Monseñor Fernández González preside la Eucaristía en honor de San Martín de Tours, patrono del Seminario Compostelano

El obispo auxiliar de Santiago de Compostela, monseñor Jesús Fernández González, presidió hoy la Solemne Eucaristía en honor de San Martín de Tours, patrono del Seminario Mayor de Santiago que se celebró en la Iglesia de San Martín Pinario, con la presencia del rector del Seminario, Carlos Álvarez, el vicario general, Víctor Maroño, numerosos sacerdotes y seminaristas. En su homilía, monseñor Fernández recordó el testimonio de vida de San Martín y dijo que al seguir su vocación, la llamada de Dios, ofreció un ejemplo de seguimiento a Jesús y entrega al servicio de la Iglesia. El obispo auxiliar de Santiago de Compostela indicó, además, que la Iglesia está llamada a la evangelización, saliendo de sí misma para anunciar el mensaje de Cristo.

El Seminario Mayor compostelano celebró ayer la fiesta de su patrón, San Martín de Tours. El acto central fue una solemne celebración eucarística en el templo de San Martín Pinario presidida por el obispo auxiliar, monseñor Jesús Fernández González, quien en su homilía invitó a todos los asistentes a seguir el ejemplo de entrega y evangelización del obispo San Martín. Monseñor Fernández González recordó que en el plan pastoral diocesano para este curso se habla del anuncio evangélico y de la misericordia. Además, aludió a la celebración del Sínodo diocesano y animó a la renovación de las estructuras eclesiales y a la conversión personal. El obispo auxiliar también pidió a la Iglesia que peregrina en Santiago de Compostela promover y cuidar las vocaciones al sacerdocio, al tiempo que agradeció el trabajo y la dedicación de los responsables del Seminario en la formación de los futuros sacerdotes.

Homilía de monseñor Fernández González

* Textos: Is 61, 1-3a; Lc 22, 24-30

El profeta Isaías nos ha dejado uno de los textos bíblicos más hermosos y significativos de la Sagrada Escritura. No es de extrañar que Jesús lo adoptara como propio en el comienzo de su vida pública en la sinagoga de Nazaret. Primero el uno y luego el otro, los dos contemplan su vida como la respuesta a un envío de parte de Dios y como una labor del ES. La misión que se les encomienda y que luego asumirán todos los bautizados y, de un modo especial, los llamados al ministerio apostólico, contempla el anuncio de la Buena Noticia del amor de Dios a los que sufren, la proclamación de la libertad de los prisioneros, el consuelo de los afligidos.

En el evangelio, Jesús reafirma su voluntad de servicio: <<Pues yo estoy en medio de vosotros, como el que sirve>>, les dice a sus discípulos que, en un alarde de vanagloria, van discutiendo por el camino hacia Jerusalén sobre quién es el más importante en el reino de los cielos. Curiosamente, Jesús encabeza la comitiva que se dirige hacia la ciudad santa, lugar donde se dispone a dar la vida por la salvación de la humanidad. ¡Qué lejos están los discípulos de entender lo que significa de verdad seguir a Jesús! Pero Él, del mismo modo que les ofrece la oportunidad de afianzar su fe contemplando su rostro glorioso en la cima del monte, les reanima en la esperanza anunciándoles un final feliz: <<Comeréis y beberéis a mi mesa en mi Reino y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de Israel>>. El paso del tiempo demostró que la acción formativa de Jesús dio el fruto apetecido en los discípulos de la primera hora. En efecto, en el momento decisivo, fueron capaces de dar la vida por el Maestro en servicio a la misión que les había encomendado.

Jesús, en la sinagoga, se había mostrado convencido de la presencia del Espíritu de Dios en su vida y había hecho suya la llamada que había experimentado el profeta Isaías para anunciar la Buena Noticia, proclamar-celebrar el año de gracia del Señor, vendar los corazones desgarrados. La Iglesia está llamada a continuar la obra de Jesucristo a través del ministerio profético, sacerdotal y real: ¿somos conscientes de ello?

En esta cultura en que estamos inmersos, en la que el hombre toma el protagonismo a la hora de elegir su modo de vida y su profesión, quedando oscurecido el concepto de vocación entendida como llamada de Dios, ¡que bien nos viene mirar a s. Martín de Tours, nuestro patrono que, como Jesús y como Isaías tiene conciencia clara de ser llamado por Dios a la tarea evangelizadora y deja su profesión militar para entregarse en cuerpo y alma a ella.

