Intervención de mons. Barrio en la jornada en la que se conmemora el cincuentenario del retorno de los monjes cistercienses al monasterio de Sobrado de los Monjes

Felicito cordialmente a la Comunidad de Monjes de Sobrado en esta fecha conmemorativa de los cincuenta años de esencia y de existencia aquí, entre nosotros. De tanto en vez es bueno nadar río arriba para encontrarnos con la fuente cristalina que refresca nuestra existencia en el peregrinar a veces agobiante de nuestra vida. El tiempo nos va llevando el presente a la historia y en la memoria vuelve el pasado hasta nosotros como presente. Hoy es ocasión de recordar el pasado con agradecimiento, de situarse responsablemente en el presente evitando la complacencia y asumiendo la incertidumbre, y de mirar al futuro con confianza en Dios, Padre providente y amoroso. Todo ello con el objetivo de renovar y reavivar el carisma que Dios os ha concedido.

Como arquitectos de una espiritualidad que sugestiona e interroga a no pocas personas sois no tanto creadores cuanto excelentes copistas de los rasgos diseñados por Cristo en esa apertura diaria a Dios Padre, redescubriendo la fuerza de la espiritualidad y la relevancia de las personas. Os configuráis como una respuesta de espiritualidad a la búsqueda de lo sagrado y a la sed de Dios, no olvidando que los tiempos difíciles se manifiestan cuando las cosas o los hombres limitan nuestra libertad, oscurecen el horizonte o nos impiden ser fieles a la realización de nuestra vocación conforme al designio de Dios.

Vuestro silencio busca la Palabra para cumplirla, siendo fieles a vuestra originalidad, que consiste en  vivir a fondo vuestra específica identidad: Esto no os distancia sino que os inserta en el misterio de comunión y misión eclesial. El monje es ante todo cristiano, pero lo es de un modo distinto con el don del carisma recibido para los demás. Cuando la propia identidad desaparece o se pone en crisis es lógico que venga el desconcierto y se pierda el entusiasmo.

Ser fieles a los valores esenciales del monacato, comporta no ser ajenos a la historia, aceptar el desafío providencial de nuestra hora, amarla con gratitud y vivirla con intensidad serena, sin añoranzas del pasado ni huidas al futuro. La actualidad no es un superficial compromiso con el mundo sino una vuelta más profunda a Jesucristo y a la totalidad de su Evangelio, descubriendo desde la fe el paso del Señor. No debemos tener miedo a los tiempos difíciles sino asumirlos generosamente en la esperanza. “El monaquismo dio cuerpo a pasiones fundamentales del cristianismo: la búsqueda de Dios, el seguimiento tras su llamada, la imitación de Cristo, la reproducción de la comunidad primitiva, el radicalismo evangélico que puede llevar hasta el martirio, el permanente éxodo de este mundo hacia la visión de Dios, la recuperación de la inocencia original, la espera de la parusía y el encuentro de un sentido para la existencia, la necesaria purificación y la sencillez de corazón”[1].

Es una bendición celebrar el cincuentenario de vuestra presencia aquí como respuesta gozosa a la gracia de Dios prolongada en la historia, porque vivir es construir y reconstruir, recuperar y proyectar, mientras nuestra libertad sigue abierta y Dios está por delante. La contemplación es esa capacidad para descubrir enseguida la presencia del Señor. “Los monasterios han ido y siguen siendo, en el corazón de la Iglesia y del mundo, un signo elocuente de comunión, un lugar acogedor para quienes buscan a Dios y las cosas del espíritu, escuelas de fe y verdaderos laboratorios de estudio, de dialogo y de cultura para la edificación de la vida eclesial y de la misma ciudad terrena, en espera de aquella celestial”[2]. La vida monástica constituye “un modelo de vida humano, capaz de unir oración y trabajo, de comprender las cosas de Dios y del hombre, de descender en los misterios del Espíritu y de extenderse en las creaciones del arte, de cultivar la tierra y de mirar a lo alto hacia Dios, volviendo a los hermanos con caridad y sencillez”, siguiendo la fructuosa confrontación con la tradición y la creativa adaptación a la nueva situación de cuanto se reconoce esencial, consiguiendo la armonía originaria que podemos considerar como el fundamento de la fecundidad espiritual. En la urdimbre de la historia han mantenido el sentimiento de la transcendencia y la apertura a los valores del Evangelio como esperanza para un futuro siempre nuevo.

Seguid ofreciendo acogida y acompañamiento espiritual a todos aquellos que se dirigen a vosotros, deseosos de vivir las exigencias de la fe. Para la Iglesia en Galicia sois una bendición. “El hombre es como un viajero que a ratos se olvida del nombre del lugar hacia el que va por lo cual tiene que volver al lugar de donde viene para saber a dónde debe ir”. ¡Mi cordial enhorabuena y felicitación, queridos Monjes de Sobrado!

 

[1] O. GONZALEZ DE CARDEDAL, Raíz de la esperanza, Salamanca 1995,  341-343.

[2] Vita consecrata, 6.

 

Foto: Xoán Crespo | www.xunta.es

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