Saludo de monseñor Barrio a los sacerdotes del Camino de Santiago

Bienvenidos todos a este encuentro en el que nos guía la clave “La Iglesia en los Caminos” para interpretar la acogida cristiana de los peregrinos. En este sentido quiero con Vds. asomarme al brocal del pozo de la peregrinación, preguntándome en primer lugar ¿qué es peregrinar?

Sentido de la peregrinación jacobea

Peregrinar cristianamente es encontrarse y encontrarnos, purificarnos interiormente con espíritu penitencial y vivir la comunión con Cristo como respuesta a nuestra exigencia espiritual constitutiva. El peregrino entra dentro de si mismo para dar sentido a las huellas de su caminar en el espacio y en el tiempo, sabiéndose necesitado de salvación y buscado por Dios. De este modo su actitud es imagen del hombre religioso que se abre a la transcendencia en su compromiso con el mundo, y refleja la transitoriedad de los bienes terrenales y su relatividad frente al último y verdadero sentido de la aventura humana.

Más allá de la mera devoción subjetiva, afectiva y voluntarista la peregrinación se convierte en una celebración dotada de fuerza objetiva y de sacramentalidad cuya realidad más importante, expresión de nuestra esperanza, permanece invisible a los ojos de nuestro cuerpo pero no a los de la fe. El cristiano se pone en camino con un corazón humillado y una mente sin prejuicios para acoger el amor y la verdad de Dios, respondiendo a su llamada en la Iglesia que es camino del hogar definitivo.

La fuerza de la peregrinación surge del encuentro de la voluntad salvífica de Dios previa con la voluntad humana que se explicita en los gestos de apertura, acogida, escucha, conversión y compromiso. Por supuesto, el mero desplazamiento local no significa nada si nuestra alma no se encuentra “sosegada”[1] y si no peregrinamos con un sentido eclesial, como “caminantes de una caravana”, dejándonos conducir por la fuerza del Espíritu. Sin duda les ayudará en este propósito recordar la experiencia vivida por los discípulos de Emaús. Hacer camino es saber que las piedras de las dificultades no se convierten en el pan del éxito fácil en el desierto de la vida. No podemos hacer camino protegidos por nuestras falsas seguridades porque corremos el riesgo de ser presa de la desilusión, del escepticismo y del agobio. El sentido último de la persona se encuentra fuera de ella misma, se encuentra en Cristo y su apertura al mundo y a los demás.

Es el Espíritu quien nos hace intuir la fascinación de la hondura espiritual, admirar las grandezas de Dios y percibir la Iglesia en toda su profundidad como “misterio, comunión y misión”. Con este impulso caminamos hacia la Jerusalén celestial, visibilizando la unión de la Iglesia peregrinante que nacía en Pentecostés cuando Jerusalén era un hervidero de peregrinos llegados de todas las partes.

Estos se hicieron eco de la Iglesia naciente que comenzaba a avanzar “en su peregrinación a través de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”(LG 5). La peregrinación, dejando de lado su extraordinaria importancia histórica, su aspecto económico y su dimensión cultural, es símbolo de la Iglesia peregrina[2] y ha supuesto sin duda un movimiento apreciable en el despertar religioso[3] de muchas personas. La vinculación de la Iglesia a la historia refuerza el valor de la peregrinación como ocasión que ayuda a los peregrinos a vivir la comunión en la fe y en la oración, recordándoles que caminan hacia el Señor y bajo su guía[4]. No obstante, la marcha sobre los caminos no debe hacer olvidar lo que advertía San Agustín: “No vayas fuera; vuélvete hacia ti mismo. En el hombre interior habita la verdad”[5].

El discurrir de nuestra vida no nos oculta la belleza, la riqueza y la dificultad de la comunión fraterna. En nuestra existencia humana se comprueban momentos de solidaridad y de intolerancia, de compañerismo y de enfrentamiento, de generosidad y de egoísmo. Como una parábola reducida de la existencia, la peregrinación es una buena oportunidad para andar los senderos del propio espíritu en la tensión inherente al dinamismo de la vida. Conocerse a si mismo para conocer a los demás; conocer a los demás para conocerse a si mismo. Si los antiguos ponían el principio del saber en el conocerse a si mismo, esto no puede conseguirse sólo mediante el examen introspectivo de las propias emociones y sentimientos.

