Monseñor Barrio reflexiona sobre la marcha del Sínodo en la asamblea diocesana

Renovarnos desde Cristo, caminando en comunión

Pretendo con estas palabras animar en esta última etapa la celebración del Sínodo que estamos celebrando para dar juntos con las soluciones que buscamos, favorecer la reflexión conjunta acerca de la situación pastoral y espiritual, y ayudar a marcar unas prioridades pastorales comunes.

Cuál es nuestra situación:

El Papa nos ha invitado a vivir la pastoral de una Iglesia en salida en la clave de la misericordia que nos ayudará a salir del inmovilismo, de las rutinas, de los distanciamientos, de la falta de unidad y convergencia.  Notamos los efectos de una cultura que arrastra al laicismo y al relativismo, ofreciendo una visión negativa de la religión, de la Iglesia  y de sus enseñanzas morales.

Es verdad que no todo es negativo. También encontramos signos positivos. El trabajo de Cáritas ha mejorado la imagen de la Iglesia ante mucha gente sencilla y honesta.  Las encuestas nos dicen que sube el número de los que se declaran católicos practicantes. Hay una mayor clarificación en la identidad de los católicos. Esto nos tiene que llevar a actuar en la formación espiritual y cultural, contribuyendo a regenerar nuestra sociedad para que responda a las auténticas exigencias de la dignidad humana.

La gente se da cuenta de que en el origen de nuestros males está también la actitud irreligiosa, la inmoralidad, la ruptura de nuestras tradiciones morales y religiosas. Se percibe que es necesario superar la tentación del continuismo, de la vuelta al pasado, del culto a las formas, desarrollando un espíritu pastoral más misionero. Este es buen momento para que la Iglesia ofrezca un mensaje de conversión y de autenticidad cristiana en todos los órdenes de la vida. No podemos resignarnos a seguir perdiendo terreno en la fe y en la vida cristiana de las personas, de las familias, de nuestra sociedad, en los pueblos, en los barrios de las villas y ciudades. Es necesario revisarnos a nosotros mismos y tratar de vivir evangélicamente, eliminando la desconfianza y corrigiéndonos sin dejar de amarnos. Necesitamos un movimiento fuerte de renovación espiritual de la comunidad cristiana. Aquí se sitúa la razón de ser y la experiencia del Sínodo Diocesano.

Habéis ya podido comprobar que un Sínodo es éxodo y diálogo. Conlleva renunciar a maximalismos, saliendo de la lógica bipolar del todo o nada, de lo mío o lo tuyo. Dialogar es esperar activamente y construir lo nuestro. La verdad prefiere habitar entre aquellos que buscan aprender y saben escuchar. Por eso, no perdamos tiempo cayendo en discusiones estériles, reflexionemos para crear soluciones juntos, sin perdernos en contiendas y en palabras. No preservemos lo mío sino lo nuestro.

Quienquiera que comparta la vida y la fe de muchas personas, podrá descubrir el tesoro que su experiencia nos está ofreciendo, asombrándose de todo lo que es capaz el corazón humano. Estamos llamados a alcanzar las profundidades de lo humano. En comunión acertaremos, y entre los particularismos nos perderemos. La comunión no es creación de las palabras ni del ingenio personal, sino de los corazones convertidos. Implica vaciarnos de autosuficiencia para compartir esperanza con quienes compartimos la misma fe. Por eso, en vistas a la mayor eficacia de los trabajos hay que custodiar el silencio y allí escuchar al único Maestro, para así reconocerlo en los hermanos.  Nos ha de motivar la unanimidad, siendo libres y audaces para abrir nuevas perspectivas, pero esclavos unos de otros por la Iglesia, nuestra madre. Tampoco nos desesperemos por los afanes de lo inmediato. Sólo daremos fruto si antes, con paciencia, sabemos llegar hasta las raíces.