Nuestra Iglesia se empeña especialmente en atender a los que ya están dentro, a las personas más o menos convencidas y que, sobre todo, cumplen con la asistencia a los actos religiosos. Pero el Señor nos dijo que saliéramos a anunciar el evangelio. También el Papa Francisco nos repite con insistencia que prefiere una Iglesia accidentada por salir a los caminos del mundo que enferma porque queda encerrada entre sus cuatro paredes. También en este sentido nos puede ayudar el testimonio de s. Martín. El obispo francés se aplicó mucho en la actividad misionera y en la predicación. Situémonos en el siglo IV, es decir, en los albores de la civilización cristiana. S. Martín iba por las zonas rurales de Francia –recuérdese que fue nombrado obispo de Tours a los 55 años- y allí dejaba responsables de las comunidades, dando así origen a muchas parroquias. En un momento de paganismo ambiental, no sólo realizó el primer anuncio evangélico, sino que también estableció estructuras parroquiales en el mundo rural.

No estamos en un momento fácil para el anuncio de Jesucristo. Muchos hoy no han oído hablar de Él, pero están cargados de prejuicios en su contra. Por eso es necesaria una labor valiente que despeje las mentes y abra  los corazones a la verdad de Jesucristo. Y, como la mayoría de la gente no viene a nuestros espacios religiosos, tendremos que salir a los caminos por los que transita el hombre de hoy: la religiosidad popular, los hospitales, el Camino de Santiago, el voluntariado… También se necesitan cambios estructurales introduciendo en las parroquias la pastoral sectorial y una mayor participación de todos los ministerios y carismas. A la renovación de la parroquia hay que añadir también la puesta en marcha de estructuras pastorales nuevas que permitan formar comunidades vivas, orgánicas y corresponsables allí donde no sea posible una parroquia evangelizadora. Estamos hablando de la creación de las Unidades pastorales.

Por otra parte, el obispo Martín también destacó por su valoración de los distintos carismas con que el Espíritu Santo enriquece a la Iglesia al introducir en Francia la vida religiosa comunitaria. Vivió en una cabaña cerca de Poitiers y se le juntaron 80 compañeros más. En este Año de la Vida Consagrada, mirar a s. Martín nos ayuda a comprender la grandeza de este don de Dios y de la acción del Espíritu que enriquece a su Iglesia con valores, entre los cuales Cristo emerge como el valor absoluto. El que se determina por Él no necesita nuevos tesoros, ni nuevos amores, ni nuevos señores.

Una de las notas esenciales de la Iglesia es la comunión. Por desgracia, con demasiada frecuencia asistimos a atentados contra esa comunión, a escándalos más o menos grandes que, en el contexto de una cultura laicista y agigantados por terminales mediáticos agresivos, debilitan nuestro sentido de pertenencia a la familia eclesial. ¡Qué bien nos hace contemplar a s. Martín, hombre amante de la Iglesia y de la comunión en ella!  En efecto, nuestro patrono destacó sobre todo por su mediación  pacificadora entre los clérigos. Incluso estando moribundo intervino para poner reconciliación y concordia entre ellos.

Estamos en vísperas de la celebración del Día de la Iglesia diocesana. Con el lema “Una Iglesia y miles de historias gracias a ti” se nos recuerda que la pertenencia a la Iglesia es un gran regalo y que, compartiendo nuestros talentos y servicios, escribimos cada día una página preciosa de esa historia de historias. La escriben diariamente miles y miles de personas comprometidas con sus comunidades parroquiales. También los numerosos voluntarios que trabajan en las Cáritas. Concretamente, esta organización diocesana está cumpliendo los 50 años desde su fundación. Reciba desde aquí nuestro reconocimiento y gratitud.

El Programa pastoral diocesano para este curso nos recuerda que somos “Una diócesis al servicio de la misericordia”. Este lema que nos une a la celebración del Año Jubilar de la Misericordia convocado por el Papa Francisco para la Iglesia universal, nos invita a la acogida generosa a los peregrinos, a los inmigrantes y refugiados; también a los pobres y sufrientes de este mundo. Contemplar, celebrar, anunciar y vivir la misericordia son tareas pendientes para este año próximo. Sin olvidar el reto que supone para todos la celebración del Sínodo diocesano, verdadera oportunidad para la conversión personal y pastoral.

También la contemplación de nuestro patrono s. Martín compartiendo la capa con el mendigo nos anima a vivir la caridad y a hacer efectiva la misericordia de Dios en nuestro trato diario con los necesitados. Que la eucaristía que seguimos celebrando y la intercesión del santo alimenten nuestra generosidad al plantear vocacionalmente nuestra vida, al valorar los dones y carismas con que el Espíritu Santo enriquece a su Iglesia, a la hora de amar a la Iglesia y edificarla en la comunión y, en fin, en el momento de hacer efectivo el amor y la misericordia de Dios en nuestro trato con los demás. Que así sea.

+ Jesús Fernández González
Obispo Auxiliar de Santiago

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