En este sentido, del mismo modo el propio espíritu, la naturaleza y el contacto humano se convierten en caminos para el encuentro con Dios. Este encuentro, a su vez, nos conduce de nuevo hacia el mundo, hacia el prójimo y hacia nosotros mismos, pero con una mirada renovada, “convertida”, ya que ahora el conocimiento va de la mano del amor con que Dios nos ha amado y que experimentamos incluso con la conciencia de los debilidades, propias y ajenas. No podemos olvidar que sólo puede ser transformado aquello que se ama: “Pues de tal manera Dios amó al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito para que todo aquel que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

Proyección mística y ascética de la peregrinación

La lectura de las Sagradas Escrituras nos ofrece el contenido de la proyección mística y ascética de la peregrinación. Peregrino fue Abraham, obediente a la palabra de Dios, guiado por una promesa. Peregrino fue Jacob, “arameo errante que bajó a Egipto y residió allí como inmigrante“(Dt. 26,5). Peregrino fue el pueblo de Israel por el desierto, buscando el camino de la libertad, para salir de la servidumbre de los hombres y entregarse al servicio de Dios[6]. Peregrino fue Elías, el profeta, perseguido por su lealtad al Señor. Peregrino fue Judá en Babilonia, cuando, lejos de los símbolos de su religión –la tierra y el templo– aprendió a buscar a Dios en la fidelidad a su voluntad. En la etapa final de la historia Jesucristo ha sido el prototipo del peregrino hacia Jerusalén (Lc 18,31-33; Jn 16,28)[7]. Peregrina es la Iglesia en este mundo lejos del Señor, que, meditando y buscando las cosas de arriba (LG 1) y llevando en su corazón el misterio de la Pascua, “sólo puede ser tienda de un pueblo peregrino, una tienda que continuamente se recoge para plantarla en otro sitio”[8]. Consiguientemente, “si nuestro fundamento está en el cielo (es decir en Cristo), somos edificados espiritualmente. Se coloca el fundamento en la altura. Luego corramos hacia allí para que seamos edificados”[9].

La hospitalidad

De las características inherentes a la peregrinación una es la hospitalidad, obra de misericordia y testimonio de fe. La acogida solícita y religiosa es un aspecto de la caridad fraterna que hace que el cristiano se crea siempre deudor para con todos[10]. Mt 25,35; Lev 19,34; Hech 7,6. El forastero tiene necesidad de ser acogido y tratado con amor en nombre de Dios que lo ama. Tres iconos: El ejemplo de acogida es Abrahán con los tres personajes de Mambré (Gen 18,2-8), paradigma de hospitalidad, los discípulos de Emaus (Lc. 24,13 ss), Regla de San Benito. “Todo lo que da la misericordia humana en este tiempo de peregrinación se lo devuelve después la misericordia divina en la patria definitiva”[11]. El significado de la hospitalidad tiene una relevancia especial cuando se acoge al peregrino necesitado de atenciones materiales y espirituales en su peregrinar. No es sólo darle de comer o de beber sino escuchar lo que dice, aceptarle tal y como es. Esto trastoca nuestra vida. En casa de Marta y María “el Señor fue recibido en calidad de huésped, él que vino a su casa y los suyos no lo recibieron, pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, adoptando a los siervos y convirtiéndolos en hermanos, redimiendo a los cautivos y haciéndolos coherederos. Pero que nadie de vosotros diga: ´Dichosos los que pudieron hospedar al Señor en su casa´. No te sepa mal, no te quejes por haber nacido en un tiempo en que ya no puedes ver al Señor en carne y hueso; esto no te priva de aquel honor, ya que el mismo Señor afirma: Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis[12].

