INTRODUCCIÓN

Hemos intentado vivir la Cuaresma en el marco de las Bienaventuran­zas. Sabemos bien el camino que nos lleva a la dicha. Sabemos bien las actitudes que necesitamos vivir para rebosar de alegría. Repasamos las Bienaventuranzas. Y si nos parecen difíciles, miremos al gran Bienaventu­rado, nuestro Señor Jesucristo. Él es el verdadero camino de la libertad y de la felicidad.

Estamos ya muy cerca de la Pascua: es la fiesta de la victoria final: victoria de la luz sobre las tinieblas, de la alegría sobre el dolor, de la santidad sobre el pecado, de la vida sobre la muerte. Queremos participar de esta victoria de Cristo. Pero esto exige seguir su camino, pasar por donde él Pasó. Exige pasar por la muerte. No hay Pascua sin muerte.

Pablo nos explica muy bien qué significa eso de morir con Cristo para re­sucitar con él. Morir al hombre viejo, al pecado, para revestirse de la vida del Espíritu.

ORACIÓN

Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que viva­mos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo.
(Oración colecta: Domingo 5.
a Cuaresma)

PARA INTERIORIZAR

Que tu gracia nos ayude. No podemos nada con solo nuestro esfuerzo. La cuestión es, sobre todo, obra de la gracia. Necesitamos, Padre, tu gracia, tu luz, tu ayuda, la fuerza de tu Espíritu.

  • Para vivir del amor de tu Hijo. Lo que pedimos al Padre no es sólo que no perdone, que nos quite el pecado, el vestido viejo, pedimos luz, pe­dimos vida, pedimos amor. Pedimos una participación del amor de Cristo.

  • Que le movió a entregarse a la muerte. No hablamos de un amor cual­quiera. Hablamos del amor de Jesucristo, que es el más auténtico y más grande amor que se haya dado en la tierra. Es un amor divino. Le llevó a darlo todo y darse todo, a dar la propia vida. Nadie tiene amor más grande…

  • Por la salvación del mundo. Se entregó a la muerte por nosotros. Se en­tregó a la muerte para salvarnos de la muerte. Murió para darnos vida. Se perdió para salvarnos.

Envía la salvación del mundo, de todos. Pero murió también por mí, para salvarme a mí. En su muerte pensaba en mí, en su resurrección también pen­saba en mí.

SÍMBOLO

  • Cristo crucificado. Ante él repetimos la oración. Su amor le movió a en­tregarse por la salvación del mundo, por mí.

  • Ante el Cristo crucificado podemos nuestro pecado. Él es el Cordero que quita el pecado del mundo.

  • Ante el Cristo crucificado ponemos escribir nuestra oración: que nos ayude a vivir como él, por amor. Que nos ayude a comprender su miste­rio de entrega y su capacidad de perdón.

  • Ante el Cristo crucificado podemos dejar constancia de nuestro agrade­cimiento y nuestro amor.

Puede hacerse con tres besos, después de recibir la gracia del sacramento:

  • Besos de arrepentimiento: en los pies.

  • Besos de amistad: en las manos.

  • Besos de amor enamorado: en el costado.

  • Las Bienaventuranzas. Pueden colocarse en lugar destacado, como pun­to de referencia.

  • Icono del hijo pródigo. Como expresión de la misericordia de Dios y de la necesidad de nuestra conversión.

  • Sandalias gastadas: por los muchos caminos recorridos.

MOMENTO DE ORACIÓN

ORACIÓN ANTE JESÚS CRUCIFICADO

  • Enséñame, Jesús, la cara del pecado -mi pecado-,
    su fealdad y su malicia, su fuerza desgarradora y destructiva,
    su ceguera y tiranía.

  • Enséñame, Jesús, el sacramento del dolor,
    lo que duelen las espinas y los clavos,
    el dolor del alma y abandono,
    y el peso de gracia que conlleva.

  • Enséñame, Jesús, el misterio del amor,
    el calor de ese fuego encendido en el madero,
    el latido interno del costado,
    la química de la sangre derramada.

  • Enséñame, Jesús, la profundidad de tu mirada,
    la densidad de tus palabras, de tus gritos,
    el valor de tus silencios, de tu angustia,
    y la gloria redentora de tu cruz.

LECTURAS

DEL LIBRO DE LAS CONFESIONES

Escuchemos algunas reflexiones de San Agustín, cuando era todavía pródigo. Nos habla del vacío y la amargura originado por el orgullo y la sensualidad.

