Jornada Mundial de los Migrantes y Refugiados 2019

¡No son sólo migrantes…!

Queridos diocesanos:

El próximo domingo, día 29, celebraremos la jornada 105 del Día Mundial de los Migrantes y Refugiados. El lema es: “No son sólo migrantes…”. Se trata de nuestra humanidad de la que todos debemos sentirnos responsables, viéndonos reflejados los unos en los otros. Se ha dicho que “extraño no equivale a enemigo, sino a un amigo que aún no hemos conocido”.

Situación actual

Estamos comprobando cómo muchas personas emprenden viajes peligrosos por tierra y por mar para escapar de catástrofes naturales, de la guerra y de la pobreza, poniendo sus vidas en peligro. Así lo comprobamos en estos últimos tiempos. Muchos de ellos se enfrentan no sólo a las fuerzas frías de la naturaleza sino también a la indiferencia política, económica y humana. Esto contrasta con la preocupación de sentirnos una familia humana con el deseo de construir un mundo mejor.

Vivimos en una sociedad distorsionada que nos encierra en nuestro bucle egocéntrico. La respuesta a esta situación ha de ser la hospitalidad, acogiendo, protegiendo, promoviendo, e integrando como nos decía el Papa el pasado año en su mensaje para este Día. Esta realidad requiere no sólo una acción positiva en lo referente a la pastoral desde la perspectiva cristiana, avivando nuestra caridad sino también un compromiso político que tenga en cuenta a los migrantes y refugiados que antes de nada son personas con unos derechos a desarrollar y con unos deberes a cumplir. Es tarea de todos, pues “en el sentido ético, a los derechos corresponden también obligaciones… Los derechos sin deberes se convierten en privilegios. Los deberes sin derechos son sólo exigencias vacías”.

Individualismo e indiferencia

Nuestra cultura está empapada por el individualismo y la globalización de la indiferencia y del descarte, que nos lleva a dar rodeos para no encontrarnos con el herido y necesitado. Nunca lo que nos distingue debe convertirse en un motivo de incomprensión y de conflicto. A ninguno se nos ocultan las diferencias entre los llamados países pobres y los países ricos que se convierten en polo de atracción para aquellos. Es un derecho de la persona buscar mejores condiciones de vida para ella y los suyos. Cada persona es habitada por el afán de plenitud y su corazón es capaz de abrirse cuando encuentra el testimonio de la caridad. El bien común de la humanidad conlleva hacer participante del mismo a las personas que la forman. También Dios nos sigue preguntando hoy dónde está nuestro hermano (Gen 4,9), y sigue siendo respuesta no correcta el decir: ¿“Soy yo el guardián de mi hermano”? (Gen 4, 9). “La justicia y la equidad exigen también que la movilidad que es necesaria en una economía progresiva se ordene de manera que la vida de los individuos concretos y de sus familias nos se haga incierta y precaria. Se ha de evitar cuidadosamente cualquier discriminación relativa a las condiciones de remuneración o de trabajo hacia los trabajadores quienes, procedentes de otra nación o región, contribuyen con su trabajo a la promoción económica de un pueblo o región… Los poderes públicos deben favorecer su incorporación a la  vida social del país o de la región” (GS 66). Toda ley alcanza su plenitud en este precepto: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?  Él le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 36-39).

Compromiso diocesano

También nuestra diócesis se siente concernida en el ofrecimiento de la hospitalidad a estas personas. Es relevante la labor que están haciendo la Caritas diocesana, las caritas interparroquiales y las parroquiales, en el quehacer caritativo-social. La doctrina social de la Iglesia nos ofrece un horizonte claro para trabajar en la armonía social. Contribuyamos a abrir espacios de cooperación no sólo económica, sino también religiosa, social y cultural, acrecentando día a día el espíritu solidario y fraterno, si de verdad queremos lograr una convivencia justa y pacífica donde las personas encuentren lo necesario para vivir dignamente. ¡Mirémonos en el espejo de estas personas para darnos cuenta de lo que podemos ofrecer y de lo que pueden necesitar, y para vernos reflejados en ellas! ¡Acompañémosles también con nuestra oración!

Os saluda con afecto y bendice en el Señor.

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela.

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