En la realización de la peregrinación no hay lugar para los espectadores pasivos. “No olvidéis la hospitalidad porque por ésta algunos sin saberlo, hospedaron ángeles”(Heb 13,2). El valor de la hospitalidad como dimensión esencial y distintiva de la caridad, adquiere un relieve extraordinario cuando se ofrece sobre todo a personas necesitadas de atenciones especiales en la peregrinación. La hospitalidad material y espiritual, como la de Marta y la de María (Lc 10,38-42), es obra de misericordia. El peregrino que pasa nos recuerda nuestra condición de pasajeros en la tierra y ha de ser acogido y tratado con amor en nombre de Dios que lo ama. Esta acogida solícita y religiosa cuyo tipo es Abraham, es un aspecto de la caridad fraterna que hace que el cristiano se crea siempre en deuda para con todos (Rom 12,13). La hospitalidad es testimonio de fe: en el peregrino se acoge o se rechaza a Cristo (Mt 25, 35-43), se le reconoce o se le desconoce, como en el tiempo de su venida entre los suyos. En el peregrino con el paso del tiempo y el peso de la cruz hay que ver el rostro del Señor mismo (Mt 10,40; Mc. 9,37), de la Iglesia, de nosotros mismos. Por esto nos dice el Apóstol: “Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo” (Gal 6,1).

La peregrinación jacobea amplía y enriquece los límites de nuestra cosmovisión habitual. Los peregrinos están marcados por una multiplicidad de culturas, ambientes, edades y situaciones personales. Pero todos ellos coinciden en su propósito de buscar algo más allá de lo ordinario. El sentido de la peregrinación parece responder a una profunda necesidad antropológica de ir más allá de los límites de la experiencia ordinaria para adentrarse en los dominios del más allá. Se rompe con las antiguas limitaciones para experimentar de algún modo una existencia definitiva e ilimitada. En este ámbito se mueve el peregrino que necesita ser acogido.

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[1] “El cambiar de lugar no acerca a Dios. Donde quiera que estés, Dios vendrá a ti si la moral de tu alma se encuentra en condiciones, de forma que el Señor pueda habitar y pasearse dentro de ti. Más si tienes tu hombre interior lleno de malos pensamientos, aunque estuvieres en el Gólgota, aunque te hallares sobre el monte de los Olivos y aunque estuvieres sobre el monumento de la Resurrección, estarás tan lejos de recibir a Cristo dentro de ti como los que no le han confesado desde el principio” SAN GREGORIO DE NISA, Epístola 2.

[2] “Mientras no haya cielos nuevos y nueva tierra en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones que pertenecen a este tiempo, la imagen de un mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios” Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 48 (=LG) .

[3] En el pasado Año Santo 1993 el 97,16% de los peregrinos peregrinaron por motivo religioso–cultural y en 1996 el 96,13%. Solamente el 2,57% lo hicieron por motivo cultural en 1993 y el 3,87% en 1996. Estos datos estadísticos de la Oficina del Peregrino y aquellos que reflejaremos posteriormente se encuentran reseñados en la revista COMPOSTELA nº 9,10 y 13.

[4] Cf. Xavier León–Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Barcelona 1975, 684.

[5] San Agustín, De vera religione, 39, 72 : PL. 34, 154.

[6] Cf. G. Auzou, De la servidumbre al servicio. Estudio del Libro del Exodo, FAX, Madrid 1966.

[7] “Tu en la etapa final de la historia has enviado a tu Hijo, como huésped y peregrino en medio de nosotros para redimirnos del pecado y de la muerte” Prefacio común VII.

[8] H. Urs von Balthasar, Gloria…, 7, p. 434.

[9] SAN AGUSTIN, Enarrationes in Psalmum 121, 4 : PL. 37, 1621.

[10] “No debáis nada a nadie, sino el amaros los unos a los otros, porque quien ama al prójimo ha cumplido la Ley” (Rom 13,8). San Agustín escribió: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Esté siempre en ti la raíz del amor, porque de esta raíz no puede proceder sino el bien” In Epistolam Johannis ad Parthos, VII, 8: PL 35, 2033. Cf. Didaché, XII; Regula Benedicti 53, 1-2: “A todos los huéspedes ha de acogérseles como a Cristo, porque él lo dirá un día: ´era peregrino y me hospedasteis´.A todos se les tributará el mismo honor, ´sobre todos a los hermanos en la fe´y a los extranjeros”.

[11] SAN CESAREO DE ARLES, Sermo 25, 1: Corpus Christianorum Latinorum (=CCL) 103, 111.

[12] SAN AGUSTÍN, Sermo 103, I,2: PL 38, 613.615.

 

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