  • «Durante nueve años -desde los diecinueve a los veintiocho- fui a la vez seducido y seductor, engañado y engañador (…). Me comportaba como un soberbio en mi actividad y como un supersticioso en lo religio­so, y siempre como un hombre vacío (…). Perseguía la popularidad, los aplausos en el teatro, el éxito en los certámenes poéticos, la rivalidad por alcanzar una corona de heno, el montaje de espectáculos y el desen­freno de la concupiscencia (…).

    Al volver y pasar por una de las calles de Milán, me fijé en un po­bre mendigo que, despreocupado de todo -eso me pareció-, reía feliz. Yo entonces interiormente lloré. Me acompañaban unos amigos y les dije que era nuestra ambición la que nos hacía sufrir y nos tortu­raba, porque todos nuestros esfuerzos, como ese deseo de triunfar que me atormentaba, no hacía más que aumentar la pesada carga de nuestra infidelidad. Que era nuestra sensualidad la que nos hacía arrastrar esa pesada carga de amargura». (Confesiones, L. IV, 1; L. VI, 6. cf L. VIII, 3).

Rm 5, 1-2. 5-8

La justificación no nos viene por nuestro esfuerzo, como sino por Cris­to. Por él nos viene la paz del alma, que tanto necesitamos. Por él nos vie­ne la esperanza de llegar a ser hijos de Dios. Por él nos viene todo el amor de Dios, manifestado espléndidamente en la cruz y personalizado en el Es­píritu Santo.

Lc 15, 1-3. 11-32

Si tuviéramos que pintar en una tabla la parábola del hijo pródigo, tendría­mos que escoger un tríptico, con dos partes muy oscuras y tristes a los lados y un sol espléndido en el centro. Este centro es el que importa y es el que quería destacar Jesús. Las tinieblas son muy fuertes a un lado y a otro, por el despil­farro o el orgullo religioso, siempre por la ingratitud. Pero la fuerza solar, energía central de amor, puede siempre a la noche.

Jesús no se inventa la historia porque sí. Jesús está dejando hablar al sol. Atacaron las tinieblas por una parte y otra, y el sol contestaba con resplando­res crecientes.

El contexto histórico se refiere a la actitud misericordiosa de Jesucristo con los pobres y pecadores y el rechazo frontal de los fariseos hacia ese com­portamiento «escandaloso». Está motivada más por la postura orgullosa del hermano mayor, aunque entre en escena más tarde, que por la irresponsabili­dad del hijo pequeño.

Jesús era realmente un sol. Brillaba por su cercanía entrañable hacia to­das las miserias humanas. Tocaba a los leprosos y se dejaba tocar por los enfermos, abrazaba a los niños, se dejaba besar por las prostitutas y comía con los pecadores. Jesús reiteró varios argumentos para clarificar esta con­ducta:

  • «No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos» (Mt 9, 12).
  • «Misericordia quiero y no sacrificio» (Mt 9,13).
  • «He venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10).
  • «No he venido a juzgar, sino a salvar» (Jn 3, 13).
  • «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9, 13).

Como estas razones no eran suficientes, utilizaba Jesús el método de la parábola, como un espejo, para que todos se miren en ella y vea cada uno su corazón. La parábola es una limpia y ajustada radiografía de corazones.

1. LA TRISTEZA DEL PECADO

Lo sabemos desde Adán y Eva. Después de saborear la manzana, sintieron el vacío, la vergüenza y la tristeza. Aparecen los sudores, los dolores y las lágrimas.

Lo sabemos desde Caín. Después de arrastrar al hermano en el torrente de cólera envidiosa, probó la amargura de la soledad y el martilleo depresivo de la conciencia, la angustia de la huida sin descanso.

Lo sabemos desde el hijo pródigo, que añoraba, entre el hambre y los puercos, el pan y el calor de la familia. También conocemos la tristeza del hijo cumplidor, pero que sufría de ceguera y de frialdad en el corazón.

Tantos y tantos ejemplos. San Agustín describe magistralmente esta expe­riencia universal. «Llegué a hacerme a mí mismo una región solitaria y un país desierto, donde reinan la pobreza y la necesidad». Podemos también recordar nuestras propias experiencias. Encontramos…

  • La tristeza de no amar, de quedarte solo, encerrado en tu egolatría.
  • La tristeza de no compartir, llenos de cosas, pero vacío.
  • La tristeza de no vivir en la verdad, de no ser transparente, obligado a la mentira y la farsa.
  • La tristeza de no ser libre, de no poder ser tú mismo, sometido a vilezas, miedos y pasiones.
  • La tristeza de no crecer, de no crear, de resignarse a la mediocridad y el conformismo.
  • La tristeza de no alegrarse con los demás, dejándote envenenar por la envidia y la ruindad.
  • La tristeza de no creer, no confiar, no abrirte a otra realidad.
  • La tristeza de no esperar, de no soñar, del pesimismo y el desencanto, de mirar siempre hacia atrás.

