catequético, un mes misionero por excelencia como así nos lo recuerda la fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús y el Domund. Esa misión, la evangelización, es cosa de todos. Sí, “la misión te espera”. Sin tu voz, la Palabra de Cristo no llegaría a quien la está ansiando para realizarse como persona.

Cuantas veces vemos imágenes y testimonios sobre adoctrinamiento, manipulación y utilización de los niños para fines que provocan división, fractura e incluso odio en la convivencia social. Solo en el Evangelio encontramos una auténtica escuela de humanidad, en la que no tiene cabida otro culto posible que el amar al prójimo como a uno mismo en ese Amor a Dios que nos motiva a vivir la filiación en relación a Él y la fraternidad en relación a los demás.

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