Palabras de Monseñor Julián Barrio en la apertura de la Asamblea diocesana

Queridos diocesanos:

Me dirijo a todos vosotros, presbíteros y diáconos; miembros de Vida Consagrada y laicos, familias y jóvenes que peregrináis en esta Iglesia compostelana, pidiendo que busquéis, encontréis y améis a Cristo, que seáis sal y luz en medio del mundo, que iluminéis con vuestra vida de fe y de caridad todas las actividades humanas, en el propio hogar, la escuela, la vida laboral y la parroquia, para que infundáis este espíritu cristiano en toda las actividades humanas a fin de construir la ciudad de Dios en medio de la ciudad de los hombres. Mi gratitud a quienes han colaborado en la preparación y la organización de esta Asamblea y a todos vosotros por vuestra participación.

En este curso pastoral hemos tratado de analizar la conciencia de nuestra presencia y pertenencia a la comunidad diocesana, para asumir la responsabilidad pertinente. Hemos continuado nuestros trabajos del Sínodo diocesano. Todo ello unido a los acontecimientos de la vida de la Iglesia en general como son el Año de la Vida Consagrada, el jubileo del V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa de Ávila y la preparación para el Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia. Agradezco que estas efemérides hayan encontrado eco en las diferentes iniciativas diocesanas que nos señalan los objetivos como dice el Papa de mirar al pasado con gratitud, vivir el presente con pasión y abrazar el futuro con esperanza. Se trata de apelar a nuestra responsabilidad libre y fiel.

Percibimos que la presencia numérica de Vida consagrada, tanto contemplativa como apostólica, en nuestra comunidad diocesana ha ido disminuyendo. “La vida consagrada es un don hecho a la Iglesia, nace en la Iglesia, crece en la Iglesia, está totalmente orientada hacia la Iglesia” (Mons. Bergoglio en el Sínodo Episcopal del año 1994). Damos gracias a Dios por los consagrados que peregrinan en nuestra Diócesis. Por otra parte, el número de sacerdotes que trabajan abnegadamente en las más variadas parcelas de la actividad pastoral de la Diócesis cada vez va siendo menor, sintiéndose agobiados por el activismo de los fines de semana. Vemos con esperanza la incorporación de los laicos a las tareas diocesanas: Sacerdotes, miembros de vida consagrada y laicos vivimos la fraternidad en el Pueblo de Dios. En este horizonte queremos movernos con vitalidad misionera y no simplemente resistiendo y aguantando.

Es necesario un nuevo estilo pastoral. El se ha hecho así toda la vida, no quiere decir que lo tengamos que seguir haciendo igual. Todos los miembros del Pueblo de Dios estamos llamados a una permanente tarea misionera, a ser evangelizadores con espíritu (EG 262-283). Esta es una llamada permanente del Espíritu de Dios a la Iglesia. “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1).

Nuestra sociedad está afectada por el olvido de Dios y el debilitamiento de la fe con las consecuencias negativas para la persona, la familia y las parroquias. Se elude cualquier referencia religiosa por considerarla inútil e infundada. “En la vida pública este silencio sobre Dios se ha hecho como una norma indiscutible. Este silencio va produciendo como una falta generalizada de aprecio y valoración no sólo del cristianismo sino de cualquier referencia religiosa”. Esto nos urge a favorecer una transformación misionera de nuestra iglesia diocesana, de nuestras parroquias y de nuestras comunidades. La preocupación urgente es dar respuesta a los desafíos pastorales. “Juan Pablo II nos invitó a reconocer que «es necesario mantener viva la solicitud por el anuncio» a los que están alejados de Cristo, «porque ésta es la tarea primordial de la Iglesia». La actividad misionera «representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia» y «la causa misionera debe ser la primera». ¿Qué sucedería si nos tomáramos realmente en serio esas palabras? Simplemente reconoceríamos que la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia… «No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos»… Hace falta pasar «de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera». Esta tarea sigue siendo la fuente de las mayores alegrías para la Iglesia: «Habrá más gozo en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15,7)” (EG 15). Este nuevo estilo de pastoral ha de contar con la disponibilidad de los consagrados, respetando siempre su carisma, y con los laicos a quienes queremos ofrecer un proceso de formación y de experiencia de vida religiosa.

Por otra parte no nos han sido ajenas las situaciones sociales de nuestra gente en la diócesis y fuera de ella. Ahí está la respuesta solidaria del voluntariado en nuestra diócesis, parroquias y comunidades que sirve en muchas instituciones de nuestra Diócesis, especialmente en Cáritas ayudando y atendiendo a los más débiles de la sociedad. “La regeneración social nace de las virtudes morales y sociales, y para un cristiano viene a fortalecerse con la fe en Dios y la visión trascendente de la existencia, lo que conlleva un irrenunciable compromiso social en el amor al prójimo, verdadero distintivo de los discípulos de Cristo”.

“Ojalá que el mundo actual, que busca a veces con angustia, a veces con esperanza, pueda recibir la Buena Noticia no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en si mismos, la alegría de Cristo y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo” . Encomiendo con vosotros esta intención al patrocinio del Apóstol Santiago, y del patriarca San José y a la intercesión de la Virgen María. ¡Feliz día de la Asamblea diocesana!

firma+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela

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