Es la tristeza de no vivir las Bienaventuranzas. Es la tristeza de no ser san­tos. Pedimos con fuerza a Dios que nos libre de nuestras tristezas y nos prepa­re para dejarnos invadir por las alegrías pascuales.

2. EL ESFUERZO DEL RETORNO

La depresión psicológica es difícil de curar. Más difícil todavía de superar es la depresión espiritual, entrar en el juego del pecado es seductor; pero li­brarse de sus cadenas exige un esfuerzo más que natural. Ejemplos patentes y dramáticos los vemos cada día en cualquier «adicto» o en cualquiera que se esfuerce por salir de su etapa purgativa. El camino de la huida está despejado y se recorre cuesta abajo; el camino del retorno resulta una difícil escalada.

Alcanzar la propia liberación es algo que no se termina. Por eso es más có­modo quedarse donde está. La espiritualidad del diván. Inalcanzable parece también el camino de la verdad. No digamos el camino de la fe. No digamos el camino del amor. Sí, sabemos que aquello es mejor, pero nos puede lo peor. Volver a la casa del Padre es lo mejor, pero nos da miedo o vergüenza o can­sancio… y nos falta decisión.

Quisiera ser más pobre, moderar mis gastos, más solidario, más voluntario, pero me atan mis comodidades y mis gustos y caprichos. Quisiera confiar más y ponerme ciegamente en las manos de Dios, pero me pueden mis miedos y mis dudas. Quisiera rebajar mi orgullo, superar mi pereza, dominar mi genio, pero eso, me quedo en deseos. Lo intento una vez y otra, pero una vez y otra vuelvo a fracasar.

Salir de nuestro pecado sólo es posible con la ayuda de la gracia: una luz, una palabra, una inspiración, un ejemplo. A veces, muchas veces, la gracia nos viene por enfermedad, un dolor o un fracaso.

Señor Jesús, ¡cómo necesito tu gracia para superar los obstáculos que se in­terponen en el camino de mi conversión! Necesito estar siempre convirtiéndo­me. Y sentir que ésta ya es una gracia tuya. Que tu gracia me une, me ilumine, me seduzca, me venza y me transforme, para que yo pueda llegar hasta ti.

3. LA ALEGRÍA DEL ENCUENTRO

Una doble alegría, para el hijo que retorna y para el Padre que recupera; para el pecador que se convierte y para Dios que reencuentra.

Una gran alegría, para el hijo que, al fin, se encontró entre los brazos de su padre. Éste no le pide cuentas, le transmite en silencio su perdón, sin repro­che. El pródigo se siente llamar hijo, se siente agraciado y dignificado. Una ternura inmensa le sube del corazón a los ojos, con muchas lágrimas. El pasa­do sólo se recordará para medir la gracia actual.

Una gran alegría para el pecador, que ha medido el abismo de su miseria y puede valorar la distancia y la diferencia entre el pasado y el presente. Sabe lo que es estar solo y lo que estar en casa, lo que es tener hambre y lo que es sen­tarse a la mesa bien abastecida, lo que es ser esclavo y lo que es ser libre. Sabe agradecer y valorar cada detalle.

Y una gran alegría para el Padre que recupera al hijo perdido, y que lo re­cupera con salud, como si se tratara de una resurrección. Gran alegría para el Padre, porque la del hijo es suya, porque la dignidad del hijo es gloria suya. El hijo recuperado es la mejor joya de su corona. Hay gran alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta. Un pecador convertido es una fuente de bien, una partida ganada al enemigo, una esperanza cumplida, una oportuni­dad para nuevos progresos y conversiones. No se alegra Dios por egoísmo, sino por el bien de sus hijos, por el triunfo de la luz y del amor.

Ahora sé que si yo me convierto -cada día puedo hacerlo- daré una gran alegría a Dios. También si ayudo en la conversión del hermano. Yo pue­do hacer feliz a Dios.

«Lo mismo que una madre se siente feliz cuando ve la primera sonrisa de su hijo, así se alegra Dios cada vez que un pecador cae de rodillas y le dirige una oración hecha de todo corazón» (F. DOSTOIEWSKY).

A MODO DE EXAMEN

SOMOS EL HIJO PRÓDIGO

  • Cuando vivimos volcados hacia afuera, en huida constante.

