Saludo de monseñor Barrio a la llegada de la imagen peregrina de la Virgen de Fátima

Esta tarde nos dirigimos a María diciéndole que aquí nos tiene, trayendo con renovada esperanza nuestra ofrenda de gratitud y de súplica, confiados en la intercesión de su mediación ante su Hijo Jesucristo, nuestro salvador, y dispuestos a acoger el mensaje esperanzador en Fátima.

También como Isabel nosotros decimos: “¿Quiénes somos nosotros para que nos visite la madre de nuestro Señor?” “Dichosa tú, que has creído”. Hablar de la fe en la vida de María es referirnos a una vida de unión con Dios, de obediencia filial y de negación de si misma. Ella más que ninguna otra criatura, vivió en forma concreta y constante el ejercicio vigoroso de su fe, que la impulsaba a servirse de toda ocasión para elevar sus pensamientos y demás afectos a Dios, sorprendida y admirada por lo que el Señor realizaba en ella, guardando en su corazón todo aquello que no entendía para hacerlo objeto de su atenta contemplación. Su fe le llevaba en medio de las pruebas a confiar en la Providencia Divina. Dios confió en ella y ella confió en Dios.

María respondió a Isabel con el canto del Magnificat que pone de relieve los auténticos valores sobre los que hemos de fijarnos para que el Reino de Dios sea una realidad en medio de nosotros. El mensaje de la Virgen de Fátima hace referencia a la realidad del pecado que corrompe y desfigura a la humanidad; muestra a los niños su Corazón inmaculado coronado de espinas, y les dice que son necesarios la oración y la penitencia, el sacrificio y el sufrimiento para reparar los numerosos males que ofenden a Dios, y reine en el mundo la paz.

La Iglesia nos invita a que contemplemos a la Virgen de Fátima como  esperanza y aurora de salvación. Una lección maternal para nosotros que frecuentemente nos sentimos angustiados en medio de los acontecimientos en que vivimos, turbados en el ánimo por el enigma de la muerte y divididos en el corazón.

San Juan Pablo II, nos recordó que María, Nuestra Madre celestial, vino para sacudir las conciencias, para iluminar el auténtico significado de la vida, para estimular la conversión del pecado y el fervor espiritual, para inflamar las almas de amor a Dios y de caridad hacia el prójimo. María vino a socorrernos. «El mensaje de Fátima es, en su núcleo fundamental, una llamada a la conversión y a la penitencia, como en el Evangelio. A lo largo de todo el Evangelio resuenan las palabras arrepentíos y haced penitencia. «Penitencia es tratar siempre con la máxima caridad a los otros. Es atender con la mayor delicadeza a los que sufren, a los enfermos, a los que padecen. Es interrumpir o modificar nuestros programas, cuando las circunstancias -los intereses buenos y justos de los demás, sobre todo- así lo requieran. Fátima sigue siendo un faro de esperanza consoladora y un fuerte estímulo a la conversión. María espera la respuesta de todos sus hijos. Queridos hermanos y hermanas, acojamos su invitación y permanezcamos fieles a nuestra vocación cristiana, ofreciendo cada día oraciones, especialmente el santo rosario, y nuestros sufrimientos, para la reparación de los pecados y la paz en el mundo.

 

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