En Caná de Galilea, se sirvió el vino bueno cuando la inercia y el pesimismo abocaban a aquellos invitados a esperar el malo. También en la diócesis, la Mujer que supo acoger la Palabra, Santa María, nos está llamando a servir un vino nuevo, signo de Jesús vivo entre nosotros. No es que tengamos que pasar por alto lo que no estamos haciendo bien, sino que hemos de mirar nuestras deficiencias para abordarlas. A lo largo del Sínodo los problemas no pueden ser el pretexto fácil de las quejas, sino el incentivo para los remedios que tengamos que aplicar. No nos quedemos como estatuas de sal mirando a la herida, ¡¡actuemos!! aplicando recursos para curarla. Necesitamos el talento del administrador sagaz para imaginar soluciones nuevas a problemas viejos.

Lo que siempre ha dado sentido a cuanto hemos hecho no ha cambiado: el Evangelio que es el mismo Jesucristo. No ignoro que vivimos momentos que para el sentido común son tiempos de crisis, pero abramos bien los ojos y reconozcamos que son también una oportunidad de gracia. La esperanza en Dios no nos vuelve ingenuos, nos libera del miedo. Aunque haya voces exteriores e interiores que nos induzcan a no intentarlo, echaremos las redes en nombre de Jesús, en su Palabra.

Es posible que pasemos momentos donde no nos parezca ver las mejoras que aguardamos. Pero la madurez y la consistencia de los proyectos se prueban en las dificultades. Un Sínodo no se celebra para nosotros mismos, sino para los hombres y mujeres que tienen hambre y sed de la justicia, para los que trabajan por la paz, para los que hoy lloran, para los que hoy están buscando a Dios y se preguntan en qué experiencias reconocer a su Iglesia.

¡No renunciemos al riesgo de la generosidad! ¡No nos resguardemos en la rutina! Parecemos estar en un gran mercado mediatizados por un sinfín de imágenes, opiniones y frases hechas que sustituyen a la realidad y a la reflexión, pregonando las maldades del ser humano y lo peor de esta cultura.

¡Sin utopía y generosidad no seríamos capaces de transformación! En este horizonte me pregunto ¿quién será el samaritano que en nuestros días se detendrá en medio del camino a curar y vendar las heridas de los que han sido ignorados por el inmediatismo de esta sociedad? Tenemos ojos pero no vemos; oídos, pero no escuchamos; voz, pero consentimos y callamos. La Iglesia diocesana es testigo de que son miles y miles las personas de toda edad y condición, que haciéndose peregrinos comparten no sólo su alimento y su tiempo, sino su fe y sus esperanzas más profundas.

Soy plenamente consciente de que hoy en día algunos de nuestros conciudadanos sienten la Iglesia como algo extraño o ajeno a sus vidas. Es posible que, a veces, nuestro actuar les haya llevado a imaginar que aquella es una institución meramente humana. La Iglesia es ciertamente comunidad compuesta por hombres y mujeres redimidos de su pecado. A nadie hiere más la Palabra de Dios, capaz de escrutar los corazones, que a los discípulos de Cristo. Por eso somos acción creadora de Dios, acrisolada en el fuego de su misericordia, de su fidelidad y de su ternura.

“Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc. 1, 15). Hoy, de manera especial, es urgente volver a las antorchas de nuestra fe, a los testigos de la ternura divina que desde el corazón del Evangelio nos apremian: a los compañeros del paralítico solidarios con su amigo; a la viuda pobre que con su generosidad ofreció cuanto tenía para vivir; al leproso que con audacia se acercó para ser tocado por el mismo Hijo de Dios; al administrador que por su sagacidad e inteligencia fue felicitado por su señor; a la mujer cananea cuya valentía sorprendió al mismísimo Cristo; a las vírgenes que con su prudencia mantuvieron la lámpara de su esperanza; al publicano que con su humildad recibió la justificación que viene de lo alto; al centurión que gracias a su fe no divinizó a ningún César, y así pudo reconocer al único médico del ser humano; a Pablo, capaz de afrontarlo todo con su ardor apostólico; a Pedro, transfigurado por la conversión para hacerse comunión y roca para sus hermanos; a María, a quien su fe le mereció ser la madre del mismo Amor. Necesitamos, en una palabra, ¡dejarnos evangelizar por Cristo para ser evangelizadores! La Palabra de Dios es capaz de transformar el desierto en campo fértil y hacer que la más insignificante de las semillas aun estando bajo tierra, y aparentemente sin vida, llegue a ser árbol donde se cobijen las aves del cielo. La fe se fortalece compartiéndola; cuando simplemente intentamos conservarla, le impedimos que fructifique como aquel que enterró el talento que se le había dado (cf. Mt 25,14 ss). Como Iglesia sabemos que es nuestro deber imaginar nuevos instrumentos y nuevas palabras para hacer audibles y comprensibles también en los nuevos desiertos, la palabra de la fe que nos ha regenerado para la vida, aquella verdadera, en Dios[1]. Ante todo, un sínodo es hacer juntos una experiencia de comunión y corresponsabilidad, e impulso de misión para la familia de los diocesanos. La diócesis debe valorar desde la fe en qué medida métodos, estructuras, organismos diocesanos e incluso actitudes personales le acercan o alejan de su misión. Por eso estoy convencido de que el sínodo ha de estimular tanto la renovación de las estructuras como la conversión de los corazones.

