Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 9 de junio de 2017

 

Muchos de vuestros hogares son estos días un hervidero de nervios y de preparativos. Nervios por ese tramo final del curso académico que trae exámenes, pruebas de acceso a la universidad y más visitas de las habituales de vuestros hijos a las bibliotecas para estudiar; preparativos para organizar las ya cercanas vacaciones de los más pequeños en campamentos, buscando en ellos la mejor oferta que conjugue el ocio con un auténtico aprendizaje en valores humanos y virtudes cristianas.

Son los esfuerzos previos al cercano verano, una época del año que siempre nos ofrece más ocasiones para acercarnos a ese templo inmenso de la naturaleza en el que la presencia de Dios se hace palpable. En el pórtico de estos meses de estío, la Iglesia coloca la solemnidad de la Santísima Trinidad, dándonos oportunidad de reflexionar sobre la maravilla de la creación del Padre, sobre la encarnación del Hijo y sobre el providente cuidado con que el Espíritu rige el universo entero.

La posibilidad de contemplar este regalo de la naturaleza es algo que podemos compartir con aquellas personas que se han retirado en conventos o monasterios, que también viven su jornada anual en este domingo de la Santísima Trinidad. Nos ayudan a discernir los signos de Dios en la naturaleza, su rastro, su lenguaje. Así, en comunión con ellos, aprendemos a dar sentido a todo, a mirar el mundo con los ojos y la mirada de Dios.

En el templo abierto de la creación se descubre, con la ayuda de la fe, la presencia divina. Una forma de conocimiento que es puro don y que se añade al esfuerzo por saber que es propio de la reflexión humana. Dios regala la sabiduría y el hombre se esfuerza por atesorar saberes que faciliten el encuentro entre la fe y la inteligencia.

Ojalá, queridas familias, que vuestros hijos tengan el éxito académico que buscan estos días; ojalá que disfruten del verano que les preparáis con cariño; y ojalá, sobre todo, que ese ámbito familiar sea lugar de transmisión de esa sabiduría del Espíritu que nos lleva a la alabanza de lo creado y a respetar a cada hombre y mujer como imagen divina, como hechura de Dios.

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