Saludo de Bienvenida al principio de III Asamblea de ACG

Presidente de Acción Católica General
Presidente de la CEAS
Obispo Consiliario de la Acción Católica General
Presidenta de la Acción Católica General Diocesana
Ponentes y participantes en esta Asamblea Nacional

En nombre de todos los que formamos esta Iglesia particular de Santiago de Compostela, reciban nuestra afectuosa bienvenida y cordial hospitalidad. Bienvenidos a la Ciudad del Apóstol Santiago, “la ciudad espiritual, desde el mismo momento en que el Apóstol la eligió como sepultura; la ciudad histórica y terrena, desde que Alfonso el Casto mandó edificar la primera basílica. Ambas estaban desde el principio en la mente de Dios”[1]. Desde que supimos que vendrían, les hemos acompañado en la alabanza y súplica, en la confianza y esperanza, lo que experimenta el peregrino[2].

Bienvenidos a este encuentro que nos ayudará a potenciar la comunión en la Iglesia en España, con el hilo vertebrador de la ACG, “un don providencial” que estimamos y valoramos para el apostolado laical. Necesitamos la AC, al margen de prejuicios, para dar una respuesta esperanzadora y clara a una cultura secularizada que fomenta y reclama modelos de vida sin Dios. Es innegable que “movimientos y nuevas comunidades se han convertido para millones de bautizados, en todo rincón del planeta, en verdaderos laboratorios de la fe, auténticas escuelas de santidad y de misión”[3] pero estos carismas en modo algo quitan razón de ser a la AC que es una llamada aunque sea a última hora, a trabajar en la viña del Señor. Es un don para el servicio de la misión de la Iglesia que hemos de acoger cordialmente. Vuestra presencia es memoria, realismo e intuición profética. Memoria que nos lleva no a la añoranza, sino a evocar el afán apostólico y a mirar fielmente nuestro pasado de fe. Realismo que nos invita a tomar conciencia de los desafíos del presente y de los esfuerzos que se realizan. Intuición profética para mirar hacia el futuro y tratar de consolidar la obra iniciada. Son perspectivas para intuir lo que la Iglesia nos está pidiendo en estos momentos y desde las que nos invita a comprometernos en la tarea de transmitir la alegría del Evangelio, reformándonos para servir mejor a la humanidad.

“Es indudable que el rostro de la Iglesia del tercer milenio dependerá de nuestra capacidad de escuchar lo que el Espíritu Santo dice hoy a la Iglesia”. Detrás de la AC actual hay hombres y mujeres, jóvenes y niños, educadores y sacerdotes consiliarios, ricos en virtudes cristianas, que fueron trabajando al servicio del Reino de Dios y de la Iglesia. “Es un testimonio tangible de una santidad rica en luz y amor, y documento de identidad más auténtico”.

En esta dinámica necesitamos ser acompañados logrando síntesis siempre nuevas entre el anuncio de la salvación de Cristo al hombre de nuestro tiempo y la promoción del bien integral de la persona y de toda la familia humana para lograr ser “ciudadanos dignos del Evangelio y ministros de la sabiduría cristiana para un mundo más humano”, siendo testigos y profetas.

“La novedad cristiana encuentra su fuente en la libertad espiritual que libera del decaimiento y de los obstáculos”[4] y se expresa con lo paradójico de las Bienaventuranzas. Esta novedad, “vivida a veces con grandes sacrificios por los discípulos de Jesús, impide que la humanidad se repliegue en si misma y se deje guiar por la búsqueda ávida de los bienes a detrimento del respeto y del amor que cada uno debe tener por todos sus hermanos. En este sentido, es un combate sin tregua que se debe llevar adelante a través de los siglos, que finalizará solamente con la consumación de la historia, cuando el Hijo del hombre vendrá en la gloria a juzgar a vivos y muertos”[5]. Estamos llamados a ser  “signos de contradicción”.  “La vida sólo puede ser comprendida mirando para atrás: más sólo puede ser vivida mirando para adelante”.

Para esta Iglesia particular de Santiago de Compostela es motivo de profunda alegría la presencia de    todos Vds., un honor y un acontecimiento que recogerá puntualmente la historia compostelana. Los caminos de la ACG de la Iglesia que peregrina en España convergen aquí en Santiago. Esta Ciudad del Apóstol, de manera especial en estos días se hace un Emaús de encuentro, de acogida, y de reflexión. Ya sé que el venir hasta aquí no es con la intención de alejarse de “la Jerusalén” en que cada uno tiene que cumplir el encargo que nos dio el Señor Jesús: “dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios a través de la caridad” (Hch 20, 24).

Sintiéndonos “peregrinos por gracia aquí abajo, ciudadanos por gracia allá arriba”, como escribe san Agustín, damos gracias a Dios. Les acogemos en la caridad como los discípulos de Emaús acogieron a Jesús después de haber caminado en su compañía. “No pueden ser ajenos a la caridad aquellos con quienes camina la verdad”.

Expreso el deseo y pido al Señor una Acción Católica que responda a las pregunta del hombre de nuestros días, haciéndome eco de la palabra orante que Dante ponía en boca de Beatriz dirigiéndose al Apóstol Santiago: “Haz que desde aquí resuene la esperanza”, sabiendo que Cristo Resucitado es la nueva esperanza sobrenatural que no anula la natural. Al comienzo de este encuentro es oportuno recordar que la existencia ha de comprenderse como don y tarea para el hombre, en la que se defienda la dignidad de la persona como algo sagrado e inviolable, en la que el prójimo sea aquel de quien cada uno se hace responsable y en la que la vida de cada uno se ponga al servicio de los demás. Que el Apóstol Santiago haga resonar desde aquí la esperanza para que reflejemos cada vez mejor el Evangelio, de forma que el rostro de Cristo resplandezca con todo su fulgor para la paz y el gozo de todos. Como a los peregrinos les digo Eultreia (Adelante) Esuseia (Arriba). Bienvenidos.

[1] G.TORRENTE BALLESTER, Compostela y su ángel, Madrid 1998, 55.
[2] Cf. P. BEAUCHAMP, Psaumes nuit et tour, París 1980, 147.
[3] Card. RYLKO.
[4] Card. JEAN-MARIE LUSTIGER, Testigos de la novedad de vida: Congreso del Laicado católico, Roma 2000, 202-203.
[5] Ibid., 211.

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