Mensaje para la Jornada del Domund 2020

“Aquí estoy, mándame” (Is 6,8)

Queridos diocesanos:

Tras haber celebrado el pasado octubre el Mes Misionero Extraordinario convocado por el Papa Francisco para toda la Iglesia Universal, llegamos a esta nueva Jornada del Domund con el ánimo refrescado y la vocación misionera presente y viva entre nosotros. Desde el último trimestre del pasado año venimos orando, formándonos, recibiendo de aquí y allá distintos testimonios que nos sobrecogen e intentando colaborar de una y otra forma con esta Misión que es de todos porque es de Dios. Desde el día en que fuimos bautizados somos Misión del Padre, mediante el Hijo con la fuerza del Espíritu Santo. Bautizados y Enviados son dos caras de la misma realidad. No puedo más que mostrar mi agradecimiento a todas aquellas personas que con su interés y esfuerzo nos recuerdan día a día que somos Iglesia porque tenemos una Misión.

Si bien es cierto que estamos viviendo tiempos de incertidumbre y dificultad ponemos nuestros ojos en la Cruz victoriosa de Cristo reconociendo en ella a los crucificados de nuestros días. Miles de hombres y mujeres que, ante una pandemia mundial, no tienen la posibilidad de buscar fuerzas en Dios porque simplemente no han tenido oportunidad de conocerlo. Allí están, allí siguen,entre ellos y con ellos, miles de bautizados que encarnan plenamente en sus vidas la Misión que construye a la Iglesia. Ellos son los misioneros que, vanguardia de la Iglesia, han sentido en lo más hondo de su corazón la responsabilidad de compartir su Bautismo.

El lema propuesto por el Santo Padre para la Jornada en este año tan atípico es todo un desafío: “Aquí estoy, mándame” (Is 6,8). En tiempos de miedo y desconcierto como los del joven Isaías Dios no se queda inmóvil ni mudo, sino que considera vital su Palabra que llamando envía, y hace nacer la esperanza para mirar con confianza el futuro, pudiendo decir: “¡Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su gloria” (Is 6, 3).

Tengamos presente, en estos tiempos más que nunca, el espíritu valiente de Pauline Jaricot, fundadora de la Obra de la Propagación de la Fe, que será próximamente beatificada y que supo ver en lo pequeño y débil la gran fuerza del Espíritu que transforma el mundo y hace de la creación hogar fraterno de los hijos de Dios. La colaboración en las distintas dimensiones con aquellos que no han recibido todavía la Palabra no es mérito de nuestra parte sino que, como ella misma decía,    “son ellos los que nos hacen el honor de aceptar nuestra ayuda”.

Animo por tanto a toda la Diócesis a que, desde la humildad, cooperemos mediante nuestra oración, sacrificio y limosna con las Obras Misionales Pontificias y con los miles de misioneros que realizan su labor impagable de forma anónima tras esta institución. Digamos a una voz como profetas de nuestro tiempo “Aquí estoy, envíame” y sea nuestra vida oración que sostiene en las dificultades, nuestro sacrificio símbolo de fraternidad y solidaridad con los que están lejos, y nuestra colaboración económica muestra  palpable de que todos somos uno en Cristo Redentor del mundo y de la humanidad.

Que la Virgen María, Estrella de la Evangelización y cauce de la Palabra, sea para nosotros modelo y ejemplo de entrega y generosidad, y que el valor e ímpetu de nuestro Apóstol y Misionero Santiago nos ayuden a responder de modo ejemplar a esta llamada que el Papa y la Iglesia nos hacen a través de las OMP.

Os saluda con afecto y bendice en el Señor,

 

 

+ Julián Barrio Barrio,

Arzobispo de Santiago de Compostela

 

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