No desperdiciemos con nuestro celo lo que está haciendo germinar la fe, no sea que como Saulo, aun con los ojos abiertos, no veamos nada (cf. Hch. 9, 8). Si sabemos interpretar aspectos importantes de la vida de todos los días, ¿cómo no hacemos lo mismo con nuestra vida diocesana? (cf. Lc. 12, 56). El realismo esperanzado no pasará por alto nuestras deficiencias, pero nos ayudará a reconocer y a presentar con confianza al Señor nuestros cinco panes y dos peces. Voces propias y ajenas  intentarán desanimarnos: Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?”(Jn. 6,9). No son nuestras palabras, sino la Palabra quien parte el pan y multiplica nuestras energías.

No nos engañemos: ¡no podremos esperar del Sínodo lo que no estemos dispuestos a compartir y no exijamos a los demás lo que no esté dispuesto a aportar cada uno! La reflexión serena ayudará a no imponer nuestros criterios, no sea que con la cizaña arranquemos también el grano; nos dará paciencia para acompañar los ritmos de las comunidades, no sea que al soplar para avivar el fuego, apaguemos también el pábilo vacilante; pero también nos librará de la pasividad que escandaliza a los más débiles. Nos ayudará a reconocer con serenidad la viga en nuestros ojos (cf. Mt 7, 5) al ver las semillas de verdad en el hermano. Evitará que identifiquemos libertad con individualismo y consenso con inercia.

El Obispo reconoce el valor de cada piedra viva, pero su responsabilidad es velar ante todo, por la solidez de la casa entera. Ha de tener en cuenta los carismas de cada uno, pero siempre en función del bien de todos; ha de escuchar a todos, pero para no atender sino a Dios, Padre de todos. Todas las transformaciones, todas las crisis, nos traen algo bueno: nos reenvían al tesoro de nuestra fe, el Evangelio. Por extraño que parezca, quien es el responsable de toda la pastoral diocesana, es al mismo tiempo el que más necesita a todos para el desempeño de su tarea.

El Sínodo no es un parlamento, donde los dilemas se solventen mediante votos; éstos no representan necesariamente la concordia entre los corazones, fruto del Espíritu. Un sínodo es representación de la voluntad de la Iglesia como tal. Cada uno de nosotros, por la vocación que ha recibido sentirá sano orgullo por pertenecer al Cuerpo de Cristo, y sincera humildad por reconocerse uno de sus miembros.

Nuestra época ofrece sus dificultades pero también sus oportunidades. En cada momento Cristo nos está acompañando. Para la tarea que nos espera no partimos de cero, sino del fruto de las generaciones que nos precedieron, semilla que hoy haremos germinar. Ella será un día el pan del que otros se alimenten. No olvidemos que en este momento crucial somos responsables de que la fe perviva. Con el sentir de san Pablo hemos de agradecer a la comunidad diocesana: “Doy gracias a Dios continuamente por vosotros, por la gracia de Dios que se os ha dado en Cristo Jesús; pues en él habéis sido enriquecidos en todo; en toda palabra y en toda ciencia” (1 Cor. 1, 4-5).

[1] Cf. Sínodo de los obispos, XII Asamblea General Ordinaria (Instrumentum Laboris): La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana, Ciudad del Vaticano 2012, n. 8.

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