  • Cuando nos dejamos atrapar por el consumo.

  • Cuando nos olvidamos del Padre, no oramos, ni vivimos en su presencia.

  • Cuando no sabemos valorar ni agradecer tanto don y tanta gracia.

  • Cuando vendemos nuestra dignidad y nuestra herencia por unas bello­tas o una juerga.

  • Cuando gastamos irresponsablemente.

  • Cuando nos esclavizamos por los apegos y vicios.

  • Pero también cuando reflexionamos y reconocemos nuestra pobreza.

  • Cuando nos levantamos y nos dejamos iluminar.

  • Cuando decidimos volver y nos dejamos amar.

SOMOS EL HERMANO MAYOR

  • Cuando hacemos las cosas por cumplir.

  • Cuando no vivimos lo que profesamos.

  • Cuando mercantilizamos la religión.

  • Cuando juzgamos y condenamos a los demás.

  • Cuando nos comparamos y nos creemos mejores.

  • Cuando somos orgullosos y despectivos.

  • Cuando no salimos de nuestros refugios.

  • Cuando no salimos en busca del hermano.

  • Cuando tenemos el corazón pequeño y frío.

  • Cuando no somos capaces ni de amar ni de dejarnos amar.

INVOCACIONES AL PADRE

(Se apagan las luces. A cada invocación se enciende una vela y se coloca en el altar. Al terminar, se enfoca con intensidad al Cristo crucificado que preside.)

  • Perdona, Padre, nuestra ingratitud.

  • Perdona, Padre, nuestra lejanía y olvido.

  • Perdona, Padre, porque no te rezamos.

  • Perdona, Padre, por hacerte sufrir.

  • Perdona, Padre, porque no hacemos tu voluntad.

  • Perdona, Padre, porque no te amamos.

  • Perdona, Padre, porque no nos amamos.

  • Perdona, Padre, porque nos creemos buenos.

  • Perdona, Padre, porque juzgamos a los demás.

  • Perdona, Padre, porque confiamos en nosotros mismos.

  • Perdona, Padre, porque nos gloriamos en nuestros méritos.

  • Perdona, Padre, por nuestra falta de acogida al hermano.

  • Perdona, Padre, por nuestra tristeza.

  • Perdona, Padre, por rechazar tu invitación.

DOCUMENTACIÓN Y TESTIMONIO

1. JESÚS, YO TE AMO, YO TE ADORO

Jesús,
que predicaste la buena nueva a los pobres,

que proclamaste la libertad de los cautivos,

que liberaste a los oprimidos,

yo te adoro.

Jesús,

amigo de los pobres,
alimento de los hambrientos,

médico de los enfermos,

yo te adoro.

Jesús,

acusador de los opresores,

maestro de los sencillos,

que ibas haciendo el bien,

yo te adoro.

Jesús,

maestro de paciencia,

modelo de amabilidad,

profeta del Reino de los cielos,

yo te adoro.

(COWARD McCANN)

2. MI DIOS ES AMOR

EL DIOS EN QUIEN YO CREO

CREO en el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo tal como el mismo Jesús nos lo revela en sus palabras, obras, vida, muerte y resurrección. Éste es el Dios a quien me apunto, el Dios por quien apuesto:

  • el Dios que nos quiere tanto que se encarna, se hace hombre de carne y hueso, frágil y vulnerable como nosotros;

  • el Dios que se retrata en la parábola del Padre Pródigo del hijo pródigo y en tantas otras parábolas y escenas evangélicas;

  • el Dios infinitamente misericordioso que nos ama y perdona gratuita­mente y sin reservas como sólo Él, que es amor, puede hacerlo;

  • el Dios-Amor, que nos crea a su imagen y semejanza;

  • el Dios-Amor, que libera y humaniza; (…)

  • el Dios que nos alienta a crear una Humanidad regida por el amor, la justicia, la paz y la solidaridad;

  • el Dios que es amor, todo amor y nada más que amor, que no puede ni sabe ni quiere hacer otra cosas que amar;

  • el Dios, «la Fonte que mana y corre» desde el fondo de mi ser y de todos los seres, dándonos gratuitamente existencia, vida, fortaleza y capacidad de gozo; (…)

  • el Dios que siente debilidad por lo más desfavorecidos, excluidos y mar­ginados entre nuestros hermanos y hermanas;

  • y el Dios que nos espera, a todos sin excepción, con los brazos y el cora­zón abiertos de par en par, en la otra orilla para fundirse con nosotros en un abrazo sin fin.

(JOSÉ-VICENTE BONET, O.C.)